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Mara
Carver

Actividad Cosmopoética

Cosmoversos (I) - Sala Orive 13/11/2021
19:00h
Entradas:

Entrada libre hasta completar aforo

Biografía

Mara Carver es poeta, editora, gestora cultural y artista visual. Tras vivir en Madrid, Francia e Inglaterra unos años, se establece en Barcelona, donde trabaja en varias editoriales. Es fundadora y directora de Nudo, festival de poesía desatada, que lleva ya cinco ediciones en Barcelona y aterriza el año que viene en Tenerife y Madrid. Es socia y edita en la editorial literaria Trampa ediciones. Participa desde hace años en diversas exposiciones, encuentros y festivales a nivel nacional e internacional. Autora de Donde planean los pájaros (Piezas azules) en 2019, su siguiente poemario, Esa intimidad, y alrededores, lo publicará Olifante. Aparece en la antología La casa del poeta (Trampa, 2021) junto a 110 poetas españoles más, y es autora en las obras colectivas ilustradas de El romancero gitano de Lorca y Luces de Bohemia de Valle-Inclán (Mil editores). 

Poema

Elvira Zulueta 12, zazpigarren etxea

Cual faro en el parque sombrío,

la luz amarilla provoca la mirada

desde El Prado.

Un fulgor dorado que intuye

el movimiento de los cuerpos, al son

de Miles Davis en la segunda planta

o de U2 en la tercera,

al nivel de la copa del castaño más alto,

desde donde nos gritábamos

cual torrente de niños en el auge de sus días.

Zancadas en las escaleras,

algarabía a todas horas,

muchos, todos, aún, juntos,

desayunos a media mañana,

anarquía, libre albedrío,

bailar, trasnochar, leer, conversar, ver pelis en VHS,

esa casa es un volcán,  jauría encendida.

Esa ventana.

La luz amarilla.

La llama en la madriguera.

El vértigo que derrama:

hiedra, savia, piel, matriz,  

la madera cruje todavía,

murmura vida.

Los inviernos son muy muy fríos en la casa vitoriana,

de ahí el amor,

de ahí la danza,

el viento golpea, incorruptible,

las contraventanas.

 

(De La casa del poeta, Trampa ediciones, 2021)

 

La guarida

Desde antes de asomarte a la vida

nos hacían dudar de que lo hicieras.

Eras más una hipótesis médica, un porcentaje, un temor, 

que no una posibilidad de niño 

nadando en esa gran piscina.

Había tanto líquido que podrías haber nacido mitad pez.

Pero te asomaste, sí.

Temblando, morado, peludo y frágil.

Y te recorriste las consultas médicas de toda una ciudad.

¿Qué tiene este niño?

Algo importante, aseguraban, ante nuestro corazón palpitante.

 

La pesadilla duró un año. 

Hasta que ya le pusieron nombre,

no muy glamuroso ni fonéticamente bello,

solo un síndrome apellidado Cantú,

un desconocido en la espesa selva ignota.

 

Yo siempre he ido al cine sola  y con frecuencia. 

Pero aquel año iba dos o tres veces a la semana,

cual refugio, cual guarida,

mi oscuridad preciosa del Meliès

en la última sesión del día.

Recuerdo que cuando volvía

siempre me sentaba a tu lado y te contaba la peli recién vista,

en susurros

a medianoche

sin escatimar detalles,

como un ejercicio narrativo que me imponía.

Recuerdo aquellas noches.

Tu candor, tu aliento, mi agonía, el silencio.

Qué bien dormías.

 

(De Donde planean los pájaros, Piezas azules, 2019)

 

Sangre

Podría decir el nombre de mi madre infinitas veces,

pero no lo digo.

Nunca lo digo.

Y es hermoso.

Te   -   re   -   sa

Y alargo  y entono la última sílaba como si la presentara con entusiasmo a un público desconocido. Ahora lo repito, con menos cautela, porque al decirlo me empiezo a sentir bien.

 

Teresa

Teresa

Teresa

Teresa

Teresa

Teresa

 

La pienso mucho.

Pensarla es como volver al nido.

Yo soy parte de ella y más y más 

cuando me ponía su mano en mi vientre,

queriendo compartir mi desasosiego,

como si mi hijo por venir 

saliera directo de su entraña.

“Que salga todo bien”, parecía rezar 

con esos ojos azulmente tristes.

 

Compartimos sangre y compartimos historia y genealogía.

Nombres de muchas sílabas repartiéndose por la familia.

Hasta los 18 años viví en Elvira Zulueta

y el árbol genealógico sibilino y solemne

colgado en el hall de casa

me saludaba y me despedía cada día.

Daban ganas de hacerle una reverencia.

 

Ay la sangre familiar cómo inunda nuestras arterias.

No podemos quitarnos el polvo.

Ese polvo de la herencia que a menudo 

nos hace repetirnos,

siendo mejores o peores, 

mas similares, 

porque parece que somos 

como algunos que fueron

y nunca podremos ser como queremos

por la maldita sangre,

que no nos deja.

¿Cómo rebelarse contra la ascendencia?

 

Todos, desde que nacemos,

nos vemos abocados a la comparación.

Por lo visto, yo tenía la misma nariz que mi bisabuela

la tendencia a la visceralidad de los Bastos

y la alegría y fortaleza de mi padre.

Yo misma, admito, no sé dónde estoy.

Ignoro si hay algo en mí solo mío, pureza propia,

o si soy una amalgama de seres que llevaron mis apellidos,

cada uno con su porcentaje de mi individualidad.

 

Menudo torrente colectivo 

de individualidades que me sostiene.

 

A vista de pájaro, mi madre no está.

Si te acercas, no me suelta la mano.

Está siempre.

 

Ahora quiero decir su nombre.

Teresa.

Y lo digo alto.

Aunque la piense triste.

Teresa.

 

A veces intuyo que mi madre ha perdido la fe en la vida.

No sé cómo mostrarle el jardín florido, 

sus ojos se debaten entre otoño e invierno.

Yo creo siempre en la tímida luz que lo baña todo.

Siempre hay luz, aunque no seamos capaces de verla.

Sólo sé vivir.

Con toda mi sangre y genealogía a cuestas.

 

Y os confieso que, los días claros, 

en que mis pies pisan la hierba de Gometxa 

y todo lo que levantó ahí la abuela, 

doy gracias a mis apellidos por sentirme tan bien allí, 

por ser de esta familia, 

pero sentirme tan única a la vez, 

como la brizna nueva que nace siempre en el mismo campo, 

nueva vida en lugar viejo.

 

Los días oscuros ya son otra historia.

 

(De Donde planean los pájaros, Piezas azules, 2019)

 

La curva de tu hombro

Acá, lo único que importa es la curva de tu hombro 

bajo la tenue luz.

Pareces otro hombre cuando sueñas,

la piel se destensa, tu barba yace intacta,

como las piedras que tiemblan indemnes 

bajo la fuerza del río. Podría ser la hierba húmeda,

a la orilla de ese río. 

o mi pubis tembloroso cuando,

callada, te observo.

Sigo leyendo en la penumbra. Pero ya no puedo 

atender los versos. La curva 

de tu hombro.

La curva de tu hombro.

La mirada no se aparta. 

Como si todo el misterio habitara ese meandro.

La curva de tu hombro es apolínea, la sigo con un dedo y no acabo el hombro exquisito y preciso, se precipita en terreno oscuro, inalcanzable a la mano. Apenas es medianoche. La curva, la piel, la luz, la semilluvia. Una sinfonía.

(De Esa intimidad, y alrededores, Olifante, inédito)

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