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Cosmoversos. Miércoles 2 - Sala Orive - 02/10/2019 - De 19:00 hasta 20:00h

Biografía

Álvaro Galán Castro (Málaga, 1979) es licenciado en Derecho por la Universidad de Granada y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad Complutense. Máster en Études Romanes por la Université Paris X y máster en Gestión del Patrimonio Lingüístico y Literario por la Universidad de Málaga.

Ha publicado los libros de poemas ‘El lucero del ala’ (Premio de Poesía MálagaCrea, 2001), ‘El cuerpo eléctrico’ (Colección Monosabio, 2010), ‘Ordo amoris’ (Ediciones en huida, 2013), ‘Los frutos de la herida’ (Premio Salvador Rueda, Cedma, 2017) y ‘Ficciones familiares’ (Premio Ricardo Molina, Hiperión, 2019).

De próxima aparición es ‘Del pájaro que canta en los días aciagos’ (Premio Rafael de Cózar, Renacimiento, 2020). Como traductor literario, ha traducido y editado poemas y textos críticos de Pierre Reverdy, sobre el que prepara su tesis doctoral. En la actualidad, trabaja como profesor en la Universidad de Málaga.

 

ANAGNÓRISIS

 

Al albor de septiembre,

la luz del mediodía se hace otra

más blanda y más antigua, pero guarda

su pureza perfecta en las alturas

del plátano de sombra y, más arriba,

 

los cúmulos de nube se aclimatan

al borde del otoño.

El cuerpo de mi amiga dormida sobre el césped,

aún joven, pero adulta y cumplida y experta,

curtido en los dolores y en los gozos

su cuerpo, pero aún firme,

ungido de esta luz exulta entonces

su pátina de bronce y mi manía

recuerda su ideal.

Recuerdo los duraznos temerarios

madurar ágilmente, un pálido sonrojo

de miedo y de apetito en la mejilla,

aquel lunar secreto renegando

del viernes de vigilia, y el amor y la fiebre.

Ni culpa ni nostalgia, siento solo

profunda gratitud, renovado deseo.

ASOMADO A LA TAPIA DEL SANATORIO

 

Pasamos nuestra infame adolescencia

subidos al murito del arroyo, fumando,

llenándonos de plomo y glicerina

la flor de los pulmones.

Mirábamos tal cual, con desprecio y con rabia,

las fachadas de enfrente,

queriendo disparar, a quemarropa casi,

el plúmbeo proyectil de nuestro tedio

—obús color de luna macilenta—

contra los ventanales del sufrido vecino

que, estoico o asustado, soportaba

los gritos, las peleas, las colillas, el tecno

y ese cuerno quemado que quedaba en el aire

después de los derrapes de rutina.

 

En verdad eran largas las tardes y las noches

trimestrales y ardientes del verano.

El día era una ciénaga y llegaba su fango

al confín de los ojos.

Todo estaba sembrado de cadáveres pelmas.

No sabías qué hacer con tantas horas muertas

tiradas por el suelo.

Y éramos demasiados —a veces más de treinta—.

Algunos se jugaban una timba,

apostando tabaco o calderilla.

Los otros descargaban

el furor animal de su testosterona

en pachangas de fútbol.

A mí no me gustaban ni el póquer ni el deporte.

 

Más arriba, a la orilla enjuta del arroyo

se erguía el alto muro como hacha divisoria

de dos mundos ajenos. Un antiguo desagüe

vertía al cauce seco hilillos de inmundicia.

Y un ficus colosal en medio de la finca

bañaba con su sombra todo el patio.

De aquella delirante fortaleza

salían por la puerta quijotes embotados

de litio, electrochoque y narcolepsia.

Volvían a la tarde, muy temprana la cena.

No muchos años antes,

empezó a estar mal visto llamarlo manicomio.

Pero eso es lo que era:

una casa, una jaula, un castillo de locos.

 

Nosotros, los niñatos, nos creíamos cuerdos

y estábamos hastiados de la falsa

libertad de los mares.

 

Algunos no estudiaban, ni siquiera sabían

el año en que Colón pisó las Indias.

Como yo era el poeta,

acudían a mí con los deberes,

exiguos, irrisorios,

para poder sacarse el graduado.

 

A veces, tres o cuatro trepábamos la tapia

por un lugar concreto que daba al aposento

de los casos más raros y especiales.

Los sacaban al sol en un patio pequeño.

Sentados a horcajadas,

cuidando nuestros culos de los trozos

marrones, verdes, blancos de cristal de botella,

tratábamos de hablar con los tarados,

nosotros, los muy cuerdos y sensatos,

y echábamos cigarros encendidos

que comprábamos sueltos en la tienda

—veinticinco pesetas, tres Marlboro—

para gran regocijo de los locos.

 

Qué sencillo que hubiera sido entonces,

por un simple traspié, caer del otro lado

de un muro tan sutil.

 

Quizá siempre estuvimos asomados al mundo

desde dentro.

 

De ‘Ficciones familiares’ (Hiperión, 2019)