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Diego
Doncel

Actividad Cosmopoética

Cosmoversos (II) - Sala Orive 18/11/2021
20:00h
Entradas:

Entrada libre hasta completar aforo

Biografía

Diego Doncel (Malpartida, Cáceres, 1964) es poeta, novelista y articulista. Actualmente vive en Madrid. Como poeta ganó el Premio Adonais en 1990 con su libro El único umbral (Madrid, Adonais, 1991). Al que siguieron Una sombra que pasa (Tusquets, 1996), En ningún paraíso (Visor, 2005) y Porno ficción (DVD Ediciones, 2011), libros que se reúnen en Territorios bajo vigilancia (Visor, 2015). Posteriormente ha publicado El fin del mundo en las televisiones (Visor, 2015, Premio Tiflos de la Fundación ONCE). Su poesía ha sido traducida al inglés, francés, italiano, portugués y chino. Y forma parte de antologías y estudios de poesía española reciente. En 2020 ha recibido el Premio Loewe por su libro La fragilidad (Visor, 2021). Como novelista, tiene publicadas tres novelas: El ángulo de los secretos femeninos (Mondadori, 2003), Mujeres que dicen adiós con la mano (DVD Ediciones, 2010) y Amantes en el tiempo de la infamia (Premio Café Gijón 2012, Siruela, 2013). En el terreno periodístico, ha colaborado como crítico en suplementos literarios, actualmente en el periódico ABC y ABC Cultural, donde es crítico de poesía y teatro. Esta labor periodística ha merecido el Premio Internacional de Periodismo Mercedes Calles-Carlos Ballesteros. Ha realizado guiones para televisión y radio. Y ha trabajado como gestor cultural en instituciones como el Círculo de Bellas Artes o Círculo de Lectores. Dirigió la colección de poesía y ensayo Los solitarios y sus amigos y Biblioteca de poesía de las Islas Baleares, donde se tradujeron al castellano los poetas más significativos en lengua catalana. También fundó y codirigió la revista hispanolusa Espacio/ Espaço escrito, publicación que intentó ser un puente cultural entre las literaturas española y portuguesa y que recogía aquel viejo anhelo de Fernando Pessoa. Por su trayectoria como escritor le fue concedido el Premio Diálogo de Culturas 2015.

Poema

EL SENTIMIENTO DE LA SOMBRAS

Él regresaba todas las vacaciones aunque ya estaba muerto.

La brasa del tabaco se veía brillar en el pasillo,

se oía de nuevo su voz entre la tinta gastada de los azulejos.

Al acercarse, ella le acariciaba la cara con sus manos

rotas por el reúma y la vejez,

le miraba a los ojos con sus párpados

que temblaban de tanto esperar.

En la penumbra acercaba sus labios cada vez más diminutos

a los labios de él para sentir volver la vida,

los mundos profundos y desconocidos de su respiración.

Él olía al carbón de los trenes

con los que había atravesado la península,

al periódico de las estaciones,

al escay de los paisajes y de los sueños.

Después se iban al café, ella ponía su montón de pastillas

encima de la mesa, le mostraba las fotos de los hijos,

le hablaba de las amigas que habían ido desapareciendo.

Él dejaba el nombre de pueblos lejanos sobre el mármol amarillo,

proyectaba su sombra sobre la postguerra perdida,

la miraba desde su juventud.

Aquella juventud de cines con censura, de orquestas

que tocaban como toca el pasado, con historias de amor.

Para él había una casa que estaba construida

a lo largo de todas las geografías, cartas donde contar

los sueños, postales del color del cinemascope.

Para ella, levantarse cada día antes de que amanezca,

construir el paraíso

como aquel poema de Vladimir Holan:

hacer café, preparar la colada, quitarle frío al mundo.

Haberse conocido en la niñez

no basta para la inmortalidad.

Encontrar una habitación donde estar juntos, en medio

de la noche, sobre el Ebro, no era luchar contra el tiempo.

La vejez es un monólogo con las sombras.

En el camino por donde iban de paseo solo hay polvo,

calor, llanura de insectos.

Al atardecer, el tiempo cae con fuerza.

Ella espera a que oscurezca, oye la sirena lejana

en la estación, aún cree que merece la pena esperar.

 

VIENE LA CLARIDAD

Viene la claridad.

El sol parece uno de esos jóvenes que pasa

junto a la boca del metro con bolsas llenas de alcohol,

feliz porque la llama de su cigarrillo empieza a iluminar el mundo.

Sí, viene la claridad y los pájaros, en el asfalto,

con las aceras mojadas por los equipos de limpieza,

continúan celebrando alguna despedida de soltero,

leves como ángeles, ebrios como dioses persiguiendo

un amor desaforados como emisoras musicales.

En todos los bulevares los anuncios luminosos

siguen encendidos como si esperaran una estruendosa

ovación

por ser testigos de los amores nocturnos.

Hay tatuajes pidiendo un taxi, cazadoras negras que se abrazan bajo las marquesinas de los autobuses,

chicas en traje de fiesta que se van a dormir a las páginas

de las revistas de los teatros.

Los grupos de ciclistas, los corredores solitarios

se lanzan, con sus colores deportivos, por las carreteras y los senderos del amanecer.

Allá abajo, en el parque, los últimos travestis

se abrochan los abrigos y echan el cierre a su jornada laboral.

Se oye cómo en los primeros informativos la democracia

medita cómo ser democracia.

Velados por la luz, los obreros que están en mi casa

arrojan en el contenedor los escombros

de mis crisis, de mis derrumbes,

de mis terapias y de mis fracasos.

El polvo de todo se levanta

como un versículo bíblico.

La memoria es una bolsa de ropa

esperando en un rincón a los mendigos, el tiempo

un puñado de astillas, un montón de muebles sucios

que los gitanos se llevarán. En los ceniceros, entre las viejas colillas,

se han quedado los insomnios.

Viene la claridad,

y al pasar por las habitaciones,

el aire se ha vuelto liso, dorado,

sin un pliegue de amenaza, sin rincones inhóspitos.

En esta claridad estará él, ligero como ese papel que flota

en los escaparates de los comercios a punto de abrirse,

como esa menesterosa apodada Madeleine Terff

que ha apagado su vela y el mundo

de los muertos y se encamina a los paseos a ver

el bullicio, el agua llena de reflejos y sin gravedad alguna.

Estará en ese instante en que ver las cosas

es como cerrar los párpados y mirar hacia dentro.

Ahora amo de él lo que no tiene materia: una biografía

hecha

por fotógrafos de pueblo, una vida minúscula

que se refugió contra el frío

e el brasero eléctrico de las utopías familiares.

Amo, llorando,

que fuera tan humilde que ni siquiera

mis hijos conocieran su rostro.

Tecleaba con dos dedos, en su máquina de escribir,

las normas de su insignificante paraíso:

seguir cultivando las arrugas de su cara.

La eternidad debe resultarle amarga:

sin viajes, sin amigos, sin periódicos.

Aburrido en las barberías y en los bares

del más allá por falta de conversación.

Perdido en esa duración del tiempo

por ausencia de los días de la semana,

de los cambios meteorológicos.

Abrumado por el silencio.

Escapándose todas las madrugadas

con esa claridad que sorprende aquello

que él añora: la música de una orquesta,

el pretérito perfecto del verano.

Viene la claridad, viene el mundo.

El azul atravesado por la estela de todos

los horizontes, lo que valió un hombre, lo que quiso,

cómo puede justificar que el futuro que ahora empieza

para él

también merece ser recordado.