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Inauguración "Cuatro poetas cordobesas" - Sala Orive 28/11/2020
12:00h
Hora de emisión:
18:30
Entradas:

AGOTADAS

Biografía

María Rosal Nadales (Fernán-Núñez, Córdoba, 1961). Doctora en Teoría de la Literatura y del Arte y Literatura Comparada por la Universidad de Granada. Profesora Titular de la Universidad de Córdoba. Directora de Igualdad de la Universidad de Córdoba. Directora de la Cátedra de Estudios de las Mujeres Leonor de Guzmán. Académica correspondiente de la Real Academia de Córdoba y de la Academia
de Buenas Letras de Granada.
Publicaciones de poesía: Sibila (1993), Abuso de confianza (1995), Don del unicornio (1996), Vuelo Rasante (1996), Inventario (1997), Vicios comunes (1999), Ruegos y preguntas (2001), Tregua (2001), Travelling de acompañamiento (2002), La risacca del fuoco (2002), A pie de página (2002), Otra vez Bartleby (2003), inquisición.es (2005), Discurso del método (2007), Síntomas de la devastación (2007),
Últimas noticias de Louise Benton (2008), Espeleología humana (2008), Al este del andén (2013), Carmín rojo sangre (2015), Rinescere a Oriente (2018), Carminio Rosso Sangue (2019), Freud me niega una explicación (2019), Estrella de la noria (2019), Tiempo de flores muertas (2019).
Ha recibido el premio “Ricardo Molina” por Tregua (2000), el Andalucía de la crítica por Otra vez Bartleby (2004) y el premio de poesía “José Hierro” por Carmín rojo sangre (2015).
Su obra se ha traducido al inglés, italiano, holandés y griego.
Alicia Vara ha realizado el estudio: La impronta clásica en la poesía de María Rosal (2018).

TÍO CARLOS
Yo te habría amado de haberte conocido.
Sin duda algo más que un incesto
se habría consumado
entre tu vocación de hereje
y mi obsesiva dedicación a la quimera.
Pero el tiempo es un augusto general
que marca con su espada
un abismo de siglos
entre tu corazón y mi deseo.
Por eso me arrodillo
ante los bordes ocres de tu fotografía,
sin que el vaho de tu aliento
pueda quemar mi rostro.
Querido tío Carlos,
allá por los burdeles
del París de entreguerras
con tu pelliza oscura
corrompida de sueños, los mismos
que arrojaste en un puente del Sena
aquella noche aciaga.
Una mujer de acero pisoteó tu carne
como un cigarro ardido.
Y fuiste desde entonces
marioneta truncada.
El día en que nací,
a la precisa hora en que la comadrona
tiraba hacia este lado de la vida,
las campanas de muerto

doblaban por tu alma.

 

COMIENZA LA FUNCIÓN
Todos tenemos nuestra bestia.
Le damos
de comer en la trastienda, ocultamos el rito
a los vecinos, y es una relación incestuosa
y turbia, próxima a la autofagia.
Una bestia, no un ángel desterrado,
una bestia nacida de la raíz sangrante
del cordón umbilical,
un huracán huraño entre los matorrales,
una hermana siamesa mancillando las copas.
Esta es mi bestia parda,
aquí recién lavada podéis verla
desnuda de artificio, libre de maquillaje
y atavío.

Es mi bestia y mi horror
quien labra la epopeya, un canto de arrecife,
el paladar acerbo de la iguana.
Mi bestia es mi disfraz,
el cortejo del miedo,
la linterna afilada del forense,
amanecer desnudos
en el depósito de cadáveres.
Se ha sentado a la mesa, degusta
las migajas de mi cuerpo. Se nutre
de los miembros desgarrados,
apila los muñones. Clasifica las vísceras.
Paladea la gelatina oscura de los huesos.
Se inicia la función.

Vayan pasando.

 

MUJERES
Para María Luisa Calero
En el verano,
mi madre me apuntaba

a clases de costura.
Era el calor sinónimo de linos y pespuntes.
Cosía en una silla que heredé de mi abuela
–y perseguía el cum laude
en mujer de provecho–,
una silla de enea
a la que habían cortado
las patas y las alas.
Vainicas y bodoques
eran nuestro horizonte.
Mientras la carne abría
un sendero de espuma,
el corazón alerta contra el muro.
Yo bordé el ajuar como mandaban
la santa madre iglesia,
mi santísima madre
y mis santas vecinas.
Entonces yo también era santa.
Yo bordé el ajuar: aquellas sábanas,
la anunciada promesa de que un día
en ellas entregaría mi cuerpo.
Sábanas con calados y bordados sutiles
listas para archivar
en el cajón de la memoria.
Los pliegues de la tela
ocultaban Cien años de soledad
y allí me abandonaba
cuando no podían verme.
Úrsula Iguarán se sentaba a mi lado
a tejer su mortaja,
y hasta me corrigió algunas cadenetas.
Nunca voy a morirme, me decía,
y me guiñaba un ojo arrugado y oscuro.
Mientras tanto Rebeca vagaba por el patio.
Desconsuelo y nostalgia
asediaban la parra
como una culpa antigua.

Un rastro de saliva recorría
la cal de las paredes,
y agostaba las flores.
Yo bordaba y cosía
hasta que me elevaba con Remedios la Bella
y con mis bellas sábanas
sobre el triste tejado de uralita.

 

ODISEA DOMÉSTICA

I
Era un lobo de mar,
un titán laureado en páramos
ignotos,
protagonista altivo a la luz cenicienta
de las noches de invierno.
Era Ulises Rodríguez,
tatarabuelo nuestro,
tallado en el temblor
de la voz procelosa de la abuela.
Atravesó mil mares,
remontó el curso de ríos encrespados.
Fue justo, fue valiente,
casi inmortal,
honesto. Se enfrentó
a todos los peligros sobre la superficie
de la tierra y dejó en el océano
una estela de sangre.
En el pueblo lo aguardaban su esposa
y su único hijo.
Tardó más de veinte años en volver
pero antes se enfrentó a monstruos
y a tiranos.
Ordenó que lo ataran a un mástil
para no oír la voz malvada
de unas bellas mujeres
que querían alejarlo
de mi tatarabuela,
mordiendo su memoria
con la miel de su canto.

II

Nadie puede saber cuánto sufrí por ellos,
cuántas noches recé contra las sábanas
extensas letanías por el feliz encuentro
y porque en otro mundo jamás se separaran.
Un día en el colegio,
los puñales más crueles
hirieron mi memoria.
Huérfana y desolada, enmudecí

frente a la crónica
que el libro de lectura ofrecía
ante mis ojos.
Llegué a casa llorando,
con las trenzas deshechas
y odiando a la maestra.
Me había arrebatado
–en apenas dos páginas–
la historia de mi vida
un tal Homero.

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