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Inauguración "Cuatro poetas cordobesas" - Sala Orive 28/11/2020
12:00h
Hora de emisión:
18:30
Entradas:

AGOTADAS

Biografía

Isabel Pérez Montalbán (Córdoba, 1964). Diplomada en Magisterio y licenciada en Ciencias de la Comunicación. Ha publicado, entre otros, los poemarios: Puente levadizo (Barcarola, 1996), Cartas de amor de un comunista (Germanía 1999), Los muertos nómadas (Diputación de Soria, 2001), Siberia propia (Bartleby, 2007), Animal ma non troppo (Crecida, 2008), Un cadáver lleno de mundo (Hiperión, 2010), El frío proletario. Antología (Visor, 2019) y Vikinga (Visor, 2020).

Está seleccionada en antologías y libros colectivos españoles y extranjeros. Ha recibido premios literarios como el Internacional de Poesía Ciudad de Melilla, el Ciudad de Córdoba Ricardo Molina, el Leonor de Poesía, el Internacional de Poesía Barcarola y Premio Joven Ciudad de Málaga. Textos suyos han sido traducidos y publicados en francés, inglés, esperanto, portugués, árabe y magiar.

Su obra ha sido considerada como iniciadora de la corriente poesía de la conciencia critica, poética que se opone al sistema capitalista desde la visión contemporánea, la memoria histórica y el compromiso social.

Doméstica violencia

Interpreta mi piel paleográfica
y el manso resplandor de virgen fluorescente
que acataba las reglas del peligro en la noche,
cuando las manos pulpo reptaban por el sueño
de un pecho sin custodia, por mi cuerpo piragua:
nueve años, crucifijo de colegio, año nueve,
montón de epifanía y más boscaje,
escamas de niñez y purulencia.
Amor, piensa de qué candela vengo huyendo,
cuando esas manos lepra roturaban
mi carne de barbecho para feraz cultivo,
como lombriz gigante, como abisal escualo,
como pirata en aguas del Caribe,
su garfio dibujando el miedo en jeroglífico.
Pero si esto era el susto, lo más callado grita:
la vagina criatura se contrae retráctil
y los senos se abstraen del asunto,
tararean canciones pop y un mantra:
no está pasando, escuela, mi futuro;
los labios en repliegue emigran, mudos tiemblan;
y el corazón se anida, hiberna, empequeñece.
Y así estatua yacente, los ojos muy cerrados,
mi cuerpo abierto al pairo, guarida de las fauces,
mi silencio estallido del silencio;
mi secreto bengala chispeando negrura,
mía entonces ternura de aprendiz basilisco.
Niña que no sabía de los climas,
pero ardía de fiebre, glaciar del Cuaternario,
porque infierno es sentir cómo quema el deshielo

del gran gusano entre las piernas
en punto de rocío, su humedad relativa
y la presión más alta que soporta la sangre
cuando la preña el fango y el relente.
Niña clamaba libros y no sexo.
Niña soñaba playas y piscinas,
y no miedo y no frío ya engarzándose
desde las células a la epidermis.
Niña amando al verdugo sin remedio.
Niña que odiaba al monstruo de la ciénaga,
al animal caín que embrida su caballo
y ya no es un albergue familiar que la salva
ni ese amigo que alienta travesuras.
Niña yo y furia. Yo niña, eso es todo.
Porque era de la casa: mi pan de mesa puesta,
confianza de familia, verano en compañía,
cuando nunca me olvido en el cuento del ogro.
Cuando siempre me acuerdo, la madrugada mártir
se resigna al destino de amanecer muy tarde.
Pero si esto es la luz, la oscuridad se instala.
La casa, nunca hogar: palacio estercolero,
reserva natural de esos parientes jíbaros
que reducen la infancia a corazón bonsái.

Calle Torremolinos

Los Vikingos, miseria del ensanche,
el trastero de Córdoba y su templo
de adanes expulsados del lingote.
Allí mi casa primera con su escombro
de familia y puchero andaluz,
de habicholillas tiernas y palizas.
Allí madre vikinga cantando por la Flores
pena penita pena, con cordeles de esclava,
sus sienes pedernal, gran desierto de arena.
Niña vikinga en armas, coraje escarcha, siente
hielo en los pies y quiere vencer el gong del frío:
se va a la guerra con un tirachinas.
Por allí la heroína en los ochenta,
un Sector Sur de paro y humedades,
la ruta del peligro y el talego,
pero también confín de clase obrera,
analfabeta y pulcra, humillada de hollín,
con más destellos nadie, ni siquiera El Brillante.
Allí madre vikinga corriendo calle abajo,
alborea su piel marcada por los golpes,
queriendo ya morir sin más remedio.
Y cantando marchaba hacia los puentes.

Divina poesía

El poema es un espacio.
Mide cinco por tres centímetros.
Es un piso de protección oficial.
Marta Sanz

Ya no quiero metáforas, metonimias ni símiles,
ni poetas de patio de butacas.
Prefiero una pradera
de repentinas amapolas
en punto de marchitez permanente,
tan rojas que parezcan
espectro puntillista de la sangre,
pintura en las pancartas de vanguardia.
Reniego de este cielo collage de la mentira,
del edén de mentira con su Adán emboscado,
más abstracto al fin que figurativo
y más cerca de dios que de los hombres.
La metáfora es trampa que oculta el hambre, el llanto,
el sufrimiento a secas
y un nido muy pequeño de blanquísimas plumas
que escrituran patrañas en el nombre del arte,
como esa nieve al óleo de la fingida nieve
que en las manos de un niño
se derrite ya igual que el Polo Norte:
un polo de limón sin colorante.

El amor, ese gran tema

Quería yo quererte sin mesura,
amor de endecasílabo y pureza.
En serio, amarte en limpio. No olvidar
por esta vez los líricos carbones
de una noche que avanza, que está a punto
de nacerse en mayúscula y negrita.
Y de repente todo se oscurece:
un apagón, un fallo de alumbrado,
en suspenso la piel y el porvenir,
la patria, las noticias, los relojes.
Menos los hospitales, claro: tienen
el suministro autónomo, vendaje
de emergencia y su herida con luz propia.
Y es todo que las olas rascacielos
destruyen los supuestos paraísos.
La noche es un dolor en letra impresa,
un grito alejandrino tan primario.
Y es todo que se afiebra la pupila
de un niño con malaria en su torrente
de sangre un poco anémica, tal vez
un poco sangre malva o rosa, no
roja ni azul palacio, apenas sangre.
Y es todo que anochece en los suburbios,
que anochece de veras sin remedio
por el bosque tan frío de tus ojos
mientras cenan lubina los poetas.

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