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Expresión desnuda y directa sobre las emociones más íntimas

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Alberto Conejero

Biografía

Alberto Conejero (Jaén, 1978) Licenciado en Dirección de Escena y Dramaturgia por la Real Escuela Superior de Arte Dramático y doctor por la Universidad Complutense de Madrid. Su teatro ha sido estrenado en España, Grecia, Reino Unido, Chile, Colombia, Argentina y Rusia. De su producción dramática destacan: Todas las noches de un día, ganador del III Certamen de Textos Teatrales de la AAT; La piedra oscura, Premio Max al Mejor Autor  Teatral 2016 y Premio Ceres al Mejor Autor 2015;  Ushuaia, Premio Ricardo López de Aranda 2013; Cliff (acantilado), ganador del IV ganador del IV Certamen LAM 2010; Húngaros, Premio Nacional de Teatro Universitario 2000; Fiebre, accésit Premio Nacional de Teatro Breve 1999.
Ha sido también responsable de diversas dramaturgias y reescrituras: Fuenteovejuna (2017) para la CNTC; Rinconete y Cortadillo para Sexpeare Teatro (2016), Amor de don Perlimplín con Belisa en su jardín (Festival de Otoño a Primavera / Metatarso, 2016), Proyecto Homero / Odisea (La Joven Compañía 2016), Macbeth y La Tempestad de Shakespeare (Teatro Defondo, 2009 y 2010); Retablo de peregrinos (textos de Lorca, Valle-Inclán y Alonso Maluenda, Las huellas de la Barraca 2010); El examen de los ingenios de Juan de Huarte (Compañía Betlam Teatro 2013), entre otras.
Twitter: @alberconejero

Poemas

Insistencia de la luz

(Habla María Zambrano)

Con qué callado esfuerzo
toda luz del mundo es la misma luz.

Ya habrá tiempo para dudarlo luego,
para gritar sin nombre; ya palparemos
las esquinas de ciudades extrañas
buscando el asilo, contra qué fiera,
a los pies de qué esperanza diremos
de nuestro país el nombre.
Vendrán, sí, los andenes de paciencia
al borde de la noche,
las casas despojadas hasta el hueso,
los ajuares en llamas;
vendrá a borrarse el alma en cada abrazo
en días provisorios de turbia geografía.
Pero no importunemos al futuro
con preguntas y dioses.
Cuántos mundos creados
invisibles a los ojos nos muestra
el gato, dormido arriba en la luz
de esta mañana limpia
de mil novecientos treinta y cinco.

Sin forzar puerta alguna, sin abrirla,
tumbado en el dintel
con el cuerpo estirado,
la única certidumbre nos señala:
toda luz es tan solo su insistencia,

su voluntad de luego.

Como la luz, cada mujer, cada hombre.

A cielo abierto

Me diréis por qué insistimos, por qué
seguir, levantarse, abrazarnos, decirnos
todavía por los nombres que nos dieron
a cielo abierto nuestros padres, mirra
del porvenir que se detuvo, ¿cuándo?
Compréndenos, hay mil manos rezando
en contra del oleaje, en contra de la tierra
que nos ignora, que no autoriza al hombre,
atenta solo a la multiplicación exacta
de la niebla,
compréndenos, qué yugular extraña y humeante
nos ofrece el mañana, el ajuar de nuestras bodas
con los ladrones, la pezuña viciosa de esta fiera
que nos saluda en el espejo, compréndenos,
un viejo levanta una espada y grita
“nos lo han quitado todo”, y al día siguiente
vestimos una camiseta con un viejo que levanta
una espada y grita “nos los han quitado todo”;
cómo soportar sin alzar una pira
en el corazón de todas las cosas,
sin estrellar un avión con toda su maldad adentro
en un monte para que sea el silencio establo
y misericordia donde aguardar la nieve.
Pero yo quiero pediros que seamos
rigurosamente inciertos, que aprendamos
la dicción de los acantilados, con el sigilo
de los ciervos piadosos avancemos
buscando el pan nuestro de cada día,
procurando el tobillo desvalido,
la ventana desnuda, aunque tengamos que esperar
mil turnos de la aurora, todo lo que perdimos
será nuestro porque todo lo perdimos.

Lo justo reclamemos:
un amanecer que sea inocente,
que no conozca el desenlace del trigo.

[Como recién llegado al mundo]

Como recién llegado al mundo,
a la estampida de raíces a la que llaman vida,
aprenderás de nuevo el orden de los astros,
la laboriosa ciencia de ser en los otros
otra vez solo, tú,
polizón de los días que aún te aguardan.
No esperes el asilo de los pájaros.
No aguardes el consuelo de la nieve.
Aquí, arrojado, aprendiz del oficio
de intemperie, comprenderás, tarde o temprano,
que no hay albergue en el corazón de un náufrago