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Ariadna G. García
Martes, 04/10/2016
De 18:00 a 18:45

                                   I

                       


            ¿A dónde huir, entonces?
            Ángel González

TUMBADA entre las flores, las amapolas muerden 
los restos de ternura que me quedan. 
                    

                             (Poemas del libro Construyéndome en ti. 1997)


II
           

NO serán suficientes las caricias para decir  “te quiero”,
pero mi mano aprieta el corazón
tendido como un puente hacia tu boca.
No caben más guirnaldas en mis venas,
ni más miel en tus pechos.
El más breve latido de tu carne
es un astro que tira de mis ardientes músculos
hacia su mar de brasas o carbones.
Ya en órbita,
doy forma a tu sonrisa con mis labios.
La tarde lentamente va llegando
allí donde termina el tobogán,
mientras cuento uno a uno
los gajos de ternura que me llevo a la boca.
La hostilidad del mundo,
las hélices de plomo
que cortaban el vuelo
a todos nuestros globos y cometas,
vive fuera del cuarto.
En el cuarto,
nuestro amor siembra puertos
donde las naves tienen corazones atados a los puños,
y los mapas revelan
la duda de las norias,
y las brújulas huelen
el resplandor del oro,
y los sueños desbordan los bolsillos
cada vez que se zarpa.
Monedas de sudor
acarician tus senos
y van dejando un rastro
de pisadas de estrellas.
No me duele la vida
cuando veo en tus ojos de gorrión mojado por la lluvia
lo risueño del niño
que espera sonriente como un ancla
su regalo.
No me escuecen las alas
cuando tus labios vienen a salvarme
del incendio en que vivo,
y la pasión nos toma la cintura,
y el ritmo de la sangre golpea los tabiques 
y deshace la cama.

Nuestro amor empapela las paredes del cuarto
y vivimos felices entre algodón y fresas.

En la calle es distinto,
la gente nos recibe con una calurosa bienvenida  
                                         [a base de volcanes,
y el odio es un revólver
que apunta a nuestras manos cuando van enlazadas,
que apunta a nuestros labios si nos damos un beso.
Pero somos más fuertes,
y nuestro corazón bombea en las ventanas 
                  [sin miedo a los cristales.

        III

         
            

HOY me siento invencible
como un viejo autobús
acelerando a tope
en los discos en ámbar.

Qué pocos poderosos los emblemas
en contra de la sangre,
los halcones cegados por el odio
a lo desconocido,
el petróleo avanzando 
sobre estanques de luz.

Soy un guerrero en busca
del registro de héroes
para inscribir su nombre,
un bíceps musculoso estrangulando
prejuicios y complejos,
una nube metálica a punto de tormenta.

No quiero un cementerio de ilusiones,
ningún sueño surcado por las balas.
No es la vida un juguete prescindible
que podamos romper en nuestro cuarto
una tarde con forma de tridente.
            
En tu pecho se esconde
una joya olvidada por las constelaciones más borrosas,
un arpa nunca oída por caballos con crines de coral;
pero sé que la pólvora devolverá los peces a las urnas,
porque muy a menudo 
te sorprendo tocando
el lomo de una estrella
con la profundidad de un arrecife
sangrando en tu mirada.

Destierra de tu boca
los bancos de escorpiones,
los eclipses de rosas,
el cetro de la cobra,
la pira donde arden
con tristeza de lámpara
tus besos.

En el fondo del mar la vida es menos dura,
asume cada especie  su papel con dignidad de esfinge:
los cangrejos recorren autopistas de plancton
de espaldas al momento,
a la erupción en pétalos del magma, 
al carrusel azul de la medusa;
y no por eso emigran
a mares más profundos que el olvido.

Extrae de tus arterias
el miedo a ser tú misma,
la proa donde rompen tus deseos,
y no permitas nunca
que tu felicidad se ponga cárdena 
a la sombra de un tótem.


                                    (Poemas del libro Napalm. Cortometraje poético, 2001)


IV

HACE bastante tiempo que me siguen 
las sombras alargadas de dos niños
huyendo por la noche de su casa.
        ...
            
Jugaban con los cliks a la conquista
de un nuevo territorio en el salón,
sus cañones lanzaban bolas negras
que la madre barría 
detrás de cada mueble. Sin embargo,
jugaban sin la prisa de costumbre
por acostarse pronto; aunque el colegio,
astro oscuro apostado en la ventana,
mirase preocupado
la batalla sin fin sobre el parqué.
  
Sonó entonces el timbre de la puerta.
            
Llegaron, para asombro de los niños,
algunos familiares de muy lejos
cargados de mochilas que llenaban
con la ropa doblada en los armarios.
Dijeron que venían en su busca
a llevarlos consigo a un nuevo hogar.

Dejaron el ejército a su suerte.

Enterraron la infancia en aquel piso.             

No habría más meriendas en verano 
bajo un sauce llorón de la piscina.
Tampoco atentarían contra el sueño
profundo de los padres las mañanas
de los días festivos, en que entraban
silenciosos al cuarto, a despertarles.

Ninguno de los niños conquistó
con sus soldados fieles al Imperio
de los Austrias el territorio virgen  
del suelo de terrazo, ni las cumbres
azules del sofá
de su nuevo salón; pues se dejaron
las tropas en la casa abriendo fuego 
contra el avance, al este, de los turcos.    
        
Entraban, abrazados, en la lluvia
dispuestos a partir en la gran noche
cuando se dieron cuenta del olvido.
            
Fue demasiado tarde. 

Aquella última noche de diciembre
los niños descubrieron que su mundo
al mismo tiempo era y no existía
más allá de la luz de la memoria.

Es por eso que hoy dudo de que tengan
un rango superior al espejismo
            
las cosas 
que van siendo 
desde entonces.

V


LA SUPERFICIE líquida  
parece desmentir los manuales
y los libros de historia, aquí no hay signos
del fuego que cruzaron las armadas
de distinta bandera, no arde el mar.             

Una linterna rueda 
hasta caer al mar y sumergirse.  
            
La luz de la linterna va explorando 
en su lento camino bajo el agua
la alteridad de tiempos que conviven
junto a bancos de peces y corales.
El débil foco apunta en su descenso
por el abismo negro de lo ignoto
al timón de un bajel, a una fragata
de la flota imperial; a una moneda
romana, a un casco godo, a un brazalete
egipcio… El mar contiene
en su gélida urna 
lo pasado en continua permanencia.
 
En el silencio acuático se escucha,
lo mismo que un disparo, el estallido
de la oscura linterna. Los cristales
se pierden en un fondo
de tiempo sumergido.

                                                                 (Poemas del libro Apátrida. 2005)


VI

TÚ QUE HAS SIDO un país 
remoto, inalcanzable, 
eres frontera, al fin, donde comienza 
el mundo que he soñado.
Toda mi realidad nace contigo:
cuando tus adjetivos la matizan,
cuando tu voz la nombra. 
Y yo también me empiezo
y me termino en ti. 

Atrás quedan las vidas que he llevado:
la que sufría el cuerpo, silencioso,
rodeado de sombras y mercurio;
y la que imaginaba de tu mano.                    

Allá donde otros temen jaurías de cristales en el suelo,
y se vuelven, confusos, al cráter donde entierran 
[ilusión y deseos, 
tú has encendido antorchas y has seguido avanzando.

Pero nada es sencillo. 
Cuántas lágrimas dejas horadando la tierra 
                                                            [a tus espaldas.
Llego hasta ti contando las campanas de sal
                                                [que lentamente lloras.
Es tu cuerpo una gota 
que tiembla y yo recojo entre mis brazos 
                                                     [de metal y de lana.

Resiste un poco más. Ya queda menos
para que los océanos se cierren y las nubes emerjan
                                                  [de su cárcel de agua.

Si tu amor es posible, si el prodigio
de tu cuerpo en la noche bajo el mío
es una realidad que nos envuelve,
no dudes de que siempre mantendremos
la aurora en la mirada al contemplarnos,
la hoguera de un futuro compartido.

Igual que las raíces, tú me arraigas.

Ya no temo la vida
porque sé que eres cierta.


               VII


ME DESCONCIERTA el ruido 
de la gente que pasa;
la variedad de rostros
que me miran sin ver;
la ruta que establecen 
las veloces pisadas 
de miles de personas 
en el suelo. Tú, no.
Tú no has buscado atajos,
ni caminos ya hechos,
has trazado una recta
hacia el centro de ti,
has modelado el barro
con la delicadeza
de tus dedos. Despacio,
atraviesas la suave
gelatina del orden
para plantar jardines
en medio del asfalto.
Me desmorona estar
en medio de una calle 
sin tu cuerpo a mi lado.
Las horas que me entregas
son lianas que atan
tu cintura a la mía
para que yo no caiga.

(Poemas del libro Helio. La Garúa, 2014 –acabado en 2011-)

VIII


HACE apenas tres días que brotaron
lustrosas flores malvas sobre el lodo.

Ha empezado a nevar.

Contemplo la caída de los copos:
cristales silenciosos que se posan
en los pétalos suaves; los enfrían,
los mojan.

      Anochece.

Pasamos otra vez por este parque,
donde los crisantemos aún resisten.

Mañana pisaremos tierra húmeda,
y ya no quedará vestigio alguno 
de las constelaciones homicidas
de estrellas aplastadas contra el suelo.  

                                           IX

EL PALACIO DE HIELO ES UN CLAMOR cuando se anuncia mi nombre por la megafonía: Birger Wasenius. Yo no miro a las gradas, donde sé que mis compatriotas agitan banderas, recuerdan mis medallas en los Juegos Olímpicos de Invierno del año 36 (en Alemania), y sienten un vínculo especial conmigo, con mis gestos y músculos, con cada una de las letras que contienen mi nombre; un afecto que ignoro si sabré corresponder. Yo me centro en la pista. Me aíslo. No existe nada fuera de mi cabeza. Ni siquiera mis rivales: el resto de patinadores. Cierro los ojos. Veo mi carrera. Los abro. Me mido con el hielo. Lo Desafío. El hielo y yo. El frío contra mi potencia. Un disparo. Explotan las voces de la gente, y el cuerpo sale en busca del destino. Por delante, 1500 metros, un futuro de gloria hacia el que avanzo. Las aspas de mis brazos me propulsan a gran velocidad. Tomo distancia. Soy un poderoso molino de tendones y sangre. Me persiguen. Escucho los jadeos a mi espalda, las cuchilladas que los patines infligen al suelo, las órdenes en ruso, los ladridos. Pero no me detengo. El sol arde en mis piernas. Me deslizo más rápido. Una vuelta. Faltan 500 metros. Dejo atrás una granja de renos, un río helado y una pieza de artillería; rota e inútil como un cadáver. Otro tiro. Sobre la superficie, el reflejo de mi figura. Dos patinadores. La misma fuerza. También el mismo miedo. Ya no escucho las voces de las gradas. Sólo el sonido de mi respiración. Todavía me buscan. No distingo la meta en este bosque. Un árbol sigue a otro. Me he perdido. Con los disparos se desprende la nieve de los árboles. Gano segundos que no sé de que me servirán en esta huida. Correspondí al afecto de mis compatriotas. Seguro que se sienten orgullosos de mí, que sueñan con mi vida, con este cuerpo ágil y veloz que está siendo abatido en este instante.        
    


X

VAMOS EN COCHE al Norte.
Hemos dejado atrás Sodankylä e Ivalo. 
Pero el paisaje es idéntico: 
bosques helados. 
Los árboles parecen extrañas esculturas de cristal. 
Al principio, tememos que el ruido las destruya, 
que sus frágiles cuerpos no resistan 
el impacto de nuestra vibración. 
Después, la culpa cede paso al miedo. 
¿Y si las despertamos? 
Todo es quietud al otro lado de la chapa. 
Profanamos un templo frío, consagrado al recogimiento. 
La Tierra aquí se piensa. 
Y medita también sobre nosotros. 
Sentimos que los ojos de los miles de árboles 
que escoltan el camino 
se abren muy despacio. 
Estudian si constituimos o no una amenaza. 
Por un instante, 
pensamos que van a cerrar un círculo de sombra entorno al coche, 
que pretenden recluirnos en un enigmático laberinto de hielo. 
Nada sucede. 
Tenemos paso franco. 
Meto quinta. 
No lejos, está Rusia. 
La frontera discurre debajo de la nieve.     

(Poemas del libro La Guerra de Invierno. Hiperión. 2013)

Ariadna G. García

Ariadna G. García es profesora de secundaria en un instituto público de Madrid, y está en posesión del Diploma de Estudios Avanzados. Recibió una beca de creación literaria en la emblemática Residencia de Estudiantes. Ha publicado los libros de poemas: Construyéndome en ti (1997), Napalm (Hiperión. 2001), Apátrida (Hiperión. 2005), La Guerra de Invierno (Hiperión. 2013), Helio (La Garúa. 2014) y Las noches de Ugglebo (Diputación de Granada. 2016). Ha ganado varios premios de poesía: Hiperión, Arte Joven de la Comunidad de Madrid, Internacional de Poesía Miguel Hernández-Comunidad Valenciana y El Príncipe Preguntón. También ha publicado la novela: Inercia (Baile del Sol. 2014). Además, ha preparado la edición de la antología generacional Veinticinco poetas españoles jóvenes (Hiperión. 2003; 2ª edición, 2006), así como los volúmenes Antología de la poesía española (1939-1975) (Akal.

2006) y Poesía española de los Siglos de Oro (Akal. 2009). Ha preparado materiales didácticos para los libros Lengua Castellana y Literatura de 3º y 4º ESO de Ediciones SM: Antología. Temas y tópicos de la Edad Media al Siglo de Oro (2015) y Temas desde el siglo XVIII a la actualidad (2016). Ha traducido, junto a Ruth Guajardo, el libro Vivo en lo invisible. Nuevos poemas escogidos, de Ray Bradbury (Salto de Página. 2013). Ejerce la crítica literaria en diferentes medios de comunicación. Dirige un blog: El rompehielos.

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Nació en Madrid, el 7 de mayo de 1964, lugar donde actualmente reside. Estudió Filología Hispánica en la Universidad Complutense de Madrid, aunque abandonó la carrera tras el fallecimiento de su padre, al ser el mayor de sus cuatro hermanos, para... ver más

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