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Miren
Agur Meabe

Actividad Cosmopoética

Cosmoversos (I) - Sala Orive 19/11/2021
19:00h
Entradas:

Entrada libre hasta completar aforo

Biografía

La autora de Lekeitio (1962) escribe tanto para el público adulto como infantil-juvenil y con su quinto poemario Nola gorde errautsa kolkoan (Susa, 2020) –traducido al castellano por ella misma bajo el título de Cómo guardar ceniza en el pecho– ha obtenido el Premio Nacional de Poesía 2021 en su 40ª edición (la primera vez que el jurado reconoce con dicho galardón a un libro de poemas escrito y publicado en lengua vasca). Autora de una larga y reconocida trayectoria, recibió el Premio de la Crítica en 2001 y 2011 por los poemarios Azalaren kodea (El código de la piel) y Bitsa eskuetan (Espuma en las manos), así como el Premio Euskadi de Literatura Juvenil en tres ocasiones por las obras Itsaslabarreko etxea (La casa del acantilado), Urtebete itsasargian (Un año en el faro) y Errepidea  (La carretera). El álbum infantil de prosa y poesía Mila magnolia-lore (Mil flores de magnolio) aparece incluido en la Lista de Honor del IBBY de 2012.  Su novela Kristalezko begi bat (Un ojo de cristal) ha sido traducida a varias lenguas, y distinguida con los premios Zazpikale y Beterriko Liburua, ambos en 2014. En 2019 vio la luz su volumen de relatos Hezurren erretura (Quema de huesos). Participante en numerosos encuentros literarios internacionales, ha traducido del francés al euskera a la narradora tutsi Skolastique Mukasonga y a la poeta iraní Forugh Farrojzad, entre otros.

Poema

 4 POEMAS de CÓMO GUARDAR CENIZA EN EL PECHO.

       Miren Agur Meabe, BARTLEBY, 2021

EL MéTODO

Respiramos a la vez la luz y la ceniza.

Principio y fin habitan en el mismo relámpago.

Eloy Sánchez Rosillo
 

¿Cómo guardar, sin toser, ceniza en el pecho? 

Yo he mezclado acciones y deseo, memoria y sueños

para completar álbumes. 

Arrodillada he ordenado mis piezas. 

He inventado petroglifos para resumir mis credos. 

Si fuera posible, contrataría 

la felicidad del cachorro de mi vientre. 

He reposado bajo una palmera, 

jueza soberbia, 

emulando a Débora bajo el árbol de Efraín. 

No puedo decir que haya dado tanto como recibí:

asumo la responsabilidad de ciertas situaciones lamentables. 

He pensado mi epitafio. 

 

¿Cómo guardar ceniza sin tiznarse la piel? 

Me he proclamado cerilla

pues soy una entre muchas 

(y los fósforos son un gran invento de la historia). 

He recogido en mi delantal

los frutos de una higuera crecida en tierra pobre. 

He comprendido que somos martillo y espejo;

y el tiempo, un túnel repleto de automóviles averiados. 

He adornado los cromlechs con encajes,

con cuero humano las carlinas

por cubrir el dolor de las cesáreas galácticas.

Mi trato con la naturaleza ha sido insuficiente:

mastico raíces por adjudicarme una dosis de milagro. 

Abracé teorías que hoy me ruborizan pero

que en su día fueron mi salvación.

He encendido las luces de emergencia. 

 

¿Cómo guardar ceniza sin que ardan los ojos? 

He caminado en pleno invierno, presa en círculos concéntricos,

quo vadis, mulier mendicans?

La dignidad fue mi techumbre en la distancia. 

Se me trastocó el censo de los amigos

y me apunté en una asociación de mariposas 

(en cualquier parte venden golosinas emocionales).

Me he hecho la muerta. 

He estado como muerta. 

Le he dado la espalda a la realidad visible. 

La realidad visible me ha engañado: 

el contexto es algo 

que está más allá de lo que alcanza a ver el ojo. 

 

¿Cómo guardar ceniza sin sentir naúseas? 

He hecho compras en rebajas:

una balanza, una espada

y una venda para la mirada,

necesarias todas ellas en esta justa era. 

¿Dónde está la fe, dónde la caridad, dónde la esperanza?

Contagiada por la escoliosis moral general,

me limito a confeccionar abultadas listas.

Debería poner a prueba mis diezmadas fuerzas. 

He hecho colección de exoplanetas

para deportar allí la fatuidad del mundo:

la locura del mundo nos ha dejado a la intemperie.

Me di de topetazos por calderilla pasada:

no le es dado a la zarza privarse de sus espinas, 

ay, fatal destino, ay, nuestro olvidadizo sino.

Plañidera soy en este enorme mural falso. 

Me pesa no haberme ensuciado más las manos. 

 

¿Cómo guardar ceniza sin contaminar? 

He remachado con clavos una puerta que gritaba. 

Relinché de nostalgia mientras 

el claro de luna me pellizcaba los pezones.

Vestí de espantapájaros al señor de mi hacienda: 

me falló aquel a quien creía mi mástil.

He copulado con su íncubo,

rebosante mi vulva de amargura: 

nada penetraba en mí 

salvo la humedad verdosa del olvido. 

Jugué con sus iniciales,

una boutade de mi herida narcisista

nutrida por residuos homeopáticos. 

Lo lapidé empujándolo al abismo,

vade retro. ¿Y ahora qué? 

Tal vez no merezco más amor. 

 

¿Cómo guardar ceniza sin encorvar la espalda? 

Me he pintado un estigma en el ombligo, anhelo de elevación.

He bebido vino de mandrágora

rogando al delirio que fecundara mi pluma. 

He leído, he contemplado obras de arte.

Me he tragado las piedras de arrastre de mi mediocridad

con la garganta en llamas. 

Desconfío del torbellino que desencadena un vistobueno

pero vislumbré con gozo el Himalaya en la autopista A-8. 

Interrogo sobre el sentido de la poesía: 

¿es legítimo escribir para nuestro ego cultural? 

Exploro la forma, reloj de arena.

 

La bondad, la verdad y la belleza perdidas

de lo que una vez fue nuestro

—la plata que dejan las brasas—,

su fuego intenso lucha con la muerte. 

 

Hay un incendio que corta la vida en dos mitades,

un fogonazo estarcido en la médula. 

 

¿Cómo guardar ceniza en el pecho?

 

No existe método. 

Tan solo resistir en el lindero

sin pensar en eso que se añora. 

Aceptar que la vida no dispone ningún plan para nosotros. 

 

Y cuando sea la hora, 

soltar la urna, cruzar la falla.

No importa si es de noche.

Responder, dure lo que dure la llamada. 

Hay un sutil camino entre los árboles 

hasta mi placenta. 

 

MARY SHELLEY Y SU PIANO TRANSPARENTE 

El piano era transparente, el armazón, la tapa, las cuerdas blancas. Mary Shelley estaba sentada en la banqueta ante una palmera enana, la palmera bajo una cristalera, la cristalera repujada con escamas de alabastro. Aquellas láminas podían ser sus senos aplastados, porciones de su lengua cortada, el esquema de sus lóbulos cerebrales, la pista circense de sus ojeras.

En el vestíbulo del buque, Mary la pálida tocaba por su madre muerta, por sus hijos muertos, por su hermanastra F. muerta de frío, por las líneas no nacidas. Dos hombres pasaron junto a ella con chalecos salvavidas, pero no la vieron. Y ella aporreaba las teclas como si sus manos fueran las mazas de un galeón luchando en la galerna. A merced del temporal estaba su amado, en trance de muerte, a punto de morir para dejarla sola una vez más, como toda su vida, una vez más y siempre: “Tú, secretaria mía, ordena mis papeles y los tuyos. Ámame”.

Y de las teclas se alzaban jirones de vapor y cada uno era un fantasma: la madre no madre, los hijos que se tragó la noche, la hermana aniquilada por la distancia, los textos abortados. En sus alveolos pulmonares, en los secos estrógenos de sus cincuenta y tantos años, en sus castillos celulares, en su alma huérfana palpitan un rumor de electricidad, una gárgola de carne, una semilla repetitiva, un hilván que se le posa en las sienes cada vez que la aguja corta del reloj le apunta al corazón. 

Mary Godwin, luego Shelley, no muy lejos de aquí se ahoga tu amado. Y Byron, de pie ante una gruta marina, aúlla tonterías tales como que el amor es parte de la vida para un hombre, pero para una mujer es toda su existencia. Y ahora, en Porto Venere, los ambientadores para hogar llevan su apellido y se venden en pomitos que imitan perfumes de Chanel. En el espigón dejan sus grafitis George Sand, Montesquieu, Passolini, Dante. Unas pocas palabras bastan para que la historia se convierta en corteza de sal en la bóveda de San Pietro o en las bodegas de los pescadores de Liguria.

Mary no espera aplausos. Pasa la partitura digital sobre el piano transparente, y practica trémolos y escalas mientras se atraganta con sus llagas, sus ideas, sus letras, sus socavones. Ha perdido las gafas, no ve nada. Los altavoces políglotas anuncian la hora de la cena, las gaviotas vomitan nanas, los científicos teorizan sobre el poder de la poesía para restituir la vida a la materia inerte y los nuevos Prometeos reniegan de su destino. 

Todo es una gran cicatriz.

 

 INSTRUCCIONES PARA ANDAR EN LA CIUDAD

Palpar la cuerda.

Palpar la cuerda para no perderse en las encrucijadas. 

Notar la humedad.

Notar la humedad en los zapatos y dentro de los ojos,

eso que invoca al peso de las almas 

a concentrarse en los puentes.

Pensar en paralelo.

Pensar en paralelo como los raíles 

y mirar en diagonal

a quien está postrado en la acera, a la manta, 

al brik de vino, al perro,

soy una mierda, 

más me valiera no haber nacido.

Escuchar la sinfonía de los parques.

Escuchar la sinfonía de los parques ahorcando pájaros 

y capando a mordiscos las yemas de los tilos.

Cruzar pórticos.

Cruzar pórticos y proceder en los altares buscando sosiego 

como una Dido errante vagando entre las sombras.

Tragar saliva.

Tragar saliva al preguntar 

al camarero de una plaza entre palacetes

¿metraesunatilaconcicuta? 

disculpe, ¿un tequila?

nounagilda.

Vivir un rato en los museos.

Vivir jirones de siglos en delantales con escamas, 

en cestos llenos de escoria.

Frotarse los pechos.

Frotarse esos dos ángeles de carne abandonada y 

ponerse en el pellejo de las hembras que aprendieron a quemar las velas.

Querer gustar a la ciudad que canturrea 

soy un caja, soy un zoo, soy una carpeta… 

aquí siempre hay sitio para una bestia más, 

como en los listados de Dios.

Comprobar que llevas puestas las alas

sabiendo que no hay manzanas de oro en la oscuridad.

Contar los dedos que te quedan en los pies, 

paloma enferma.

Y palpar la cuerda, palpar la cuerda, palpar la cuerda.

    

UN GIN TONIC EN MIRAMAR

CON LA SEÑORA ATWOOD 

Es la hora, de nuevo, de trabajar en el jardín:

la hora de la poesía,

de lo que queda tras el diluvio, 

los brazos hundidos hasta los codos,

las manos en la tierra, entre las pequeñas raíces, los tubérculos,

las canicas abandonadas,  

los hocicos ciegos de las lombrices, 

los excrementos de los gatos, 

los restos que algún día 

serán tus huesos, 

palpando cualquier cosa enterrada a la fuerza,

un débil fulgor en la oscuridad.

Margaret Atwood

 

Pasamos la tarde en el jardín

sentadas en los sillones de mimbre blanco, 

al abrigo del jazmín y de los kiwis 

observando la coreografía de la adelfa en la brisa. 

 

Ahí están la azada, el rastrillo, las cuchillas, 

herramientas que todo poeta necesita. 

 

En la alberca, las ranas liberan sus sílabas

monótonas como la temperatura de la muerte. 

Cuántos muertos aquí entre la hierba,

a punto de despertar con el próximo lamento. 

 

Los mirlos vuelan del acebo a la palmera. 

Esquivan mi pregunta: ¿sobre qué escribir?

Dispongo las opciones sobre la mesa 

igual que entremeses para un aperitivo.

 

¿Sobre el carácter que esboza la memoria fragmentada?

¿Sobre los récords que tuvo que batir nuestra genealogía?

¿Sobre los signos que el ojo extrae de donde se posa?

¿Sobre el sello que cada cual usa para franquear violencias? 

¿Sobre el desamor y el duelo y sobre la muerte y el duelo

y sobre el pesar y el duelo y sobre el duelo el duelo el duelo? 

¿Sobre el enigma de la poesía, su norte, su catadura? 

 

Los copos de nieve no saben que son agua.

¿Qué es la ceniza? 

Polvo incapaz de recordar lo que fue un día.

 

¡Chsss…!, detiene Margaret la deriva de mis aforismos

apretándome la mano con su mano arrugada. 

Sirve ya otro par de copas, my dearest.

Hagas lo que hagas, realmente no importa.

 

  METODOA
 

Aldi berean arnasten ditugu argia eta errautsa.

Hasiera eta amaiera oinaztu berean bizi dira.

Eloy Sánchez Rosillo

 

Nola gorde errautsa kolkoan, eztulik egin gabe?

Nik nahia eta errealitatea, memoria eta ametsak

nahasi ditut albumak osatzeko.

Belaunikaturik ordenatu ditut nire txatalak.

Petroglifoak asmatu ditut nire kredoak laburtzeko.

Ahal izatera, kontratatu egingo nuke

nire kumearen zoriona.

Palmondo baten azpian atsedendu naiz,

epaile haizeputza,

Deboraren antzera Efraimgo zuhaizpean.

Ezin dezaket esan jaso dudan beste eman dudanik:

hainbat egoera taxugaberen erantzukizuna daukat.

Nire epitafioa pentsatu dut.

 

Nola gorde errautsa kolkoan, azala mazkildu barik?

Pospolo aldarrikatu dut neure burua

bat naizelako askoren artean

(eta mistoak historiako asmakari handienetakoa).

Amantalean batu ditut

lur pobrean hazitako pikondoaren fruituak.

Ispilu eta mailu garela ohartu naiz;

eta denbora, auto matxuratuz beteriko tunel bat.

Blondaz jantzi ditut cromlechak,

eguzki-loreak giza azalez,

zesarea galaktikoen mina estaltzeko.

Tratu gutxiegi izan dut izadiarekin:

sustraiak murtxikatu behar mirari-dosien bila.

Gaur aipatzeak lotsarazten didaten baina

inoiz salbamen izandako teoriak besarkatu nituen.

Larrialdi-argiak piztu ditut.

 

Nola gorde errautsa, begietan azkurarik sentitzeke?

Zirkulu zentrokideetan preso ibili naiz negu betean,

quo vadis, mulier mendicans?

Duintasuna izan dut teiladura distantzian.

Aztoratu egin zitzaidan adiskideen errolda

eta tximeleten elkartean eman dut izena

(nonahi saltzen dituzte litxarreria emozionalak).

Hildakoarena egin dut.

Hilda bezala egon naiz.

Bizkarra eman diot errealitate ikusgarriari.

Errealitate ikusgarriak iruzur egin dit:

begiak ikus dezakeenetik harago dagoen

zerbait da testuingurua.

 

Nola gorde errautsa, botalarria sentitu gabe?

Erosketak egin ditut merkealdietan:

balantza bat, ezpata bat

eta begietarako benda bat,

denak beharrezkoak aro zuzen honetan.

Non da fedea, non errukia, non itxaropena?

Esklerosi moral orokorrak kutsaturik,

zerrenda kopurutsuak egitera mugatzen naiz.

Deman jarri behar nituzke indar laurdenkatuok.

Exoplaneten bilduma egin dut

munduaren gangarkeria erbesteratzeko:

munduaren zoramenak kale gorrian utzi gaitu.

Talkaka aritu nintzen txakur-diruak lortzeko:

sasiarentzat ezina da arantzez gabetzea,

ai, gure galdubeharra, ai, gure patu atzenkorra.

Minduri nabil mural handi faltsu honetan.

Damu naiz eskuak gehiago lohitu ez izanaz.

 

Nola gorde errautsa, inor kutsatzeke?

Iltzez josi dut garrasika ari zen ate bat.

Akorduminez egin dut irrintzi

ilargiteak titi-puntak atximurkatzen zizkidala.

Txorimamuz mozorrotu nuen nire lurjabea:

huts egin zidan mastatzat neukanak.

Bere inkuboarekin jo dut larrua,

alua saminez gainezka:

ezer ez zen nigan sartzen

ahanzturaren umeltasun berdatsa izan ezik.

Jolastu egin nintzen haren inizialekin,

nire zauri nartzisistaren boutadea

memoria homeopatikoak elikatua.

Harrikatu egin nuen leizera bultzaka,

vade retro. Eta orain zer?

Agian ez dut maite-lagunik merezi.

 

Nola gorde errautsa, lepoa konkortu barik?

Estigma bat pintatu dut zilborrean, goraminez.

Urriloaren ardoa edan dut

eldarnioari erreguka nire luma ernaltzeko.

Irakurri egin dut, artelanei behatu diet.

Nire eskastasunaren proba-harriak irentsi ditut

eztarria erreminetan neukala.

Mukertu egin naiz oniritziaren traganarruarekin,

baina gailur elurtuak ere barrundatu ditut A-8 autopistan.

Poesiaren zertarakoaz dihardut galdezka:

zilegi al da gure ego kulturalarentzat idaztea?

Formaren esploradore dihardut, harea-erloju.

 

Behinola geurea izandakoaren

ontasun, egia, edertasun galdua

—erretakoaren zilarra—,

haren su sakona, borrokan ari da heriotzarekin.

 

Bada su bat bizitza erdi bi egiten diguna,

mamin-maminean markatzen gaituen erredura.

 

Nola gorde errautsa kolkoan?

 

Ez dago metodorik.

Bakar-lurrean eustea soilik,

faltan dugun zer horretan pentsatu gabe.

Bizitzak guretzako planik ez duela onartzea.

 

Eta, ordua denean,

urna askatu, arrakala zeharkatu.

Ez du inporta gaua baldin bada.

Kasu egin, deiak irauten duena irauten duela.

 

Bide sotil bat dago zuhaitzen artean

nire plazentaraino.

 

Sant Cugat del Vallès, 2020ko iraila
 

MARY SHELLEY ETA BERE PIANO GARDENA

Pianoa gardena zen, armazoia, tapa, sokak zuriak. Mary Shelley aulkian jarrita zegoen palmondo nano baten aurrean, palmondoa beirate baten azpian, beiratea alabastrozko ezkataz apaindurik. Ezkata haiek zera izan zitezkeen, Maryren bular zanpatuak, Maryren mihiari ebakitako zatiak, Maryren burmuinaren erdia, Maryren betazpietako zirku-pista.

Itsasontziaren atondoan, Mary zurbila pianoa jotzen ari zen hildako amarengatik, hildako seme-alabengatik, hotzak hildako ahizpaorde F.rengatik, jaiobako lerroengatik. Gizon bi albotik pasatu zitzaizkion salba-txalekoekin, baina ez zuten ikusi. Eta bera teklak astindu eta astindu zebilen, bere eskuak balira bezala galeoi baten mailuak galernarekin borrokan. Ekaitzaren mende zegoen Maryren maitea, hiltzear, hiltzear bera berriro ere bakarrik uzteko, bizitza osoan legez, beste behin bakarrik eta beti. Zuk, neure idazkari laztanak, ordena itzazu nire paperak eta zeureak, maita nazazu.

Eta pianoaren teklatutik lurrun-piltzarrak jalgitzen ziren eta bakoitza mamu bat zen, ama izan ez zitzaion ama, gauak irentsitako seme-alabak, urruntasunak suntsituriko ahizpa, testu hilaurtuak. Maryren birika-albeoloetan, berrogeita hamapiku urteetako estrogeno iharretan, zelulen gazteluetan, arima zurtzean, taup egiten dute elektrizitate-zurrumurru batek, haragizko gargola batek, hazi errepikakor batek, erlojuaren orratz laburrak bihotzera apuntatzen dion bakoitzean lokietan albaintzen zaion zuntzak.

Mary Godwin, gero Shelley, zure maitea ito beharrean da hemendik ez urrun. Eta Byronek, zutik itsas leize baten aurrean, lerdokeriak aldarrikatzen ditu uluka, hala nola maitasuna bizitzaren parte bat dela gizasemeentzat, baina emakumeentzat, aldiz, bizitza osotara. Eta orain, Porto Veneren, etxerako aire-freskagarriek haren izena daukate eta Chanelen perfume-bonbiltxoetan saltzen dira. Eta moilako hormetan grafitiak errepasatzen dituzte George Sandek, Montesquieuk, Pasolinik, Dantek. Hitz gutxi batzuk nahikoa dira historia gatzezko azal bihur dadin San Pietroren gangan nahiz Liguriako marinelen bodegetan.

Maryk ez du txalorik espero. Partitura digitala piano gardenaren gainean pasatu, eta tremoloak nahiz eskalak praktikatzen dihardu, kontrako eztarrian zauriak, ideiak, letrak, trangoak trabatu bitartean. Betaurrekoak galduta, ez du ezer ikusten. Bozgorailu eleaniztunek afalordurako abisua eman dute, kaioek sehaska-kantak egin dituzte oka, zientzialariak teorizazioan dabiltza poesiaren balizko ahalmenaz materia bizigabea berpizteko eta Prometeo berriek beren patuari egiten diote uko.

Dena da orbain itzela.

La Spezia, 2017ko uztaila

 

HIRIAN IBILTZEKO JARRAIBIDEAK
 

Soka ukitu.

Soka ukitu bidegurutzeetan ez galtzeko.

Umeltasuna igarri.

Umeltasuna igarri zapatetan eta begien barruan,

arimaren pisuari zubietan biltzera deitzen dion

zer hori.

Paraleloan pentsatu.

Paraleloan pentsatu errailek bezala

eta diagonalki begiratu

espaloian etzandakoari, mantari,

ardo-brickari, txakurrari,

kakaputza naiz,

hobe nukeen sekula jaio izan ez banintz.

Parkeetako sinfonia aditu.

Parkeetako sinfonia aditu txoriak urkatuz

eta zuhaitzen kimuak hozkadaka zikiratuz.

Arkupeak zeharkatu.

Arkupeak zeharkatu

eta aldarez aldare jardun soseguaren bila,

itzalen artean alderrai dabilen Dido erreginaren pareko.

Listua irentsi.

Listua irentsi jauretxe arteko plaza bateko

kamareroari galdetzean

ekarrikoaldidazutilabatzikutarekin?

barkatu, tekila bat?

ezgildabat.

Tarte batez museoetan bizi.

Mendeen pildarrak bizi ezkatadun amantaletan,

burdin printzaz beteriko otzaretan.

Bularrak igurtzi.

Haragi abandonatuzko aingeru bi horiek igurtzi

eta belak erretzen ikasitako emeen larruan jarri.

Hiriaren gogokoa izan nahi izan,

ahapeka kantuan ari delarik:

kutxa bat naiz, zoo bat naiz, karpeta bat naiz…

hemen beti dago tokia beste piztia batentzat,

Jainkoaren zerrendetan legez.

Hegoak jantzita dituzula egiaztatu,

jakinik ilunpean ez dela urrezko sagarrik.

Oinetan geratzen zaizkizun behatzak zenbatu,

uso gaixoa.

Eta soka ukitu, soka ukitu, soka ukitu.

 

ATWOOD ANDREA ETA BIOK
GIN TONIC BAT HARTZEN
MIRAMARREN

Ordua da, berriz, baratzean lan egiteko:

poesiaren ordua,

dilubiotik geratzen denetik

besoak ukondoetaraino sartuta,

eskuak lurrean, sustraitxoen, tuberkuluen,

bertan behera utzitako puxtarrien,

zizareen mutur itsuen,

katuen gorozkien,

egunen batean zure hezurrak 

izango diren hondakinen,

hantxe indarka lurperatutako 

edozein gauzaren artean haztamuka,

distira ahula iluntasunean.

Margaret Atwood
 

Baratzean eman dugu arratsaldea,

zume zurizko besaulkietan jarrita,

kiwi-jasminen aterpean

adelfaren koreografiari begira brisan.

 

Hor dira artaziak, arrastelua, aitzurra,

poeta orok behar dituen lanabesak.

 

Uraskan hasi dira igelak beren silabak askatzen,

beti bat, beti bat, heriotzaren tenperatura bezala.

Zenbat hildako hemen, belar artean

esnatzear, gure aurreneko malkoarekin batera.

 

Zozoak palmondotik gorostira hegaka

nire galderari itzuri: zertaz idatzi?

Mahai gainean paratu ditut aukerak,

aperitifako zizka-mizken antzera.

 

Memoria atalkatuak zirrimarratzen duen nortasunaz?

Gure genealogiak hautsi beharreko markez?

Pausatutako tokietan begiak bakandutako zeinuez?

Indarkeria orotan bakoitzak itsasten dugun seiluaz?

Desamodioaz eta doluaz eta heriotzaz eta doluaz

eta damuaz eta doluaz eta doluaz eta doluaz?

Poesiaren misterioaz, zertarakoaz, muga-egunaz?

 

Elur-maroak ez daki ura denik.

Errautsa zer da?

Zer izan zen oroitu ezin duen hautsa.

 

Ixiii…, eten dit Margaretek gogoeten jitoa,

esku zimurrarekin neure eskuari helduta.

Atera ezazu beste kopa bat, my dearest,

zer egiten duzun, ez du larregi inporta.

 

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