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Cosmoversos Miércoles 2 - Sala Orive 02/12/2020
De 11:00 hasta 12:00h
Hora de emisión:
19:00
Entradas:

HASTA COMPLETAR AFORO

Biografía

Maribel Andrés LLamero (Salamanca, 1984) realiza su tesis doctoral en Filología Hispánica en el ámbito del estudio del bilingüismo literario luso-español en la Universidad de Salamanca. Licenciada también en Filología Portuguesa y en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, trabaja como profesora asociada de literatura en el departamento de lenguas modernas en la Universidad de Salamanca, al mismo tiempo que imparte clases de lengua y cultura españolas a extranjeros. Como creadora ha representado piezas breves de dramaturgia y ha participado en recitales poéticos y antologías. Ha publicado los poemarios La lentitud del liberto (Ed. Maclein y Parker, 2018) y Autobús de Fermoselle (XXXIV Premio Hiperión de poesía, ed. Hiperión, 2019).

La nieta del molinero
(de Autobús de Fermoselle)

muele la tierra muele muele
muele el trigo molinero
muele pan
son sus manos morenas
pan pan pan
muelen
pan trigo pan
guarda la maquila o el dinero
de los que vienen de Gema Jambrina y Moraleja
a Casaseca
muele pan pan pan
muele
el hijo del molinero corre y juega
y me sueña dormido
entre sacos calientes
muele
ochava media ochava y fanega
solo muele por el día
si lo hiciera por la noche
la Guardia Civil

pam

muele muele muele muele
pan pan pan y pan
el trigo en la panera
la cebada en el costal
la piedra para el cuerpo
muele
salvado salvadilla

harina harinilla
muele

sonríe la tolva está lista
la piquera con grano
ya muele muelen
sus manos
Castilla
la tierra
muele
el molino que no conocí
la espalda
el alma
Castilla
muele
muele la tierra
muele
a mi abuelo.

De los yugos
(de Autobús de Fermoselle)

Esta vida se les va llenando de vacíos.
Se han limpiado tantas veces de sangre
las almas y la boca, han resistido
la cencellada y los sabañones,
el peso de la pala enferrujada que cava
para sus propios difuntos, saben bien
que no hay lumbre para el niño que agoniza.
Esta vida se les va llenando de vacíos.

Me dice mi padre que en estos campos
mudos aprenda a acallar las palabras
porque todo lo que no es silencio, hija,
acaba por ser aullido.

La soledad de la carcoma
(de La lentitud del liberto)

Fiquemos assim eternamente como uma figura de homem
em vitral defronte de uma figura de mulher noutro vitral...
[...] Os séculos não tocarão no nosso silêncio vítreo... [...]
Nós, ó meu amor viril, teremos sempre o mesmo gesto inútil, a mesma
existência falsa [...].

Fernando Pessoa

Hubo un tiempo al fin en que los feligreses
comenzaron a partir en éxodo
uno a uno
sentenciados y en paz
dejando solo en la cueva al Padre
porque envejecido su abrazo
ya no consolaba y su Verbo

apócrifo

no sabía nombrar
los pecados de sus hijos menores.

Más tarde fue Cristo quien resolvió
abandonar su cruz en la Iglesia para llorar
oculto la nostalgia del ganado
extraviado, encontrado,
que cree saber de rumbos y derrotas.

En aquellas capillas consagradas ya no
hay eco que repita el temblor y las angustias
de rosarios doloridos, ya los muros enmudecen
ya los nenúfares flotan

en la pila bautismal.
Por una grieta atraviesa el aire espeso
del anfiteatro desolado, un rayo de luz equivocado
que ilumina la carcoma que devoró
el cuerpo y la sangre.

Siglos después en el vacío de las ruinas
solo silencio,
solo las efigies solitarias
talladas en madera de unos hombres y mujeres
envueltos en seda gélida e impúdico oro
recuerdan

la humanidad huida.
Solo ellos habitan la quietud
de los altares y fijan sus obscenos ojos
esmaltados, cubiertos de polvo,
nunca en la tierra, siempre en el cielo informe
sin divinidad, aguardando.
Aunque lo intentaran
no serían capaces de llorar.

Fueron esperanza

y hoy no son nada.

La noche cae y nadie les reza.
Deus, ora pro illis.

En aquel lugar desierto permanecen
rígidos, desamparados
esas mujeres y hombres enfrentados
sin poderse tocar, mirándose
con pupilas cristalinas, observando
la pureza absurda de sus cuerpos

inertes.

Allá afuera se sucede el mundo

pero ellos no
lo saben

porque dentro nada
quiebra la calma secular, imperturbable,
de esterilidad,
de varones yermos,
de vírgenes infecundas,
resignadas imágenes de esa vida

que nunca fueron.

Oda al Centro Comercial
(de La lentitud del liberto)

[...] en él el hombre pasa entre bosques de símbolos
que le observan con mirada familiar.

Charles Baudelaire

Los nuevos adalides erigieron catedrales
repitiendo hasta la náusea formas —y no espacios—
donde proclamar sus glorias

y alabanzas.

Dentro no existe la noche ni el día,
en los templos del consumo
los hermosos artificios, las imágenes lumínicas
sacuden, convulsionan al creyente
cuyas cuencas vacías entrevén
en peregrinación semanal la tierra prometida;
y se arrodillan y rezan al Saint Laurent,
cuya radiante distinción descienda sobre todos nosotros,

mortales.

Los elegantes lebreles adiestrados
ya reconocen cafeterías
y marcas clonadas por todo el planeta,
y eso les hace sentir

muy bien.

Las grandes cadenas repiten
a lo largo y ancho del globo

una misma música y un idéntico orden
de la vestimenta por tonalidades
que hace experimentar a sus clientes
una estabilidad estética feliz.

Caminemos por las grandes superficies
al amparo de los símbolos del Capital
para sentirnos en casa. Sus signos
son
lo reconocible, lo inmutable,
las raíces familiares.

Bienvenidos, recién nacidos, al hogar. Papá y mamá
son dos multinacionales.

Carabelas aéreas vuelven a atravesar los continentes
pero el Mundo Nuevo es el mismo en todas partes.

No podréis huir ya pequeños lebreles
de vuestra casa paterna

para crecer.

Ya no hay viaje posible
ni escapatoria
para vosotros,

eternos pasajeros
en la tierra
de las copias vacías.

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