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Luis Alberto de Cuenca
Domingo, 02/10/2016
De 18:00 a 18:45
Lunes, 03/10/2016
De 20:30 a 21:30

LA MUJER SIN CABEZA


Encontré tu cabeza en el lavabo.
No perdí yo la mía. Marqué el cero
noventa y uno. «Policía al habla»,
dijo una voz cansina al otro lado
del teléfono. Dije: «Yo no he sido,
pero hay una cabeza de señora
recién decapitada en mi lavabo».
«No toque nada. Vamos para allá».
Colgué. Tenía sólo unos minutos
para hacer lo que debe hacer un hombre
que quiere a una mujer cuya cabeza
ha sido seccionada limpiamente
del resto de su cuerpo de un hachazo:
besar tu boca, que por vez primera
en muchos años no me torturaba
con su insípida charla, darte un breve
pellizco cariñoso en la mejilla,
decirte adiós e ir a pegarme un tiro
antes de que llegaran los maderos.

SOBRE HÉROES Y TUMBAS


Desde lejos me llegan las hazañas
de los héroes modernos: traficantes
de drogas, mercenarios, cabecillas
de la revolución, agentes dobles
al servicio del cielo y del infierno,
detectives borrachos, femmes fatales
que acaban locamente enamoradas
de sus víctimas, gatos holgazanes
que se ponen el mundo por montera,
niños gordos con gafas que leen libros
interminables y maravillosos
en la gris soledad de sus alcobas...
Desde lejos me llegan los cantares
que celebran las gestas de los héroes
de ayer, hoy y mañana, Desde lejos
percibo a duras penas sus estrofas
inconexas, que evocan los perfiles
gloriosos de los hombres y mujeres
que quisiera imitar, los personajes
que querría yo ser y que se escapan
por el hueco que deja mi silencio
y por las grietas de mi cobardía.

Desde lejos escucho las pisadas
devastadoras de la multitud
sobre las tumbas de los héroes muertos.
 

EL CUARTO OSCURO


En el sueño tu madre (¿era tu madre,
con aquel camisón azul celeste
y los ojos vacíos?), en la casa
de tus abuelos, vaga por las sombras
de aquel pasillo que te daba miedo
—un miedo irresistible, insoportable—
y se para un momento frente al cuarto
oscuro donde tú buscas juguetes
en lóbregos armarios, y le dices:
«¡Mamá, los he encontrado, están aquí!
¿No se los diste a nadie, son los mismos
que tuve entonces! ¿No los ves? ¿Qué hago
con ellos? ¿Me los llevo? ¿Se los dejo
a los fantasmas? Dime, mamaíta,
¿me los puedo llevar?». Y una voz dulce
te responde: «Son tuyos, hijo mío,
pero no existen en tu realidad.
Fíjate bien en ellos. Están hechos
de aire: se disuelven en tus manos.
Como yo, vida mía, como yo».
 

VICTORIA O MUERTE


Llevas ya mucho tiempo dirigiendo
tus proyectiles a mi fortaleza.
Siempre dan en el blanco. Se diría
que es un arquero zen quien los dispara.
Me irrita ver mis muros abatidos
por tus bombas, y ver mis baluartes
convertidos en ruinas, y a mis hombres
negándose a luchar. Tendré que hacerlo.
No puedo soportar tanta derrota.

ENCUENTRO


Que se fundían, te lo digo yo,
las luces a su paso, te lo juro,
como si fuera el Sol. Que te quedabas
patidifuso cuando aparecía,
sin pronunciar palabra, boquiabierto,
y luego ella venía, con su porte
de diosa antigua, y te decía: «¡Hola!»,
y el mundo se encendía de repente,
y se encendían todos tus sentidos,
y le decías: «¡Hola!», y tu saludo
te quemaba los labios, y os mirabais
como si Dios (que entonces existía)
os hubiese encargado a ti y a ella
cortar la cinta de inauguración
del planeta. Que aquello fue increíble,
pero fue todavía más tremendo
cuando dijiste: «Amor, ¿qué te apetece?»,
y ella dijo: «Pues eso: amor; sin hielo»,
y te quedaste mudo por un rato,
mirándola a los ojos, degustando
el panorama de lo que tenías
enfrente, de aquel cuerpo hecho de nube
y de carne a la vez, mezcla de hada
y de golden retriever, de aquel cuerpo
donde latía el corazón más puro
y aleteaba el alma más hermosa
que hubieras conocido nunca.
 

APARICIÓN


Vagaba yo perdido en mis miserias
—ínfima parte de las mezquindades
y estrecheces del mundo— cuando tú
apareciste, y de repente todo
lo que nos rodeaba se borró,
como en una película romántica,
y vi que había estrellas en tus labios
centelleando sin cesar, y supe
que me obsequiabas ese firmamento
sin pedir nada a cambio, y que en tu gloria
había sitio para mi tristeza.
De modo que instalé en tu corazón
mi tienda de campaña, y tú cerraste
con llave las ventanas de tu pecho,
y nos quedamos a vivir allí
calentitos, felices.
 

LA CÓMPLICE DEL CRIMEN


En el Libro de Oro de la escuela
donde estudiaba Carlos Baudelaire
figuraba esta frase lapidaria:
«El amor es un crimen en que tienes
que contar por lo menos con un cómplice».
Pues claro que lo es. Sin duda alguna,
el amor es un crimen. Otras cosas
lo son también y pueblan las leyendas
doradas y las actas de los mártires,
de manera que no resulta raro
tildar de crimen al amor. Lo grande
es lo segundo, lo que atañe al cómplice.
Desde pequeño supe que la vida
no tenía otro objeto que la búsqueda
de un ser que completara lo que falta
y que perfeccionase lo imperfecto;
de un ser con el que urdir estratagemas
para olvidar la muerte y el vacío
que nos agobian, y para engañar
la sed, el hambre, el frío, la fatiga
que cercan nuestra mísera existencia
con espejismos como la ternura,
con fuegos fatuos como el del deseo.
Desde pequeño supe que el amor
nos conduce hacia arriba, como Gretchen
a Faust, y que ese cómplice divino
al que se refería Baudelaire
te ayuda a separar la paja inane
del valioso grano, a distinguir
el bien del mal, lo hermoso de lo feo,
a superar los múltiples obstáculos
del vivir cotidiano y a triunfar,
aun a costa de pérdidas muy serias,
sobre enemigos tan cualificados
como los celos, la deslealtad,
el silencio, la duda, la mentira,
la intransigencia y el aburrimiento.

Te amé desde el principio. Siempre supe
que te amaría, reina de mis sueños.
Te amaré hasta el cartel que ponga Fin.
Y aquí estás, a mi lado, con los ojos
entornados y el alma a flor de labio,
cómplice hasta el final de nuestro crimen.
 

DIFÍCIL TRAVESÍA


A bordo del navío de tu cuerpo,
con la bodega llena de ilusiones,
y de fe y de esperanza, me dirijo
al país del amor, ¡célebre tierra!
La travesía es lenta, minuciosa
como una operación a vida o muerte,
y si falla el timón, o si la brújula
se estropea, o chocamos con un iceberg,
no habrá supervivientes del naufragio.
Cuándo terminará la singladura
ni el navío lo sabe ni el piloto,
de modo que la estela que trazamos
en el agua podría dispararse
al infinito, o empequeñecerse
y desaparecer en un segundo.
Porque sólo sabemos una cosa,
y es que llegar a ese país remoto
donde dicen que el dios Amor gobierna
no parece objetivo tan sencillo.
Ni aun para nosotros, vida mía,
que tanto presumimos de querernos.
 

LA LOCA DEL PELO ROJO

    
No, no te parecías a Van Gogh
(salvo en el pelo rojo, que, en tu caso,
no era de nacimiento, sino apócrifo).
Te faltaban la barba y el talento,
y las cartas a Theo. Te sobraba 
una oreja. Definitivamente
no tenías que ver nada con Vincent.
Pero estabas tan loca como él.
 

EL FIN DE LA COTORRA


Hablaba, hablaba sin cesar, hablaba
como si el mundo fuera a terminarse
si dejaba de hablar, como si el hombre
fuese a retroceder a las cavernas
(o más allá, hasta el rudo pitecántropo)
si interrumpía su discurso, como
si el destino del orbe dependiese
de sus palabras, como si los dioses
hablaran por su boca, como si
estuviese cumpliendo una misión
por orden de la reina de Inglaterra
o del papa de Roma, y se jugase
el éxito final en su renuncia
al silencio. Y hablaba, y parloteaba,
y no decía nada, como suele
pasar en estos casos. E impedía
que alguien pudiera articular palabra,
porque le iba la vida en el acoso
y derribo de cuantos pretendían
decirle algo, fuese lo que fuese.
Estuvo hablando sin parar diez años,
los que pasó conmigo, en aquel zulo
del infierno donde sobrevivíamos.
De pronto se calló. Y os aseguro
que no fue nada fácil conseguirlo.
Pero calló. Y lo hizo para siempre.

Doctor en Filología Clásica, es Profesor de Investigación en el Instituto de Lenguas y Culturas del Mediterráneo y Oriente Próximo (CCH, CSIC). Ha sido Director de la Biblioteca Nacional (1996-2000) y Secretario de Estado de Cultura (2000-2004). Es Académico de número de la Real Academia de la Historia desde 2010 y Presidente del Real Patronato de la Biblioteca Nacional desde 2015.
    Obtuvo en 2013 el Premio “Julián Marías” de Investigación en Humanidades por el conjunto de su obra filológica.


Como poeta ha publicado, entre otros libros, La caja de plata (Premio de la Crítica 1985), La vida en llamas (Premio Ciudad de Melilla 2006), El reino blanco (2010) y Cuaderno de vacaciones (Premio Nacional de Poesía 2015). Por su obra poética se le concedieron el Premio de Literatura de la Comunidad de Madrid (2006) y el Premio de las Letras “Teresa de Ávila” (2008). 
Entre sus libros de ensayos figuran El héroe y sus máscaras (1991), Las cien mejores poesías de la lengua castellana (1998), Señales de humo (1999), Libros contra el aburrimiento (2011),  Palabras con alas (2012), Los caminos de la literatura (2015) y Libros para pasártelo bien (2016).

Asiduo traductor al español de lenguas clásicas y modernas, obtuvo el Premio Nacional de Traducción correspondiente a 1989 por su versión del Cantar de Valtario, de autor latino anónimo (siglo X). Ha traducido también a Walpole, Cazotte, Villiers, Nodier, Nerval, Keats, Tennyson, etc. Ha editado críticamente a Euforión, Eurípides, Rubén Darío, etc.
 

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Antonio Lucas (Madrid, 1975) es redactor de Cultura y articulista del diario EL MUNDO. Ha publicado cinco libros de poemas: Antes del mundo, accésit del Premio Adonais (Rialp, 1996); Lucernario (DVD Ediciones, 1999), por el que recibió el premio Ojo... ver más

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