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Cosmoacordes Domingo 29 - Sala Orive 29/11/2020
De 16:00 hasta 18:00h
Hora de emisión:
20:00
Entradas:

Biografía

Miguel Rivera (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1974). e licenciado en Filología inglesa por la Universidad de Sevilla. A los trece años empezó a montar grupos, siendo Maga, en 2000, el proyecto que lo consolidó como músico profesional. Desde los trece años empieza a montar grupos: Crisis, Summer67, Long Spiral Dreamin Supertube y Maga, el proyecto que lo consolidó como músico profesional. Con 30 años de carrera y 20 al frente de Maga, Miguel Rivera es uno de los músicos más reconocidos de la escena independiente nacional. Maga debutó en 2002 con su disco blanco y con seis más a sus espaldas ha conformado uno de los cancioneros más especiales del pop en español, por su profundidad lírica y musical. Su último trabajo largo hasta la fecha, Salto Horizontal, fue publicado en 2017. En 2020 han publicado dos
singles: Desde otro lugar y Nosotros, la inundación. Miguel Rivera también ha desarrollado una carrera en la composición de música para publicidad, teatro y cine: El Factor Pilgrim, El Traje, Astronautas, ¿Quién mató a Bambi?,Yo, mi mujer, y mi mujer muerta, son algunas de las películas donde ha trabajado. Ha colaborado tanto en estudio como en directo con otros artistas de renombre, tales como Australian Blonde, Xoel López, Niños Mutantes, The New Raemon, Germán Coppini o Zahara. Con esta última compuso la canción Big Bang incluida en su reciente disco Astronauta. También ha ejercido la labor de productor musical en los discos de Siete70 y Alvaro Laguna. Miguel Rivera es autor del libro de poemas y relatos Sistemas Binarios (Ed. Aguilar, 2020).

Se me ha llenado la casa de ventanas. Ha crecido una nueva en cada lugar donde
olvidaste algo. Han redimensionado y reestructurado las estancias, iluminándose
todo desde el centro de cada huella tuya. Mi casa tiene forma de cuatro ahora.

El pañuelo que descuidaste en la mesa lloraba tan fuerte su abandono que entró
en combustión, alcanzando billones de grados centígrados, provocando un repen-
tino y minúsculo big bang. Ahora hay un nuevo sistema solar en medio del salón.
Pequeños cuerpos celestes en rotación y traslación orbitando alrededor del astro
de celulosa. En algunos empieza a despuntar la vida, microorganismos que algún
día desarrollarán inteligencia o fe, y venerarán a una madre-diosa displicente.

Siete pelos tuyos extraviados han vencido, contra todo pronóstico, la desigual
batalla que libraban con las fibras de la almohada. La han estrangulado y abrazado
como un gusano estrangula y abraza su propia muerte, una muerte de hilos de
seda castaños. Son un enjambre. Han tomado ya la cama, las paredes, el balcón.
Cuando la luz es más fuerte y el calor aprieta en la calle, ellos mantienen el cuarto
fresco, tamizando el verano hasta hacerlo arena fina y oscura, como de playa
volcánica. Hoy la siesta será deliciosa.

La huella mojada que dejaste en la bañera ha provocado una inundación. Una
veladura de agua del número 37 que ha madurado en charco, y este en estanque,
y este en embalse de agua salada que ha devuelto a la Tierra especies acuáticas
extintas desde antes de los dinosaurios: la caballesta de mar, la mantaflecha o el
asombroso pez bobo anfibio, dotado de cabellera rizada, que no tiene escamas ni
branquias y nada con los brazos en cruz. Es extraordinario tener un acuario
prehistórico. Afeitarse equipado con gafas y aletas es un inconveniente
insignificante comparado con los prodigios submarinos de los que soy espectador
cada mañana.

Donde perdiste una horquilla ha nacido una estantería de hierro negro, combada
de nacimiento por el peso de mil libros: toneladas de papel blanco que se va escri-
biendo solo, preñándose, minuto a minuto, de historias fantásticas. Si paso
despacio por su lado puedo oír la caricia lúbrica de la tinta lamiendo las hojas. Me
paro y escucho, espío cada palabra y, como un voyeur que acaba participando del
juego, la estantería me invita a sentarme en el suelo, aprieta mi espalda contra sus
patas y atraviesa mi cráneo con sus dedos largos y finos, obteniendo de mí todo el
jugo, adivinándome las ganas, leyéndome una y otra vez.

Se me ha llenado de ventanas la casa, acribillada por los cuatro costados de bocas
abiertas, hambrientas, sin dientes ni labios. Hay luz siempre, hay aire siempre. Ya
no se distingue el amanecer del atardecer, el levante del poniente, el viento del

Sahara de el del norte. Se han concentrado todos los climas en el corazón de mi
hogar.

¿Qué hago con todo lo que has olvidado aquí?

[Desmemoriarse]

Desmemoriarse, sin lastre que aplaque el vuelo,
desapegarse de las mantas con la liviandad del mármol,
como ecos de un grito primitivo:
ícaros resilientes aleteando en llamas.

Imaginar desmemoriarse como una canción marinera
que cantamos a brazada limpia, a inhalación inundada.
Llueven peces y se enredan las piernas.

Desmemoriarse, anudarse, desenlazarse:
tú y yo y nuestros cuerpos germinando a medias:
raíz que envuelve la roca, el sudor y el amanecer.
La tierra nos quiso árbol, el azar nos dio las ramas.

Desmemoriarse, ruido blanco de lenguas y truenos bebidos.
Zorras color canela veloces de noche en el pinar.
Desmemoriarse, vísceras y piel desaprendiendo.
Sobre las losas, nosotros —reversibles— buscaremos cariño.

[Conversación sobre la infancia]

M: ¿Cuándo fue que mañana estaba lejos?

A: No lo recuerdo. ¿Cuándo cerró el cine de verano?
M: Hace ahora más de treinta años. Y olvidaron
guardar las sillas y a Bruce Lee.

M: ¿Adónde se iba la luna para que cada noche fuera cerrada?
A: Al cine de invierno.

M: ¿Qué somos desde entonces?
A: Somos actores, recuerdos.
M: ¿Somos recuerdos de películas?
A: Somos recuerdos en los demás.
M: ¿Somos los demás?

[Buscando tu agua freática]

Tierra, y un yo enterrado.
La estación seca muerta contigo.
Sé que vivo por el aire que lleva tu olor
y no el de la lluvia.
Sobrevivo.
Los brazos se me hacen raíces
buscando tu agua freática,
mientras mi boca perforada en tu suelo
—un bostezo—
devuelve el rumor de riada que llega.
Atada a tu yedra, tú le gruñes al silencio
como un faro, cada tanto.

Tierra, llevas peligro clavado en la espalda.
Yo me hundo, no importa,
hasta atomizarme en tu núcleo,

extraviando la tragedia que me trajo a tu prado.
Hay cloro, moho, arcilla en tus muslos.
Hay tierra en ti, y yo en ti estoy enterrado.

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