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Raquel
Vázquez

Actividad Cosmopoética

Cosmoversos (II) - Sala Orive 19/11/2021
20:00h
Entradas:

Entrada libre hasta completar aforo

Biografía

Raquel Vázquez es una poeta, aforista y narradora nacida en Lugo en 1990. Filóloga e informática, su último libro, Aunque los mapas (Visor, 2020), ha recibido el Premio Loewe a la Creación Joven y El Ojo Crítico de RNE de Poesía. También ha publicado, entre otros, los poemarios Lenguaje ensamblador (Renacimiento, Premio Orizzonte Atlantico, 2019), El hilo del invierno (Hiperión, Premio València Nova, 2016) o Luna turbia (Torremozas, Premio de Poesía Joven Gloria Fuertes, 2013); la novela Chomolangma (La Isla de Siltolá, 2017) y los libros de cuentos La ocarina del tiempo (Trifolium, 2016) y Paralelo 36 (Talentura, 2019). Fue residente de la XIII promoción de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores.

Poema

TOMA DE TIERRA

Construyamos la casa.

Ya: no todo podrá esperarnos siempre.

 

Aunque seamos tan torpes.

Aunque empecemos mal, por el tejado.

Detectemos la urgencia.

No todo va a seguir esperándonos siempre.

 

Construyamos la casa.

Sin planos ni cimientos.

Mejor que irnos pudriendo junto a las herramientas.

Mejor que renunciar a remover 

la tierra ya según nos vamos marchitando.

 

Construyamos la casa.

No temas los castillos.

 

Teme no haber sido nunca más que aire.

 

UCRONÍA

Serían las palabras adecuadas.

Con la elocuencia justa, hacer explícita

la talla sobre el aire;

un beso tímido, dos, ya sin duda

entrenzados los ojos.

 

Y en cada encuentro la piel como un fénix

que en la misma ceniza

ya reconoce el vuelo,

con sonrisas que riegan

la orquídea de la luz que cae en la tarde,

 

los abrazos sin cifra

ni tampoco computados los pasos

—alguno errado—, incluso los bostezos:

la sombra, al fin, tan necesaria siempre

para alguna promesa

que, aun nacida del tacto,

se mantendría inmune a la erosión.

 

Sería la rutina 

en un realismo mágico,

los hallazgos, los juegos con los niños

o al cuadrar la hipoteca,

la discrepancia, el grito inapropiado

al que sigue un perdón tal vez no velocista

pero que nunca deja inconcluso el camino.

 

Igual que el de los años, las arrugas,

camas impuestas, blanco

de hospitales, el negro inamovible

con el que acaban por hacer su trueque

todos los horizontes y lenguajes.

 

Y ahora sólo serían las frases oportunas.

Si no fuera el reloj, los minutos sembrados

en medio de los tópicos,

la cuenta ya abonada al camarero

y dos sillas que gimen su derrota:

 

la hora de despedirse

—cada uno hacia su casa—.

 

Despedirse en silencio, una vez más,

de aquel maldito tiempo que no llega.

 

SIN LENGUAJE

Hay cosas que suceden.

 

En un cristal de noche

aun desde el día, desde alguna parte;

 

en medio de una luz

pensada lejos, emulada triste,

luz breve que no colma ninguna madrugada.

 

Y hasta los sueños suelen dejar huellas más sólidas.

 

Pero en cambio sucede.

 

A pesar de que no

quede registro, no haya resplandor, no haya piel.

 

Hay cosas que suceden

sin lenguaje siquiera para poder tocarlas.

 

EN EL PICO

Querría resguardarte de la noche,

que no hubiera intemperie,

que no hubiera latón ni aire oxidado.

Querría que el olvido o la erosión 

fueran muecas risibles de otra historia

y ahora nunca murieras

y ahora nunca el insomnio te quemase 

de plástico los ojos.

Querría que el deseo

llegara siempre a tiempo a la estación,

que el reloj consistiera en un juego de niños.

Que la tormenta fuera con flor de jacarandas.

Y el dolor, nada más que dos sílabas inermes.

Que la mayor herida la dijesen los pájaros.

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