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Cosmoversos Domingo 29 - Sala Orive 29/11/2020
De 12:30 hasta 13:30h
Hora de emisión:
19:00
Entradas:

HASTA COMPLETAR AFORO

Biografía

Jaime Siles (Valencia, 1951) es doctor en Filología Clásica por la Universidad de Salamanca, catedrático de Filología Latina y director del departamento de Filología Clásica de la Universidad de Valencia. Ha recibido, entre otros, los premios Ocnos (1973), de la Crítica Nacional (1983), Internacional Loewe de Poesía (1989), Internacional Generación del 27 (1998), Nacional de Poesía José Hierro (2008), Internacional de Poesía Ciudad de Torrevieja (2008), Tiflos (2008) e Internacional de Poesía Jaime Gil de Biedma (2018). Entre sus libros de poemas figuran: 'Canon' (1973), 'Música de agua' (1983), 'Columnae' (1987), 'Semáforos, semáforos' (1989), 'Himnos tardíos' (1999), 'Pasos sobre la nieve' (2004), 'Actos de habla' (2009) , 'Galería de rara antigüedad' (2018) y 'Arquitectura oblicua' (2019)

PALOMAS Y PALABRAS

Vinieron a la vez
palomas y palabras.
Vinieron en el leve
revuelo de sus alas.
Vinieron confundidas
de país o de mapa.
Vinieron y volvieron
a su difusa nada.
Breves como su voz,
limpias como su habla
vinieron hasta mí
palomas en palabras.
Disueltas en la luz,
incisas en el agua,
quietas dentro del aire,
su ser me respiraba.
Ellas eran la tinta.
Yo era la página.
Este papel dibuja
su zureo en las ramas.
Este papel escribe
su dulce sombra amarga.
Ahora que ya no hay
palomas ni palabras.
Ahora que ya no oigo
sus sones ni sus alas.
Ahora que ya no vuelan
entre sí enredadas.

Ahora que ya no veo
su nácar en la escarcha.
Ahora que no me llegan
sus lentas voces largas.
Ahora que el espacio
ya no me las irradia.
Ahora, sí, ahora
palomas son palabras.
No antes: sólo ahora
son ellas en su nada
palabras y palomas,
palomas y palabras.

DERROTA DE LA MUERTE EN ORLÉANS
A Jesús García Sánchez
Muerte, poco te llevarás de mí:
sólo este cuerpo gastado por el uso,
unos labios que casi ya no dicen
y unos ojos que apenas pueden ver.
Confórmate con esto: poco más te daré.
He llegado hasta ti demasiado despacio
como para entregarte todo lo que no tengo:
todo lo que dejé, todo lo que perdí.
Aquí me tienes con un yo negado
como el que tantas veces te negó,
como el que aún te sigue y seguirá negando
aunque sabe que muy pronto vendrás para no irte,
pues de allí a donde llegas no te marchas jamás.
Te espero, sí, te espero para ver
el modesto botín que te depara mi derrota.
Díme si ha valido la pena este largo esperar,
pues, aunque creas que la victoria es tuya,
te equivocas : la vida y el recuerdo de la vida fluyen,
siguen fluyendo siempre como la luz y el mar.
¿El tiempo? – me preguntas. El tiempo...

el tiempo fue un pobre regalo imaginario :
un puñado de arena, una torpe medida
nada más, que midió nuestros días
pero no lo que en ellos nos pasaba.
Lo que fuimos, lo que éramos
no lo miden los días ni las horas
sino el reloj interior que es el que marca
los meridianos de otra realidad
a la que tú nunca podrás tener acceso :
el mundo del amor en cuyas formas
la belleza se convierte en única verdad.
Poco te llevas, pues, de mí
pues lo que importa no es este yo que muere
sino el otro que soy, el que también he sido,
el que sigo siendo, pese a ti.
Ya me dirás si ha valido la pena
tanto, tanto y tan largo esperar.
Hoy soy yo quien asisto a tu derrota,
muerte, a la orilla del Loira, en Orléans.

LUCES NEGRAS

Hay luces que no son
del cielo ni la tierra
hay luces que destilan
espesa bruma negra
que no vienen ni van
y en nosotros se quedan
un tiempo o un instante
una edad o una era
remueven nuestros polos
y nos dejan a tientas
las pulsa un viento frío
las trae una tormenta
y brillan en la noche
de la que son luciérnagas
las anuncian avispas
y abejas mensajeras
el estertor de un perro
a los pies de su dueña
pronostican catástrofes,
cataclismos, miserias
son las Ménades griegas

que de pronto despiertan
y sacuden el suelo
con sus pasos de fiera
las Erinias, las Furias
con su rabia revuelta
vemos su rostro alzarse
y oscurecer la niebla
soplar sobre los vivos
su larga sombra negra
e insuflar en los soles
sus colores de siena
de nieve gris herida
de tersa plata lenta
en cuyo fondo laten
figuras ya dispersas
aún no sucedidas
cuyo dolor nos quema
cuerpos en una lava
derramada que aumenta
saber que estamos vivos
en una vida muerta
pintura, pues, de un cuadro
con una sola escena
el horror que produce
la muerte cuando llega
cuando aún no ha llegado
cuando todo es espera
Triunfo de lo trágico
derrota de la idea
del mundo tan perfecto
que las formas recrean
un cosmos casi griego
que la nada desdeña
Pero he ahí el caos
he ahí la materia
salida de su cauce
sin orden y sin rienda
entregada a sí misma
capricho de una dea
adversa, enemiga
que no ilumina : niega
Sí : hay luces que no son
del cielo ni la tierra
hay luces que socavan
lo que la voz eleva
hay luces que destruyen
lo que la Luz alienta
hay luces contra luces
su contraluz nos quema
su contraluz nos dice

su contraluz nos crea
hay luces que no son
del cielo ni la tierra
cuanto sus rayos rozan
entra de pronto en pérdida
es pétalo la flor
y es ceniza la hiedra
del aire ardido caen
apagadas estrellas
los palacios se hunden
las cosechas se incendian
y es un paisaje en llamas
lo que de todo queda
asistimos al fin
de un mundo, de una era
estamos al final
de un túnel o una senda
y no se ve otro rayo
que el de las luces negras
Pero he ahí el caos
y el cosmos que lo engendra
ya son uno en la nada
que los pulsa y los crea
uno sucede al otro
y los dos a la idea
del mismo pensamiento
que, al pensarlos, los niega,
esplendor de la nada
brillo de la materia
sólo hay en nosotros
terribles luces negras
en cuyo fondo laten
otras luces más negras.

SELLO DE CAUCHO
a Andrés Morales

La noche y la penumbra aquí no se conocen:
forman parte tan sólo de su decoración-
son ese limo en que el dolor perece,
la técnica de encausto de un encantamiento,
la irregularidad del grumo que hay en sus paredes,
el azul pompeyano de una disuelta pintura parietal,
el borroso fondo de algún antiguo fresco
en el que casi no se distingue ni el color,
craqueladas figuras, siluetas
de un teatro de sombras chino o japonés,
attrezzo ,ya gastado, de difuntas actrices,
uniformes y capas, repertorios
interpretados en el mismo escenario
y por la misma compañía siempre
sin ninguna o muy poca variación.
De todos los nombres del cartel
nosotros somos el único que cambia:
nosotros, o, más bien, el húmedo
y correoso cartón de nuestras máscaras,
el líquido ropaje o el insatisfecho
deseo del disfraz que cada uno de nosotros,
según las estaciones del año o de la vida,
se ha de saber poner. Las bambalinas
rigen la ley de la tramoya; la luminotecnia
del yo es su vestuario. El tiempo es el único
maquillaje real. Por eso nos expulsa de sus tablas,
asigna y reparte los papeles, y baja,
cuando quiere, su cruento telón.
No : no hay día ni noche en el teatro
como no lo hay tampoco en la realidad.
Sombras chinescas cruzan por su mente
como en la jungla los sones de un tamtan.
Pero ¿qué es una sombra chinesca?
Pero ¿qué es una mente?
Mientras te lo preguntas, oyes
los mudos sones del tamtan
que producen la imagen de una selva
y hasta la dibujan en el verde lienzo
de sus cañas por el que cruza un tigre
de desteñidas rayas, en cuyos verdes ojos
brilla la oscuridad. En ella estás,
aunque en la luz te oigas.
Como el tigre, también te has desteñido:
como al tigre, el tiempo te ha ido destiñendo

con todas y cada una de las flechas
que guarda en su carcaj.
Tú no lo sabes,
pero el tigre y tú sois simultáneos: ambos
correis en paralelo al ritmo de los sones
que suenan en los vacíos espacios de una selva
en la que el único sonido que se escucha
es el de un solo y pertinaz tamtan
surgido del verdeante tallo de unas cañas
cuyo rumor el viento multiplica
porque la muerte marca su compás.
El tigre y tú en la sangre del tiempo
sois un sonido sordo en medio de un silencio
que, como la música contenida dentro
de una imagen plástica, nadie, nadie
-ni siquiera tú mismo- podría escuchar
porque la vida no escucha los silencios
que en su flujo se dan. Esas
intermitencias del tiempo y de uno mismo
son las únicas que iluminan nuestra realidad :
es el dolor quien orienta sus focos
hacia ese punto opaco que llamamos el yo
y que tal vez lo sea, o lo es, o lo ha sido
y en el que todo aparece confuso
por la materia en suspensión que arrastra
y que no puede eliminarse
por lo espeso de su morrena terminal .
De ahí el profundo lago que, con ella, se forma,
la sensación de niebla que lo envuelve
y el vértigo que causa asomarse uno mismo
a un depósito-espejo que devolviera, juntos,
excrementos y acción. Mejor que muera el tigre
y, con el tigre, el yo. Mejor que muera el tiempo
y, con él, su teatro de imágenes ya vistas,
repetidos papeles y salas de butacas
en que actores y público son reflejo
los unos de los otros, falsas copias y plagios
de un solo y mismo yo que no se escucha nunca
salvo en salas de espejos, laberintos de feria
y visiones oníricas en las que en las rayas
desteñidas de un tigre suena la música
del vitral de la selva por la que va corriendo
el rumor de unas cañas que verdean al viento
y la unitaria imagen de un mundo vegetal,
más nítido y preciso que éste, en el que el yo
resulta ahogado por sus espejismos
y éstos, por los sellos de caucho
que el yo suele poner sobre las cosas
y que, como en la memoria los sucesos,
modifican sus formas, alteran sus contornos,

difuminan sus datos o licúan su de por sí
ya débil y, por tanto, dúctil realidad.
No hay más placer que en el conocimiento.
Pero ¿dónde, cuándo y cómo se nos da?
Podemos llegar a saberlo todo,
pero no de nosotros. La arqueología
de nosotros mismos no es una ciencia
ni constituye una disciplina ni su objeto de estudio
es patrimonio único de una especialidad.
El yo no existe y, por lo tanto, es múltiple:
sólo puede inventarse. De ahí que
su objeto y su sujeto sean uno y el mismo :
la ficción, la mímesis entendida al modo
aristotélico. El yo es siempre otro- como dijo Rimbaud-
pero también el mismo que cada vez lo enuncia,
como vió Benveniste. Yo soy ese otro mismo
que escribe este poema y soy también aquel
que nunca lo escribió. El yo es un producto
del lenguaje; el poema, también.
Uno y otro coinciden sólo en esto: ambos
tienen en el lenguaje su vivir. Fuera de él
no existen. Lo real son las rayas desteñidas
del tigre. Lo real son las cañas y el verdor
de la selva. Lo real es la sangre del tiempo.
Lo real es este instante que, como yo
y conmigo, delante de tus ojos va a morir.
Pero no menos real es el poema en que ello sucede.
No más real soy yo o lo que aún no ha sucedido
o lo que sucedió o lo que no sucederá.
Todo existe a la vez como tú, lector,
dentro de este poema que está dentro del tiempo,
pero que exige un yo que está fuera de él.
¿Oyes aún el tamtan de la selva
resonando en tu mente? ¿Ves aún las rayas del tigre
en cuyos verdes ojos brilla la oscuridad?
¿Sientes dentro de ti el latido de la sangre sin tiempo?
Todo poema es una pequeña pieza de teatro
con sus acotaciones, sus personajes, sus diálogos
y, sobre todo, el simulacro de su decoración.
Pero ni el vestuario ni sus muebles existen:
sólo existe el espacio de la nada del yo.
En la penumbra proyectada por la luminotecnia
no se ilumina nada salvo la oscuridad del yo.
Y esa opacidad – y no el yo- es la materia prima del poema.