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Chantal Maillard.
Sábado, 08/10/2016
De 20:00 a 21:30

UNO

 

Uno. 
Porque hay más. 
Más están fuera. 
Fuera de la habitación. 
Fuera de las demás habitaciones. 
Fuera de la casa. 
La casa es demasiado grande. 
Se extienden cuando duermo. 
Porque también hay muchas.
Últimamente están deterioradas. 
Húmedas. Ciegas. 
Depende de los días. 
Depende de las nubes. 
También de las imágenes. 
Sobre todo, depende de los hilos.

Partir es dar pasos fuera. 
Fuera de la habitación. 
De la mente, no:
no hay. Hay hilo. 
Partir es dar pasos 
fuera de la habitación con el hilo. 
El mismo hilo. 

A veces se rompe 
el hilo. Porque es endeble, 
o porque la otra habitación 
está oscura. Sin 
querer, tiramos de él y se rompe. 
Entonces queda el silencio. 

Pero no hay silencio.
No mientras se dice.
No lo hay. Hay hilo,
otro hilo.
La palabra silencio dentro.
Dentro de uno –¿uno?


(De Hilos seguido de Cual, 2007)    

 
EL CANSANCIO

 


El cansancio. De nuevo, el
cansancio. El esfuerzo por
sobrevivir. Reiterado. 

Observar las nubes. 
Dentro. 
Barrer. 
Dentro. 

Elegir quedar. 
 
    Toda nube 
lleva una trayectoria. Asumir 
la trayectoria. Imposible 
barrer todo siempre. Está el 
cansancio. 


    Aunque también el de 
las trayectorias. De ver pasar las nubes. 
También ese cansancio. 


    Entonces, 
por un momento, ahora. 
Sin voluntad. Y casi está bien. 
Hasta pensar el estar bien y convertirlo 
en nube. En trayectoria. 


(De Hilos seguido de Cual, 2007)    

 
EL TEMA I


 


En los bordes del sueño abre 
los ojos. Sin abrirlos. Algo 
despierta. O le decimos despertar 
a eso que ocurre. La conciencia de una 
continuidad. La conciencia que es 
esa continuidad.


Algo despierta y mira dentro 
(el dentro de la superficie, que 
no es un dentro sino un debajo, como 
el forro de un abrigo), buscando algo
en lo que anclarse. Un tema, busca 
un tema. Para 


sobrevivir. –¿Sobrevivir? 
Decidme, ¿quién o qué 
sobrevive?– Volver al tema. 
En el tema el mí se reconoce
porque alguna parte suya
es afectada y se conmueve.
Como cuando las lágrimas. Por la imagen. 
A la mente le gustan las 
imágenes. Con ellas, teje. 
Y el tejido hace mundo o lo refuerza, 
lo hace consistente.
 

En la orilla del sueño algo, un aliento 
que vibra, insiste en las mismas pautas. 
Y se hace sólido. Y dice yo. 
Y el mí adviene, de nuevo, creyéndose, 
creyéndome ahora lo que escribo. 
Para no perderme. No aún. 
No tanto. No tan aún tantas veces. 
Para no deshacerme. Para 
sobrevivir pero. 
Porque no está claro. Por el peso. 
El mí contiene demasiadas 
lágrimas. Aunque. El lastre fuerza 
a abandonar el texto y condensarse 
en  los márgenes. Y es bueno –¿bueno?–. Es 
adecuado. En fin, no es, de ninguna 
manera. Sólo hay lastre. Y hay Aún. 
Hay demasiado Aún para perderse 
del todo.  


    (De Hilos seguido de Cual, 2007)    

AQUÍ

Dime lo que he de hacer. Las palabras 
se agolpan. Dime algo, dices, dice 
él. A mí, me parece 
que no dejo de hablar. No obstante, 
cuando lo intento -dime, dice-, oigo 
como un gemido, tan sólo un gemido 
que arrastra el llanto. 
 

Dime lo que he de hacer. Llévame a 
donde me digan lo que he de 
hacer. Sus ojos. Tus 
ojos -¿tus?- sí, 
cálidos ojos-lago, ojos-aquí. 
Aquí, como los niños 
y los idiotas. Por eso tus ojos,
para quedarme. Para 
seguir aquí. Para aguardar 
aquí. ¿Aguardar qué? No importa. 
Para aguardar.


Ni dentro ni en superficie. 
Aquí donde los niños 
y los pobres de mente. Un aquí 
que se prolonga en tus ojos sus ojos, 
para poder quedarme. 
Dime lo que he de hacer.
                   Escribo 

porque tal vez no hablo. No 
me sueltes. 


(De Hilos seguido de Cual, 2007)    

 
 
Ser pájaro. 
Cual considerando. 
Andar desnudo. Las heridas
cauterizadas por el aire. 
Entre las plumas, disimuladas. 
Cuerpo sin carga, movimiento. 
Ser de vuelo. Ser

pájaro. Tener por límite tan sólo 
la helada imprevista o la bala o
                 
el ansia de la carne  
por otra carne ajena...  
 
Presagiando la urgencia de
las migraciones,  Cual. 

Aleteo.     
    Un rumor  
de horizonte en el pulso
batiendo.
 

(De Hilos seguido de Cual, 2007)    



     Ventanas 
para la mano trémula 
para la boca áspera y el
espíritu en fuga el cuerpo

erguido sobre el hambre 
en su endeblez de ramo 
de huesos sorprendidos
en la caída 
por
la caída 
        
ventanas  
para fugarse / franquear
             
el límite 
que protege a los débiles 

ventanas para oír 
el eco 
que al abismo convoca

desde lo no cifrado 
al otro lado de
al otro lado tiempo
la otra oscuridad
de sin dolor sin sombra
ni tan siquiera de
cuando tan sólo
sin
 

(alféizares: 

polvo de vidrio
para cortar los hilos)


(De La herida en la lengua, 2015)

 


Ex- 
cedida. De su propia 
niebla-aliento  

sin atributo salvo 
la fuerza seminal. Astucia
para la permanencia 
en este cuadrilátero 
                             o cuadratura  
del abismo 

(siempre interior el combate.
Dentro del uno despreciado
en cada cual de sus fragmentos)

Atraída por el ruido el 
imperfecto sistema de resonancia 
cae
y luego se derrama 
por 
todos los orificios     el

herrumbroso hospedaje-cuerpo  
por siempre condenado – a qué 
juegos – desde  la gran ceguera 
del comienzo     

Conciencia des
prendida. 

Al hombro / Su aleteo.

(De La herida en la lengua, 2015)

 


MORDERSE LA LENGUA  (II)


 

Hadewijch – la escribana
– se detiene.
Entre una letra y
otra se interpone
algo que
no puede descifrar.
En medio de
la frase
borrando el ordenado
seguimiento del
universo texto
una gota

una gota de
tinta
diluida
o más bien es
de sangre

oxidada
y oscura
como la del insecto
que horada su cuerpo cada
tarde.

Siente un
dolor intenso –y el odio–
abrirse
paso
en su vientre. Se lleva
la mano –la afilada pluma– a los muslos
allí
donde el animal antiguo
el animal eterno
              atrapado en el
siniestro pasatiempo
de los dioses.

La retira. Acerca
la pluma al pergamino

y roja es ahora
muy roja
la tinta con la que escribe
–intuyendo el texto–
la palabra aeternus.

(De La herida en la lengua, 2015)


BALBUCEOS

Recluido en un torreón a las orillas del río Neckar, en los últimos años de su vida, Friedrich Hölderlin, según se cuenta, a cualquier pregunta que se le hiciese, contestaba invariablemente “pallaksch, pallaksch”, una expresión con la que se remeda el balbuceo de los niños pequeños. Celan alude a ello en el poema “Tubinga. Enero”: Si viniera, / si viniera un hombre, / si viniera un hombre al mundo, hoy, con / la barba de luz de / los patriarcas: / debería, / si hablara de este / tiempo, / debería / sólo balbucir y balbucir, /siempre-, siempre- / asíasí. / (“Pallaksch. Pallaksch.”). Era en un mes de enero cuando los altos mandos de las S.S. se reunieron en Tubinga para decretar el exterminio del pueblo judío. 

Hay épocas, en efecto, en que la boca de un sabio no podría sino balbucir. Pero 

¿y en qué época no? ¿La historia de la humanidad no es acaso toda entera, desde sus inicios, la historia de un crimen? Las naciones europeas no cesan de recordarse mutuamente el holocausto judío pero ¿fue éste el único? ¿En qué ciudad se decretó el genocidio de Namibia (1904-1908)? ¿En qué mes el de Armenia (1915-1923), el de Ucrania (1929), el de España (1936-1975), el de la Franja de Gaza? ¿Lo recordamos? 

Tan sólo en los últimos sesenta años, con implicación directa o indirecta de los gobiernos de Occidente, fueron masacrados 

siete millones de vietnamitas 
dos millones de camboyanos 
dos millones de kurdos 
quinientos mil serbios 
un millón doscientos mil argelinos 
setenta mil haitianos 
ochocientos mil tutsis e hutus 
doscientos mil guatemaltecos  
trescientos mil libaneses
un número aún creciente de palestinos 

¿los recordamos?   

Y aunque así fuese, ¿nos sentiríamos concernidos? Cuanto más altas sean las cifras, más espectacular será el suceso y, por lo tanto, menos habrá de implicarnos: el dolor siempre acude en singular. Sumamos y redondeamos como para ajustar la tasa de sufrimiento. ¿Puede acaso sumarse el sufrimiento? ¿Será más el dolor de todo un pueblo que el de cada uno de sus miembros? ¿Cómo sufre “un pueblo”? ¿Existe el Pueblo o la Nación independientemente de su gente? Y

cada uno de los seres que padecen ¿no será siempre el mismo, una y otra vez, infinitamente?   

Ahora, cuando todo es aquí, irremediablemente aquí y ahora, ante la permisión del horror yo digo: 

Si viniera, 
si una mujer viniera, ahora, 
si una mujer viniera al mundo con 
la espiga de luz de 
las matriarcas: debería 
si hablara de este 
tiempo 
debería 
tan sólo balbucir, balbucir 
y así tal vez  
tal vez así  
asíasí
tal vez


(De La herida en la lengua, 2015)

Chantal Maillard es poeta y ensayista. Premio Nacional de Poesía por su obra Matar a Platón en 2004 y Premio de la Crítica por Hilos seguido de Cual, por el que también recibió el Premio Andalucía de la Crítica. Doctora en Filosofía, especialista en filosofía y religiones indias por la Banaras Hindu University (India) y profesora titular de Estética y Teoría de las Artes, ha impartido docencia en la Universidad de Málaga hasta el año 2000. Desde 1998 ha sido colaboradora de los Suplementos Culturales de los diarios ABC y El País. Recientemente ha publicado la antología En un principio era el hambre (Fondo de Cultura Económica),  La mujer de pie (Galaxia Gutenberg) La herida en la lengua (Tusquets) y La baba del caracol (ensayo, Vaso Roto), todos ellos en 2015. Es también autora de cuadernos: Filosofía en los días críticos (2001), Husos.

Notas al margen (2006), Diarios indios (2005), Bélgica (2011) y de numerosos ensayos, entre ellos, Contra el arte y otras imposturas (2009). En el libro India (2014) reunió sus escritos (diarios, ensayos, poemas y crítica) sobre ese continente.   
Ha llevado a Escena varias de sus obras. “Matar a Platón en Concierto” ha sido representado por la autora junto a los músicos Chefa Alonso, Barbara Meyer y Jorge Frías en diversas ciudades españolas. “Diarios indios en Escena” es una colaboración entre la autora y el cineasta David Varela. 

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