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Cosmoversos Lunes 30 - Teatro Góngora 30/11/2020
De 11:00 hasta 13:00h
Hora de emisión:
19:00
Entradas:

Biografía

María Eloy-García es malagueña, nacida en los 70 y licenciada en Geografía e Historia. Ha participado y sido publicada en numerosas revistas nacionales y traducida a más de diez idiomas, así como desde sus inicios ha cosechado numerosos premios de poesía y sus apariciones en antologías y traducciones son muchas y aburridas de numerar. Los habitantes del panorama es su quinto libro y en la puesta en escena que se presentará en Cosmopoética, los habitantes refunfuñan, nos hablan en su idioma sobre la exposición del individuo a su condición efímera en el más salvaje de los desamparos. Un camino por el barrio de Carranque de Málaga a través de la voz de María Eloy, quien nos habla con humor punzante sobre tiranías y complicidades, pero también sobre lo que resiste en la intemperie de lo común: una exaltación de lo material, que es cuerpo erótico y cuerpo de la historia. No hay quien encuentre en este panorama personas u objetos plácidos. No hay quien encuentre placidez en su escucha. Solo queda la palabra, emocionante y cruda, convirtiendo el dolor en gasolina.

El vecino y la patria

Ondeando enfrente la sábana medio blanca medio amarilla del vecino, él no considerará nunca que vive en un país en las cimas del desarrollo, su pequeña calavera cobija solo las inquietudes mínimas y de supervivencia, ¿qué importa un pib en su pequeño interior bruto? ¿qué importa la economía sumergida de su yo ahogado? Una chapuza es su exterior de baldosas de cuarto de baño, una chapuza es su educación primaria, una chapuza es el dolor cabizbajo de andar pasillos de grandes centros comerciales; una chapuza es el no querer pensar de su encéfalo pimpante. Su garganta recuerda las conversaciones de la seguridad que da lo social, ay pasillos angostos de los ambulatorios, ay la vida que surge en las pruebas de la diabetes, ay bulos como dioses que parten los hemisferios. Él habla de lo innato de permanecer a quien quiera escucharle, con la autoridad que dan los silencios de la viejaniña punzada de tiroides y sus ojos muy por fuera de sus órbitas. El vecino tiene corredor para arrepentirse de toda su vida occidental y eurocentrista, pero no lo hace. Luego, en el bar, la telerrealidad le da la medida de la patria. Nada es más importante para la patria que se defiende que su profundo inmovilismo de fronteras, de clichés, de lo que hemos creído ser. Ahí, muy a gusto, en la roña, porque la roña da calor. La roña es recuerdo hecho costra, postilla, herida, bandera. Ay, chapuza de la patria, ay soledades aritméticamente unidas.

Anatomía de la pena

Hoy tengo una pena que podría ser empadronada inmensa como es, extraña y lúcida; una pena que razona, que debería tributar; una pena emprendedora y sarcástica, que se explota y se somete; una pena reina para un cuerpo que vuela gregario; pena como motor terrible que transporta felicidades prisioneras distribuidas para ser mutiladas y poder mirarse de a una: el pequeño antebrazo de una felicidad niña, una mano extendida feliz con ausencia de pradera; una pena que está en la trama de todas las cosas, una pena que se señorea entre los hemisferios, una pena que viene para reinar; una pena que es existencial no lleva dobladillo ni se educa en el pespunte, es más bien insecto palo en su yo animal, que se posa atávica y da cuerda para el salto de mirar; pena terrible de vivir, pena que soborna y delimita la frontera de la furia. La pena es materia extraña: es y no, siendo presente ya es añoranza, se inaugura y es vestigio, es pusilánime y dictatorial hace cicatriz primero y luego herida. Pena que elige sus paisajes, el viaje después de la pena trae souvenirs y ropa sucia. Aquí, en mi silla de rayas en mitad de un barrio de un país, vuelvo otra vez del viaje absoluto y soy la normalidad que habita en el individuo satisfecho sobre la tierra con todos los derechos que da el vuelo.

la playa

 Los hombres de vacaciones en agosto dantesco arrastran las pertenencias por la arena; bigote abajo, una gota va resbalando hasta la piedra con la que hincan la sombrilla de bebida refrescante con la fruición de un armstrong en luna. Se yerguen sobre sus chanclas y miran el horizonte lleno de otros colonos obesos de medio pelo, antes bizarros toscos con ligas santas y pendones altos, ahora la patria se lucha en el espacio confort delante del merendero con la misma seguridad de una contrarreforma. Ay, agosto satírico, cómo dudas entonces de tu intención de hacerte octubre laboral. Hierve de gente un verano abarrotado con museos que expectoran cartón pluma, la ruta denominación de origen, abrevaderos de diseño, el día del melocotón en un pueblo blanco señalado por las redes, el restaurante con hipercomunión; todos avisados, todos expectantes para no perderse nada. El dolor de hombro del porteador estival a la vuelta de la playa es comparable, por un segundo, al de la vuelta de un juandeaustria, arcabuz en ristre, reguero de galeras destrozadas. Dolor vacacional, la soledad vespertina del bedandbreakfast, y vuelven a ocuparse del resto de arena entre los dedos. No saben que es el infierno y mantienen la esperanza, aligeran a la beatriz de lo libidinoso, perrean por los círculos y esperan su turno en el castigo, felices, por el parque temático que creaste.

el vecino y la patria

Ondeando enfrente la sábana medio blanca medio amarilla del vecino, él no considerará nunca que vive en un país en las cimas del desarrollo, su pequeña calavera cobija solo las inquietudes mínimas y de supervivencia, ¿qué importa un pib en su pequeño interior bruto? ¿qué importa la economía sumergida de su yo ahogado? Una chapuza es su exterior de baldosas de cuarto de baño, una chapuza es su educación primaria, una chapuza es el dolor cabizbajo de andar pasillos de grandes centros comerciales; una chapuza es el no querer pensar de su encéfalo pimpante. Su garganta recuerda las conversaciones de la seguridad que da lo social, ay pasillos angostos de los ambulatorios, ay la vida que surge en las pruebas de la diabetes, ay bulos como dioses que parten los hemisferios. Él habla de lo innato de permanecer a quien quiera escucharle, con la autoridad que dan los silencios de la viejaniña punzada de tiroides y sus ojos muy por fuera de sus órbitas. El vecino tiene corredor para arrepentirse de toda su vida occidental y eurocentrista, pero no lo hace. Luego, en el bar, la telerrealidad le da la medida de la patria. Nada es más importante para la patria que se defiende que su profundo inmovilismo de fronteras, de clichés, de lo que hemos creído ser. Ahí, muy a gusto, en la roña, porque la roña da calor. La roña es recuerdo hecho costra, postilla, herida, bandera. Ay, chapuza de la patria, ay soledades aritméticamente unidas.

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