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Cosmoversos. Jueves 3 - Sala Orive - 03/10/2019 - De 21:00 hasta 22:00h

Biografía

Rosa Berbel (Estepa, Sevilla, 1997) es graduada en Literaturas Comparadas por la Universidad de Granada, ciudad en la que reside desde 2015. Su primer libro, ‘Las niñas siempre dicen la verdad’ (Hiperión, 2018), fue ganador del XXI Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal, y ha sido asimismo galardonada con el Premio de la Crítica de Andalucía a la mejor Ópera Prima.

En 2016, resultó ganadora de la IV Edición del Certamen Ucopoética, convocado por la Universidad de Córdoba. Ha aparecido en antologías como ‘La pirotecnia peligrosa. 11 poetas sevillanos para el siglo XXI’ (Ediciones en Huida, 2015), ‘Supernova’ (Bandaàparte Ediciones, 2016) o ‘Algo se ha movido’ (Esdrújula Ediciones, 2018).

Ha colaborado en la selección de la antología digital de poesía hispano-argentina Orillas y de la muestra de poesía joven ‘Piel fina‘, recientemente publicada por Maremágnum.

 

PLANES DE FUTURO

 

Tenemos cuarenta años y un trabajo que odiamos

que nos hace pagar las facturas,

llegar a fin de mes,

tener eso que llaman dignidad

y que se siente igual que la tristeza.

 

Tenemos un trabajo y un piso en la playa,

pero ante el mar soñamos

un milagro:

nuestra ropa en la arena como entonces

y quedarnos así a la intemperie, uno

enfrente del otro,

con toda la extrañeza de los cuerpos desnudos,

con esta luz precaria,

con un amor que existe y no nos basta.

 

Tenemos cuarenta años y dos hijos que corren,

que gritan y que lloran

porque la arena está demasiado caliente,

porque nosotros discutimos,

porque no hay nada aquí que nos divierta.

 

Tenemos casa, hijos y demasiado miedo

a la muerte, a los contratos temporales,

como la gente normal, miedos

de gente feliz, miedos felices,

como este insomnio dulce de los días

 

antiguos o esta nostalgia común

y rutinaria.

 

Tenemos cuarenta años y un país que no nos nombra,

no cogemos aviones

porque hemos olvidado

cómo decir te quiero en otras lenguas,

la violencia del viaje,

cómo dormir tranquilos en hoteles lejanos

donde nadie nos llama por las noches.

 

Tenemos cuarenta años y una vida feliz

feliz sin contratiempos,

una vida segura,

equilibrada.

 

Pero después del amor, de la rutina,

la propiedad privada y el verano,

la realidad regresa

inconformista.

QUEMAR EL BOSQUE

 

Nos observo en la calle un día nublado,

como niños muy viejos jugando sin permiso

junto a máquinas sucias de conservas.

 

Estamos en el centro de la imagen,

nuestros rostros pequeños en el centro de todo,

con una luz encima.

 

Todo está muerto aquí, y sin embargo,

la basura expandía los límites del mundo,

como una geografía improvisada.

 

Inventamos un juego,

que consistía primero en pedir algo,

en estricto silencio.

Un deseo, tal vez,

una idea primera de la suerte.

 

¿No era esto madurar: elegir cosas

y esconder la elección a los demás?

 

Girábamos después sobre nosotros,

distraídos y torpes,

con todas nuestras ganas, una vuelta

tras otra,

el máximo posible de minutos.

Ganaba el que aguantara

por más tiempo,

esquivando el mareo o el cansancio.

 

Tú y yo siempre perdíamos.

Hemos vuelto a perder en esta escena.

 

Pero el hallazgo era nuestra suerte:

descubrir que los trazos del cuerpo y sus excusas

condicionan el resto del paisaje.