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Todo se cuestiona: desde el amor romántico al feminismo.

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Carmen G. de la Cueva

Biografía

Carmen G. de la Cueva nació en Alcalá del Río, un pueblo mediano de Sevilla en 1986. Desde niña supo que quería viajar por el mundo y por los libros. Se licenció en Periodismo y Literatura Comparada por la Universidad de Sevilla. Ha realizado estancias académicas con sendas becas en la Universidad de Braunschweig (Alemania), la Universidad Nacional Autónoma de México, la Embajada de España en Praga y el Instituto Cervantes de Londres. Ha sido bibliotecaria en el Cervantes, librera en Londres y Sevilla y detective libresca por las más extrañas y curiosas librerías y bibliotecas de media Europa.

La lectura la salvó del rendido momento de peligro que oprime corazón y pulmones. Después de pasar cuatro años en el extranjero, volvió de nuevo al pueblo y desde allí armó La tribu, una comunidad virtual dedicada a la literatura escrita por mujeres el feminismo. También fundó La señora Dalloway, una editorial feminista, junto a Ángelo Néstore y Martín de Arriba. Ha organizado la I Convivencia Feminista de La tribu en el CICUS (Sevilla), los encuentros “La tribu en Barcelona, Madres e hijas: una genealogía poética”, “Un cuarto propio para La tribu”, “La revolución del lenguaje poético: voces jóvenes en La tribu” y el “I Festival de Cultura Feminista de La tribu”.

Vive en Sevilla y colabora con ABC Cultural, CTXT y El Salto. Ha publicado el ensayo autobiográfico Mamá, quiero ser feminista (Lumen, 2016) que va por la quinta edición.

Poemas

UNO.

(Nacieron seis hijos. Uno de ellos, muerto. Sus padres dejaron este mundo hace muchos
años. Sus hermanos, todos varones, habían muerto aplastados por el peso de una casa
demasiado vieja; por terribles enfermedades que habían ido comiéndose sus órganos,
uno a uno. Ahora quedan solo las dos hermanas. Y el fantasma del padre vagando de
noche por los zaguanes. Habla ahora la hermana pequeña, la que vio al padre en la
celda):

Esta voz que me tiembla, padre, es la voz que vuelve del olvido
todos vuestros huesos están en la tierra, yacen ahí,
bajo la sombra de un árbol nuevo y en un torpe intento por alcanzaros
sujeto el barro entre mis dedos y os convoco
las palabras reposan ante tu tumba
aquí se detiene la existencia del mundo
los pasos me llevan hasta ti, padre,
pero mi hermana posa un dedo sobre mis labios
y me pide que calle–qué deseo este
de querer recordarte–
hubo miedo y hubo llantos cuando las manos tuyas
–ásperas y arrugadas manos– se perdieron
y a la deriva quedamos nosotros
tus hijos vivos, tu hijo muerto, madre
y las semillas en el poyete aquel de la cuadra

esperando un instante tuyo para ser
cuando regresaste muchos años después,
no había árboles ni semillas ni tampoco rosales en los arriates
solo la tierra yerma y seca que olvidó lo que fue la vida
entonces no entendí nada, padre
–que estábamos solos, desterrados–
madre con la cabeza pelona, nosotros, tus hijos,
obligados a dejar la escuela por la que tanto peleaste
–solos, desterrados–
recuerdo que había un anciano con nosotros –el abuelo Pepe–
que hizo lo que pudo por sacar la poca leche que a la vaca le quedaba
y también recuerdo que llegaron ellos
y nos sacaron a la calle como perros, a todos tus hijos
–solos, desterrados– y se llevaron los libros, padre
y te quemaron el coche en la plaza del pueblo
para que todos vieran lo que se les hacía a los rojos
¿recuerdas aquel muchacho, padre?
el muchacho aquel que vivía en la cilla, lo cogieron entre unos cuantos
y lo ahorcaron en la puerta de su casa
yo no pude verlo, padre
pero me acuerdo que me asomé a las rendijas de la persiana y desde ahí vi cómo lo
arrastraban por el suelo –muerto ya–
su madre lloraba y lloraba
estábamos solos, padre, solos y desterrados.

LA CASA MUERTA Historia imaginaria y real de una antigua familia sevillana

DOS.

Cárcel de Ranilla, 4 de mayo de 1943

No vengáis a buscarme a este lugar,
flor de peligro, raíz del desarraigo que se clava
y envenena la tierra.

Cuando regrese será tarde [quizá
la escarcha cubra los cristales,
y la lluvia amenace
mis pasos.

Después de tanto tiempo sé que nada ha cambiado
allí porque bajo tus brazos
hallaré consuelo contra el dolor
que no remite nunca.

Sin trampas, llegaré con los bolsillos llenos de pájaro
al comenzar junio,
vivo,
sin culpa.
Y creceremos al amparo del mañana,
horizonte tuyo, nuestro

Nada es seguro.
Pase lo que pase, salvaremos la memoria.

LA CASA MUERTA Historia imaginaria y real de una antigua familia sevillana

TRES.

Esta noche he vuelto a soñar que estabas viva. Ahora lo recuerdo. Era solo un bebé y tú me sostenías en los brazos. Estaba mamá y también la abuela Eugenia. Y yo podía veros a todas dispuestas una al lado de la otra: tres generaciones de mujeres juntas en el ritual del baño a la recién nacida. Podía veros ahí en la habitación que ahora ocupan mis libros y podía verme a mí, desnuda y frágil, en tus arrugadas manos de bisabuela centenaria sujetándome como si fuera una de tus hijas. En el sueño yo era el bebé y también era yo misma, una mujer de veintinueve años viéndolo todo desde arriba, como sobrevolándoos. Es extraño pensar en ti ahora. Nunca sabré por qué te fuiste justo dos meses después de mi nacimiento, mil novecientos ochenta y seis. Me he pasado todo el día pensando que la Muerte es el único remedio que nos queda. Supongo que si estuvieras aquí me quitarías la idea de la cabeza y seguirías contándome las historias de la guerra que me sé de memoria. Tenías la edad que yo tengo ahora cuando los militares vinieron a por el bisabuelo, veintinueve. Decías que durante años España fue un espejo roto al que si conseguías asomarte, verías el rostro de tu hermano fragmentado en mil pedazos. ¿Quién nos puede asegurar que aquel espejo no ha quedado partido en dos para siempre?

Una y otra vez me contaban, ahora lo recuerdo, que el bisabuelo era por aquellos días alcalde republicano del pueblo y tuvo que huir por ser rojo. Pasaron muchos años hasta que entendí qué quería decir aquellos de rojo. Pero en mi cabeza me llamaba a mí misma así: roja. Siempre imaginé que si lograba parecerme en algo a aquel bisabuelo que salvó a su familia, el futuro me tendría reservada alguna feliz aventura digna de la biznieta de un héroe. Ahora no lo tengo tan claro. Han pasado los años y en mi vida se suceden los días, uno tras otro, aburridos y vacíos y el mayor riesgo que corro supongo que es seguir aquí, en el pueblo, en la misma casa donde naciste tú. Por las tardes, cuando todos se van, me siento aquí, en la que fue tu cocina y abro este cuaderno para escribirte. Ahora que ya no están tus hijas para contarnos la historia de la guerra, será que, si sigues apareciéndote en mis sueños, me corresponde a mí recordaros. Sé que soy joven todavía, pero tengo miedo. Ahora lo recuerdo, has venido a mis sueños para decirme que si en algún momento me siento perdida —como ahora— podré agarrarme a nuestra historia para no caer.

LA CASA MUERTA Historia imaginaria y real de una antigua familia sevillana