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Eduardo
Chivite Tortosa

Actividad Cosmopoética

Cosmoversos (I) - Sala Orive 15/11/2021
19:00h
Entradas:

Entrada libre hasta completar aforo

Biografía

Eduardo Chivite (Córdoba, 1976) es profesor de Literatura y Escritura Dramática en la ESAD de Córdoba. Miembro del grupo de investigación Literatura y Creatividad (HUM925). Licenciado en Filología Hispánica y Doctor por la Universidad de Córdoba; en Escenografía por la ESAD y titulado, por la Universidad de Sevilla, en el Máster de Escritura Creativa. Promotor cultural, junto a Juan Antonio Bernier, de Las Noches poéticas del Can Can (1998-99) desde la editorial independiente Un Papel en el Agua; del ámbito interdisciplinar Agujas de pino (2005-09) junto a Miguel Gómez Losada, y del proyecto de microteatro callejero Entre actos (Festival Internacional Eutopía 08). Autor y productor de Sharaija murió con trece años (La Bella Varsovia, 2008), estrenada en la XXXV Feria del Libro de Córdoba; en el X Festival de Teatro Escolar en Español (Embajada de España, Sofía) y en el ciclo Estrénate (CICUS, Univ. de Sevilla). Responsable de las antologías La sátira contra la mala poesía (Berenice, 2008) y, junto a Antonio Barquero, de Terreno fértil (Cangrejo Pistolero, 2010). Y autor del libro de poemas Okaeri (Editorial Cántico, 2021). Ha sido incluido en antologías como Edad Presente (José Manuel Lara, 2003) o Sais (La Bella Varsovia, 2010). Como autor de literatura científica destaca su participación en los libros Perfopoesía (Cangrejo Pistolero, 2012) y El escritorio y el mundo (Verbum, 2020) y en las revistas Anuario de Estudios Cervantinos VII y Recherches. Culture et Histoire dans l'Espace Roman 22 (Univ. de Estrasburgo, 2019); además, es colaborador habitual de Activarte. Revista independiente y de Rituales (ESAD de Sevilla). Está casado con la poeta, lexicógrafa y lightworker Marta Merino. Es disléxico.

Poema

LA CASA ENTERRADA

Jugábamos por fin entre los azulejos rotos, en aquel solar en obras donde
de niños estaba el Club Banesto, la piscina que envidiosos espiábamos
desde fuera. Una cinta amarilla señalaba una zanja de tierra. Mirábamos la
lluvia sobre el barro, atraídos, encontrando dibujos en el agua.
Entreveíamos una figura, un muro de estuco. Las formas de la casa se
atienen a esos trazos. Percibíamos rojos, verde, un cambio de luz. Ángulos
rectos como en un plano borrado. ¿Acaso somos diferentes? A medio
excavar, había una fuente, lo que fue un jardín. Las gotas, al caer, dejaban
ver el mosaico emborronándose al instante. El hueco en que hicieron el
amor, un espacio vacío, un cuenco rajado.
Tal vez fueron felices.
Queda el jardín, la casa bajo tierra.

DE LOS EFECTOS DE LA TRISTEZA

Rogelio, ¿te acuerdas? ¿Raúl? Juan Antonio, Rafael. Cómo el jardín
blanqueaba en diciembre. Que las estrellas se quedaban quietas, posadas
sobre el agua, y las cosas pequeñitas que se llevaba el mar: la tos, el gesto
de las manos, una sandalia, la belleza del sol.
Se aleja

como las corrientes venidas del océano. Se mece ociosa entre la yerba y
su nombre
se pronuncia más despacio.
Tiene algo de audaz y de recuerdo, la luz que se perfila en torno a la
montaña y el puerto azul.

CANCIÓN INDÍGENA

Anent: «Canto nasal y monocorde dirigido a lo que se anhela poseer
espiritualmente». Eso leí en aquella enciclopedia. Las mujeres shuar, al
elegir a un hombre, lo desnudan y lo lavan narrando el hecho mientras
cantan.
—«Lo lavan, lo perfuman»..., es una ablución del alma —decías, mientras
señalabas una litografía que evocaba cuestiones más mistéricas. Enredé
tus dedos en mi pelo, a la vez que murmuraba: «se confunden tus manos
con mis trenzas, el tabaco y el azúcar».
Desnudos, como dos indios verbalizando una música maniática,
buscándole sentido a aquel conjuro.

11F WINDOW

A once mil metros de este suelo metálico: el mar. La costa gris y azul. El sol
que resplandece, mientras el aire golpea las alas y vuelve extraño el
mutismo lejano de las olas y los barcos. De pronto, el horizonte, línea única
del cielo. Y la costa que se enciende lentamente. Como de niños, cuando
en la oscuridad, los coches ocultaban parejas traspirando y nosotros,
ajenos, girábamos sobre nuestros pies hasta que las luces de la ciudad se
desdibujaban en un anillo dorado. Pero el avión no se mueve, es la tierra
que rota. Como esta sensación de descender, que es tan solo tangencial a
la curvatura del mundo.
Mientras escribo, hay una luz residual bajo las nubes. Ojalá vieras a esa
niña, a lo lejos, que alza su brazo junto a una mujer que lee absorta el
último best seller. Levanta, para vernos, los ojos de la página. Y observa
cómo su hija acaricia suavemente la tripa del cetáceo.

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