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Pablo Benavente

Biografía

Nacido en La Línea de la Concepción (Cádiz) en el '89 y actual residente en Madrid.

Estudió Historia en la Universidad de Granada, pero ha trabajado de periodista, relaciones públicas, camarero, comercial, albañil, pintor, electricista, taquillero y en una cadena de montaje de cuyo nombre prefiere no acordarse. Entró a la poesía por Ángel González, y no ha perdido la fe en ella gracias a autores como David González y Ana Pérez Cañamares.

Ha publicado Circo de Quimeras (Harpo Libros), Izar la negra (Frida ediciones), La respuesta es no ser como ellos (Frida ediciones) y ha participado en la antología autoeditada Degeneración Salvaje.

Poemas

es mía mi oscuridad

creo que he enamorado a mi peor versión
porque ahora no quiere salir de mi casa.”
Luis Fercán

 
Como un reloj de cuerda
roído del uso
me repito en mi absurda programación
  
Creerme capaz,
afianzar las raíces
escenificadas en casas prefabricadas
que llegan a la cola de pick ups,
potenciar la esperanza hasta meterla
en latas de cerveza con forma de botellín:
  
Aceptarme, fracasar, olvidarlo
volver.
Todo bucle del bucle
como el tiempo que se va y no vuelve
como la oportunidad perdida
que no diste ni por lejana.
 
 A veces, quiero
como si este odio no me perteneciera
como si este odio no viniese conmigo
como si este odio no existiera
y pudiera quererme
y pudiera amar

como hacen los demás
  
pero no es mío el mundo de los plenos
mío es el camino de los que no saben hablar
fuera del poema.
No es mío el final feliz, la casa
el buen vecino que deja el cortacésped y sonríe
y te invita a ver el próximo partido
que me da tan igual
en su salón
con su mujer y sus dos hijos.
  
No es mío el trabajo anodino
ni el capataz y su látigo
ni el reloj con sus horas y citas
ni los coches, las fluctuaciones del gasoil
o las bajadas de la bolsa.
  
No es mía la vida plena
pero sí es mía la oscuridad
y su promesa de luz
y su futuro de descubrimiento
y su incolora esperanza.
  
Es mía la soga, la duda
el miedo que me da de comer
el bolsillo descosido
los libros de poemas y su pena.
  
No es mía la plenitud
ni la luz y su cuenta atrás

mía es la oscuridad
y su curioso pacto
con la vida.

aliados

“Debemos tomar partido.
La neutralidad ayuda al opresor, nunca a la víctima.
El silencio alienta al torturador, nunca al atormentado.”
Elie Wiesel

“Cada persona es un mundo.
Esperemos que no sea éste.”
David González

Los veo venir
desde que bajan las escaleras del andén.
El olor los delata.
Cuando te haces sensible a él,
el odio, como el hedor a animal muerto
se huele a kilómetros.

Los tres despojos entran en el metro
armando ruido y acaparando la atención
como si fuera suyo.
El malestar es general. Yo, sentado.
A mi derecha, Moussa
camarero en Lavapiés
de Senegal.
Un colega.

Empiezan a moverse por el vagón
descorchan una litrona y, como perros con la rabia

derraman parte
de la espuma
en el suelo.

Pienso que no les dé por él.

Llegados a este punto, conviene recordar
que Moussa vino a España a ganar el dinero
suficiente
para traerse a su familia de Senegal.
La misma familia que perdió en un accidente
dos días atrás
aún en su país.

Siguen propinando alaridos
luciendo tatuajes
rapados
riéndose por encima del resto.

Se van acercando
y, el primero, se detiene al ver un tatuaje.
El mío.
Detrás de la oreja, en el cuello
tan visible como sus intenciones:
un casco griego o espartano
que muta de significado en presencia
de energúmenos como este.

Que no les dé por él
hoy no

y el primero lo suelto yo
para equilibrar el número.
El tipo, que no esperaba La Resistencia
o no la esperaba así
se derrama en el suelo entre espuma
un poco de sangre, y cerveza.
En cuestión de segundos
el frente se moviliza y la estadística
empieza a ganar protagonismo.

Que no les dé por él.

Y me salgo con la mía, no les da por él
les da por mí.
Él más grande, que venía último
me encuentra con la guardia baja
y acierta.

Que no les dé por él

y noto algo de sangre bajando por la mejilla
olor a hierro, adrenalina y arena
cuando, él, junto a una mujer
intervienen
y sacan a los rapados
A empujones
fuera del tren.

Nos quedamos en silencio.
Miradas de asombro, terror
y orgullo

entre el sudor y la tensión del tren:

Habíamos sido testigos atemporales
de la caída de un imperio.

la única cicatriz

“No vi
que estabas a puntito de romper.”
Jorge Marazu

y no me da vergüenza admitirlo
me da miedo

y sueño con el día en el que ponga en práctica
esta vez mejor, no más. Pero no llega.
Y sin llegar me consume costillas adentro
esta fiesta de despedida en la que no soy bienvenido
aunque ponga mi mejor cara
y me inviten todas y cada una de las noches.

Me observo con pánico en cualquier reflejo
y evito los espejos
desde que acepté que me da más miedo lo que soy
que todo aquello que nunca llegaré a ser.
Y no es asco
ni me siento solo
sólo que no estás al lado
y, a veces, aprieta el frío
cuando te veo y nos dedicamos a mirarnos
desde lejos

como desconocidos
respirando el aire de un nuevo flechazo.

No me da vergüenza admitirlo
me da miedo

seguir en esta estela de un perdón que no llega
vivir con la espada manchada de la única sangre
que no quería que manchase el suelo.
Con la única mancha que no quiero limpiar
aunque pase el tiempo sin piedad
con descaro y vuelo de falda
y, las nuevas oportunidades, como una broma macabra
lleven tu nombre, brillo y sonrisa.

Era joven y no me atrevo a crecer del todo
porque me ato de tormentas al descaro de aquel colegio mayor
y no pido ni necesito ayuda porque no te quiero
lo juro.
Ni más, ni mejor.
No lo hago. No te quiero
pero no me quiero a mí tampoco desde entonces.
Y sin amor revuelvo lo que ya creí defendido siete años atrás
cuando, como un crío asustado
pisoteé todo lo que ahora defiendo con rabia
como intentado ganarme el respeto de un dios muerto
o de un corazón repleto
con un odio que no quiero merecerme.

Y no me da miedo admitirlo
me da vergüenza:

La única cicatriz de la que no estoy orgulloso
no la llevo yo.