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Alana Portero

Madrid, 1978

Biografía

Autora de los poemarios: La habitación de las ahogadas (2017) La próxima tormenta (2014), Irredento (2011), Fantasmas (2010) y de la obra de teatro Música silenciosa (2007).
Colabora en las antologías Alcasseriana (2016) y Mundo subterráneo (2015) y escribe el epílogo de La revuelta del pueblo cucaracha (2013), novela autobiográfica del activista chicano Oscar. Z. Acosta.
Dirige la compañía de teatro STRIGA, donde también actúa y realiza labores de dramaturga. Actualmente columnista habitual en El Salto donde escribe sobre feminismo y activismo LGTB con un enfoque concreto en la realidad de las mujeres trans. También colabora con otros
medios como CTXT, El Estado Mental o Playground.
Activista LGTB desde los 16 años.
Fue librera durante 15 años y sigue echando de menos los descuentos.

Del autor

En alguna parte nazco de repente.
(Inger Christensen).

Tan sencillo

como la firma de un secretario de pestes
que certifica mi expulsión a tierras monstruosas
donde la música es cartílago y piedra

tan sencillo y tan leve

Es
tan triste
que todas las camelias mueran decapitadas
y eso explique el final violento de las cosas hermosas
Tan triste
como interrumpir la noche rezando en voz alta:
Dios te salve María
No me dejes caer
sin haber rozado tu manto
No me dejes caer
sin escupirme ceniza en la frente

No me dejes caer

Tan sencillo como la sonrisa de un niño idiota ante una mesa llena de comida
Tan triste
como una súplica dictada por la morfina
Tan triste
como el himno que se canta en la ciudad de las viudas
Tan triste

como besarle los pies al torturador y al mentiroso

Tan llenas de agua
como las tumbas abiertas de mis hermanas

abiertas por la mano del hombre

como las heridas que nos llevan al matadero abiertas
y
tan bellas
como las veces que he perdido el miedo a la muerte
Tan negras
como las veces que lo he recuperado
Tan sola
como una vagabunda de ojos tristes
Tan tristes
como las cabezas cortadas de las flores
Madre celestial.
Te lo ruego.
No me dejes caer
tan triste,
tan llena de agua,
tan bella,
tan negra,
tan sola.

De nuevo soy yo misma. Ya no hay cabos sueltos.
Estoy blanca como la cera. Ya nada me ata.
Vuelvo a ser plana y virginal, como si nada hubiese ocurrido.
(Sylvia Plath).

Recuerdo la hora torcida de mi vida
en la que planteé las preguntas exactas,
hora en la que empezó a pudrirse mi carne
y a llenarse de orgullo el sonriente impostor
que sirve las mesas
y llena los cuencos de trigo los días de fiesta.
He olvidado el tacto de las mejillas de Artemisa,
he olvidado la forma concreta del cuello florido de Atis,
he olvidado que tuve la piel blanca.
En mi diario sólo queda un insistente
olor a madera y a óxido,
también a leche agria y a hoja de tabaco,
también a sangre infantil,
también a baba.
Aquella hora torcida
en la que abandonar a mi gemela de oro en el sótano
parecía una salida definitiva.
La misma hora
en que los grillos renunciaron a mis noches
y empezaron a cantarme al oído las urracas.
He olvidado, también,
los bordes de mis clavículas frente al espejo,
en aquella hora torcida
bajo la indolente luz de las bombillas
toda yo me transformé en espalda.

He bailado un paso a dos con la bestia;
lo que llamo identidad es una figura
armada con los restos podridos del banquete,
un espantajo de carne, hueso y agua,
mucha agua,
que se mueve con gracia de espantapájaros y anda.
En la hora torcida de mi vida
comencé a escribir este poema,
con el penúltimo aliento de una superviviente
a la que conozco desde que nací,
sirva como último arañazo sobre la carne
colgante del destino,
como asidero para alcanzar la superficie
y gritar al miserable dios del tiempo:
hijo de perra, sigo aquí.