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Cosmoversos Lunes 30 - Sala Orive - 30/09/2019 - De 20:00 hasta 21:00h

Biografía

Juan Vicente Piqueras (Los Duques de Requena, Valencia, 1960) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Valencia. Ha vivido en Francia, en Roma (su ciudad, durante 20 años), en Atenas, en Argel, en Lisboa. Actualmente vive en Jordania, donde es director del Instituto Cervantes de Amán.

Entre sus libros cabe destacar: ‘La palabra cuando’ (1991), ‘La latitud de los caballos’ (1999), ‘Adverbios de lugar’ (2003), ‘La edad del agua’ (2004), ‘Aldea’ (2006), ‘Palmeras’ (2007), ‘La hora de irse’ (2010), ‘Yo que tú’ (2012), ‘Atenas’ (2013), ‘La ola tatuada’ (2015), ‘Padre’ (2016), ‘Animales’ (2017), ‘Narciso y ecos’ (2017). 

Ha recibido el premio José Hierro por ‘La palabra cuando’ (1991), el premio Antonio Machado por ‘La latitud de los caballos’ (1999), el premio de la Crítica valenciana y el premio del Festival Internacional de Medellín por ‘Aldea’ (2006), el Jaén de poesía por ‘La hora de irse’ (2010), el premio Manuel Alcántara por el poema ‘La habitación vacía’ (2012) y el Loewe por ‘Atenas’ (2012).

Ha traducido al español la poesía de Tonino Guerra, Cesare Zavattini, Elisa Biagini, Cristina Campo, Ana Blandiana, Izet Sarajlic, Cristina Campo y Kostas Vrachnós.

 

© Foto de Amal Ariouat Piqueras.

NOMBRES BORRADOS

 

La mente no es un lápiz para tomar apuntes,

es una goma de borrar.  

                                              Marko Vesovič

 

Mi padre fue perdiendo poco a poco el lenguaje.

Y empezó por los nombres. Lo primero

que olvidó su cerebro no fueron los adverbios

ni los pronombres ni los adjetivos,

como uno estaría tentado de creer,

ni las motas de polvo de las preposiciones,

sino los sustantivos.

 

La manzana dejó de ser manzana,

el vaso pasó a ser eso,

y quienes se acercaban dejaban de llamarse.

 

La muerte comenzó su labor minuciosa

robándole los nombres,

borrándolos, poniendo

en su lugar un esto o un aquello,

un dame, un balbuceo, un gesto de la mano.

 

Lo último que se pierde son los verbos,

los verbos que se mueven en la sangre

como si fuesen peces

hasta que acaba el mundo,

hasta que ya no puede el cuerpo con su alma.

 

Los adjetivos son afectuosos,

visten con sus pasiones lo que miran

y por eso perviven.

 

Pero los nombres se esfuman.

Y la sustancia de los sustantivos

es agua de borrajas, niebla, torres de humo.

 

La manzana deja de ser manzana.

Yo dejo de llamarme.

La palabra dolor no significa nada.

 

De ‘Padre’ (Renacimiento, 2016)

 

LA HABITACIÓN VACÍA

 

                              A Carlos Edmundo de Ory in memoriam

 

Era uno de tus juegos preferidos.

¿Qué hay en una habitación vacía?,

preguntabas. Guardábamos silencio.

 

¿Qué hay en una habitación vacía?

 

Los que no conocían el juego

tal vez decían: Nada, y tú decías: No.

Nada es nada, he dicho qué.

 

Hasta que alguien decía, por ejemplo: Silencio.

Y tú decías: Sí.

Y otro decía: Polvo.

Y el juego comenzaba a tomar vuelo.

 

Unas huellas de pasos en el suelo.

Un fantasma. Un enchufe. El agujero

de un clavo. La penumbra.

El cuadrado que deja en la pared

la ausencia de un cuadro. Un hilo.

Una carta en el suelo.

La huella de una mano en la pared.

Un rayito de sol que entra por la ventana.

Una telaraña. Un trozo

de papel. Una uña. Una hormiga extraviada.

La música que llega de la calle

(¿hay música sin alguien que la escuche?).

Una mancha de humo o de humedad.

Garabatos o pájaros o nombres

o un dibujo de Laura en la pared.

 

Tú ibas diciendo sí o no.

Tú lo sabías. Eras el inventor del juego.

Tú ya sabías, Carlos, lo que hay

en la habitación vacía donde acabas de entrar.

 

Era uno de tus juegos preferidos.

- ¿Qué hay en una habitación vacía?

- Un fantasma.

- Ya lo han dicho.

- Sí, pero el que yo digo es otro.

 

(Inédito. Premio Manuel Alcántara en Málaga 2012.)