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Marcin Kurek
Domingo, 02/10/2016
De 19:00 a 19:45

Marcin Kurek

El Sur (fragmento)

Marcin Kurek

El Sur (fragmento)

¿Acaso aullar es la única manera de decir algo 
con nuestras propias palabras? El verso al desnudo
La tentación de un poema compuesto solo de citas. 
Alrededor del mediodía los reflejos azules 
en la pared y el techo iluminan la habitación
como el interior de un acuario. Durante todo agosto 
te despierta una luz abrasadora: un hormigueo 
en las conjuntivas, la lengua muerta de los curtientes. 
Apenas consciente entras en la cocina, en la que 
J. trajina desde la mañana repartiendo entre 
conocidos y parientes recuerdos del viaje 
y cuando por un instante vuelve al dormitorio, 
tú alcanzas la botella abierta de agua
y bebes dos o tres vasos.
“¿No habrás bebido de esta botella?” “Sí, 
¿por qué?” “Trajimos dentro 
la rama. ¿Te encuentras bien?” 
“No tenía sabor, creí que 
era agua mineral” “Mira en el diccionario qué planta es”. 
De la memoria extraes el nombre 
entrevisto anteayer en el semillero del huerto: 
laurier-rose m. bot. adelfa fem.
La palabra adelfa, la calle en Cracovia (El uniforme 
que lleva es gris), el verano del noventa y 
seis, vino rumano y la ducha estropeada: 
el hilo de asociaciones se desliza deprisa, 
¿pero acaso es seguro?
Arbusto o pequeño árbol de la familia de las apocynaceae; 2 especies; en el área mediterránea, en la Península Índica y en Japón; hojas que resisten el invierno, coriáceas, lanceoladas; flores suntuosas, rojas o blancas, que huelen por la noche; adelfa común, Nerium oleander, generalmente se mantiene en macetas como una planta decorativa; las hojas fuertemente venenosas son materia prima farmacéutica. 
Quizás no lo entiendas. Hojas fuertemente venenosas. 
Una rama verde. Dos vasos de agua.
J. entra en la habitación sin sospechar 
aún que charla con un envenenado. “Lee”
“¡Dios mío!” “Tranquila “¿No tienes nada?”
“No lo sé” “Urgencias” “Espera” 
“Llamo”, “¿Puede que no?”
La sección de intoxicaciones no conoce un caso así, 
así que el doctor deja a J. con el auricular en la mano, 
y él mismo se va “a consultar en la literatura”. 
Con la mirada clavada en el monitor te aferras al cursor 
como al último bote salvavidas: glucósidos, muy 
peligrosos, no nos dejemos tentar, bellamente florecen
en verano, náuseas, vómitos y diarrea, 
una planta letal para las tortugas. ¿Para las tortugas? 
¡Jesús, qué será de mí! El doctor vuelve 
de la biblioteca (“No tengo buenas noticias”), las fuentes 
informan de niños y animales después 
de ingerir las hojas, pero en ningún sitio ni palabra del agua. 
“Siendo así esperamos y si aparecen 
síntomas, les pido que vengan”. J. cuelga 
el teléfono y a ti, de paso
se te revela 
toda la poesía de la Ilustración: 
No precisa de grandes cuidados. 
Todas sus partes tienen un sabor 
muy amargo y picante y son para las personas un gran 
veneno: el mismo olor de las flores puede ser, 
en una habitación cerrada, mortal.
Tu mano, con un invisible temblor 
suelta el ratón, en la garganta arrecia 
el nudo de la saliva, y el corazón se paraliza 
por un instante, para arrojarte con estrépito. 
“¿Estás débil?” “Llama y pregunta cuánto 
de venenosa”. “Pues, sabe usted, mortal. Intente 
por favor, enjuagar el estómago y absorber 
tanto carbón como sea posible”. Vas al baño
y con la confianza del peregrino te echas encima 
dos litros de agua y luego con los dedos entrelazados 
para un juramento cual Moisés, la sacas 
de vuelta (la segunda vez te sientes como 
rescatado de debajo de un alud). En toda la casa 
hallaste una docena escasa de pastillas negras, así que 
te las metes en la boca y las tragas como un terrón 
de turba, aunque las instrucciones advierten que la sobredosis 
provoca vómitos. “¡Es una locura! 
¿Cómo voy a saber que vomito por la enfermedad 
y no de la medicina?” Tu laringe 
te oprime, cada vez más hermética, y ante tus ojos 
hilos plateados que giran como un dreidel. 
“¡Un botánico! ¡Solo un botánico!” J. tiene la idea
de llamar pidiendo auxilio a la Facultad 
de Biología, y la conserje nos da varios números, 
de los cuales justo en medio de las vacaciones ninguno 
responde. Dios mío, ¿envenenado por una flor? 
¿Ya mismo? ¿De esta forma? 
Una hora después coge el teléfono una mujer joven: 
“Este arbusto en verdad es muy
peligroso, pero no sé si el veneno 
impregna el agua. Conozco en California 
a alguien que debería saberlo. La profesora T., 
una toxicóloga polaca, fue una vez 
testigo en el juicio de una italiana que 
mató a su marido con una infusión de adelfa. 
Encontraré su dirección y la vuelvo a llamar”. 
¿Envenenó a su marido con un té? ¡Caramba, menuda 
broma! Mientras continúas tu
última investigación y las tablas bajo los pies
no se quedan tiesas, sino que se abren como infinitos
pisos-trampa: nerium, adelfa, olea 
dendron, el florido laurel y el aceite de oliva, Nereo 
y sus insólitas hijas, los mundos vistos 
por un ciego, sus nombres resonando 
en el sustantivo de un amargo veneno; Oleandrina,
Neriantina y Nereína emergen de una plateada
gruta, a su alrededor las aguas se abren 
con ruido; una chica pugna con el vestido para quitárselo 
y se dobla con la ola como un delfín.
Un cuarto de hora después suena el teléfono: la botánico 
da la dirección de la profesora T., y una agradecida J.
promete que llamaremos cuando todo 
haya acabado. Comprueba la diferencia horaria
(esos trozos de la piel arrancada de la naranja) 
y arrojo un SOS al abismo de los conductos 
submarinos, pero el correo casi de inmediato regresa. 
¿Qué ha pasado? ¿Dirección incorrecta? ¿Un error en el apellido? 
Dios santo, ¿dónde está el auricular? “Perdone, es mi 
culpa. Escriba por favor a esta”. 
Lo intentas, pero el mensaje tenazmente vuelve rechazado 
por todos los servidores como un cuerpo extraño, 
una fibra marchando a ciegas al corazón. ¿Así que ya? 
¿Así sin más? “Estoy débil”, “Túmbate 
un rato”. Te echas sobre la alfombra del cuarto de Z: 
e intentas calmar la respiración, pero las arterias
se hinchan sin cesar, más rápido, más alto y más fuerte, 
plantando las ramas en las sienes.
1977, ando por la era, amapolas peludas 
rozándome a la altura de la rodilla, los acianos 
cosquillean tus pantorrillas, más la maraña de malas hierbas 
en la zanja junto al sendero.
Una chimenea roja de ladrillo, junto a la estufa, 
pilas con formas de madera con arcilla.
El viento del río corre por los campos abiertos, 
golpeándolos con su mano cálida
y se aleja volando hacia lugares, cuya existencia 
ni siquiera intuyes.
Aliso, tilo, olmo. Estos árboles me velan
para volar. No la mirada, lentamente aprendida,
ni nada de lo que ocurrió aquí. 
16 de diciembre, dolor de garganta, copos aislados 
de nieve y el sol tras las nubes moradas.
¿Acaso lo obvio emociona solo bajo un disfraz? 
Un pozo en el patio, un tejadillo de chapa 
de zinc, dos soportes sobre la tierra, el resto 
como un cristal empañado con un espejo invisible 
de agua. Aflojado libremente, el cubo desciende 
durante unos segundos, antes de impactar
con una placa negra, buceando despacio en el limo alzado 
del fondo. Si caes, nadie te salvará.
Recuerdo cómo lo extrajo
con mano firme de la oscura garganta 
directamente al sol, y aquel deslumbraba de repente 
con el brillo del agua cual transparente azogue.
El primer mes en una escuela nueva: 
el gueto de los bancos, que el matemático, un año antes 
de jubilarse organizó para “rústicos”. La palabra 
“culo” escrita por el hijo de la dentista en el periódico 
del mural justo al lado del retrato de Lenin.
Días soleados a principios de septiembre, que 
ingenuamente te acostumbraste a tomar por moneda válida. 
Estigma, escuchas, vergüenza. 
Tiro en el sótano escolar. Yacíamos 
pegando a las mejillas la cálida madera de la culata, 
para cada uno cinco cartuchos (el brillante 
casquillo, el plomo mate de la bala). El vigilante engañaba, 
enviado por el profesor en dirección 
a los enormes troncos en los que impactaban los disparos,
eligiendo para los amigos 
cartones con cinco aciertos.
Generaciones de niños que disparaban a los árboles.
El cine en la estación. Estás viendo una película suiza, 
de la que leíste que sucede en los Alpes, 
pero de repente, en las interpolaciones blanquinegras, 
incrédulo, reconoces 
tu propia ciudad, las formas familiares de los tejados, 
las caras en las ventanas. La sala está casi vacía, 
y el proyector, dañado de tal forma, 
que tres líneas de la traducción se funden 
en una y no hay manera de entender nada. 
La idea de que tal vez en seguida 
te veas a ti mismo. ¿Qué es eso? 
¿Un juego de reglas desconocidas? ¿Una avería 
del sistema? ¿Un sueño? ¿O será tal vez que el fin siempre 
es diferente a cómo nos lo imaginamos, 
o precisamente tal y como nos lo imaginamos, 
así que cada vez diferente, 
como esa primera mañana, cuando la calle 
está cubierta de nieve suave? Mientras 
la familia telefonea en tu auxilio, esgrimiendo 
el arma de hierro del contento (“Las plantas beben, 
mas no segregan líquidos” “Seguro que no era 
veneno” “E incluso si sí, es que 
te has hecho un lavado de estómago”). Con más ánimo
te incorporas y, a pesar de los vértigos, 
de nuevo remueves la red en búsqueda 
del antídoto, ¿pero acaso la esperanza
anidará en ti para largo? Epidemia, mortis,
ambrotos (la pastelería de la plaza mayor cada dos
viernes). Junto con el néctar las abejas contrabandean 
con un veneno a la miel, y el único ser 
que impunemente se alimenta de sus hojas es 
Daphnis Nerii. De la cavidad bucal escupe 
una saliva verde que contiene substancias venenosas 
de la hoja de las adelfas. 
Rosa de laurel. Un calambre en el corazón. La esfinge. 
Un pesado entorpecimiento se adueñó de sus miembros: 
su blando pecho es rodeado de fina corteza, sus cabellos 
crecen como hojas, sus brazos 
como ramas. De nuevo oyes el timbre del teléfono, 
pero esta vez la noticia 
trae una nueva vida: de los padres de la profesora T., 
la botánico ha conseguido su número 
del trabajo. ¿Así que milagro? ¿Liberación? 
La esperanza de que te salvarás 
desata los más remotos retenes de la memoria: 
el idioma que no has estudiado 
desde la infancia vuelve inmaculado desde lo profundo 
del Archeion. “Buenos días, 
llamo desde Polonia. ¿Puedo hablar
con la profesora T.?” “Está en un encuentro, 
pero deme por favor su número, seguro 
que le devuelve la llamada”. “Seis cero seis,
seis siete dos” (te equivocas). “Es decir, 
seis nueve dos” (Dios, ¿lo 
habrá escrito correctamente?) “De acuerdo, la profesora
seguro que devuelve la llamada” “¿Tardará 
mucho?” “No lo sé, por favor, espere”. 
Una mariposa. Una chica transformada en árbol. 
Una pomada contra la sarna. El último avituallamiento 
de la caballería (un shaslik sujeto
a la rama). Pérdida del pulso. Hemorragia. Vómitos
(pero no entre los caballos). Tras media hora 
llamas nuevamente intentando explicar 
a la secretaria por qué el asunto es 
tan urgente: “Sabe usted, yo he bebido de ese agua”. 
Silencio, y luego un sonoro “Oy, ¿de verdad? 
Lo lamento mucho”. Una tradición siciliana. Crece 
la flor con rapidez. Alteración de la vista. 
Coma. La muerte inminente. De repente sientes 
que todos los síntomas se presentan
a la vez: miles de puntos luminosos parpadean 
ante tus ojos, la sangre golpea en el cogote, 
y el estómago se cierra como un puño. 
¡Cielo santo, mi vista! ¡Me muero!
¿Acaso por eso dejé de fumar, 
para morir ahora de un veneno?
El que no lo ha probado, no sabe qué pesadilla: 
meses de fiebre maligna, insomnio, un auténtico infierno. 
Aún hoy serías capaz de liar un cigarrillo 
incluso en sueños: el susurro del papel de fumar, 
un puñado de tabaco, mover rápido el filo por la lengua.
Un consejo práctico: si se seca, 
basta con meter en el paquete una tira de manzana.

traducción de Amelia Serraller
publicado por: Bartleby Editores 2015

Otoño. Baja Sajonia

Nadie es una isla solitaria, repito
midiendo paso a paso este empedrado prusiano.
No presiento, y nada parece demostrarlo,
que este callejón barroco termine de repente 
en el escaparate de una funeraria. 

El vino joven y las nueces tienen un sabor excelente,
leo en la página cuarenta y tres y ya sé 
que lo más extraño con lo que me toparé aquí
es ese enorme cartel que afirma:
Große Europa – Große Zukunft. 

Conversación sobre el invierno

Hojas, ardillas, el cristal lechoso del estanque:
lo que debía morir, vive. No los nombro,
no reconozco los lugares. Y si prefieres
pasear bajo la lisa belleza del cielo,
nos conducirá la lengua. Ya no deseo, veo
círculos en el agua, oigo una voz bajo el hielo.
Así, el océano bajo los pies, sobre la cabeza
la chimenea de cristal del aire. Empieza. 

Comiendo sopa

La lluvia aquí siempre ha marcado el clima, 
al final absorbe islas y calles:
el agua de un canal roto, la niebla fina
que se acerca a la casa por el este invaden

la casa. Un perro viejo pierde su pelaje de cara
al invierno, sobre un sofá tapizado.
Pasada medianoche, en una cocina iluminada,
un hombre y su mujer comen sopa, callados. 

traducción de Xavier Farré, Abel Murcia, Gerardo Beltrán 
publicado en: “Poesía a contragolpe”, Prensas Universitarias de Zaragoza 2012
 

Marcin Kurek nació en 1970 en Świebodzin (Polonia). Estudió filología hispánica en la Universidad de Wrocław, doctorándose en humanidades. Es profesor universitario y enseña literatura hispanoamericana, traducción y escritura creativa. Ha publicado dos libros de poesía. Por su poema largo El Sur (OIeander), recibió en 2010 el Premio de la Fundación Kościelski, uno de los más prestigiosos del país. Sus poemas han sido traducidos al español, francés, ruso, checo, eslovaco, lituano y húngaro. La versión checa de El Sur fue publicada en 2014 (editorial Triáda) y la española en 2015 (Bartleby Editores, trad. Amelia Serraller). Así mismo, es el traductor de Pablo García Casado y de Joan Brossa al polaco, entre otros autores. Por su versión de 62 poemas (2006) del autor catalán fue galardonado con el Premio de la Revista “Literatura na Świecie”. Actualmente vive en Wrocław. 


BIBLIOGRAFIA:

Poesía:

Monolog wieczorny, Wrocław 1997
Oleander, Varsovia 2010
traducción francesa (parte): Aux mots de courir le monde, Marsella 2013
traducción checa: Oleandr, Praga 2014
    traducción española: El Sur, Madrid 2015
        
Teatro 

Rozrzucone, Teatro Polski, Wrocław, mayo 2016

Ensayo

Powieść totalna, Wrocław 2003
Poezja przyziemna, Gdańsk 2014
    traducción española: Poesía rasa, Madrid 2016 (por aparecer)

Traducciones

Joan Brossa, 62 wiersze, Cracovia 2006 (premio „Literatura na Świecie” 2007)
Emmanuel Hocquard, Warunki oświetlenia, Gdańsk 2009
Pablo García Casado, Pieniądze/Dinero, Gdańsk 2011 (finalista del premio Poeta Europeo de la Libertad)
Juan Gelman, Wiersze wybrane (Selección de poemas), Cracovia 2013 (con otros). 
Pablo García Casado, Peryferie (Las afueras), Wrocław 2014
Paula Bozalongo, Śnić to odgadywać przeszłość (Soñar es acertar en el pasado), Gdańsk 2016
San Juan de la Cruz, Pieśń (Cántico espiritual), Cracovia 2016 (por aparecer).

Autores Relacionados

Pablo García Casado nació en Córdoba el 13 de mayo de 1972.   TRAYECTORIA LITERARIA   Ha publicado los libros Las afueras (DVD Ediciones, Barcelona, 1997) por el que fue I Premio Ojo Crítico de RNE 1997 y finalista del Premio Nacional... ver más

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