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Inauguración - Teatro Góngora - 27/09/2019 - 20:00h

Biografía

Svetlana Alexiévich (1948) es una prestigiosa periodista y escritora bielorrusa cuya obra ofrece un retrato profundamente crítico de la antigua Unión Soviética y de las secuelas que ha dejado en sus habitantes.

Es autora, entre otros, de ‘La guerra no tiene rostro de mujer’ (Debate, 2015), ‘Los muchachos de Zinc’ (Debate, 2016), ‘Últimos testigos’ (Debate, 2016), ‘Deberíais crecer, niñas… estáis aún muy verdes…’ (Flash, 2019) y ‘Voces de Chernóbil’ (Debolsillo, 2015), libro en el que se basa la exitosa serie de HBO ‘Chernóbil‘.

Su espíritu crítico, su profundo compromiso con los que sufren y su fructífera carrera literaria han sido reconocidos con innumerables galardones, entre los que cabe destacar el Premio Nobel de Literatura (2015), el Premio Ryszard-Kapuscinski de Polonia (1996), el Premio Herder de Austria (1999), el Premio Nacional del Círculo de Críticos de Estados Unidos (2006), el Premio Médicis de Ensayo en Francia (2013) y el Premio de la Paz de los libreros alemanes (2013).

Es oficial de la orden de las Artes y las Letras de la República Francesa.

Las voces… Decenas de voces… Se abalanzaron sobre mí desvelando una verdad insólita, y esa verdad ya no cabía en aquella fórmula simple y bien conocida desde la infancia: hemos ganado la guerra. Se produjo una reacción química instantánea: la retórica quedó diluida en la materia viva de los destinos humanos… Resultó ser la sustancia más perecedera de todas. El destino es cuando detrás de las palabras sigue habiendo una voz real.

[…]

Las muchachas de 1941… Lo primero que quiero preguntar es ¿de dónde salieron? ¿Por qué eran tantas? ¿Cómo se atrevieron a levantarse en pie de guerra en igualdad con los hombres? ¿A disparar, a poner minas, a explotar, a bombardear, en definitiva, a matar?

 

En el siglo XIX, Pushkin se formuló la misma pregunta al publicar en la revista Sovremennik un fragmento de las memorias de Nadezhda Dúrova, una doncella que había servido en el cuerpo de caballería: «¿Qué causas forzaron a una señorita joven, de una buena familia noble, a dejar su casa, a renunciar a su género, a aceptar tareas y obligaciones que incluso asustan a los hombres, y presentarse en las batallas —¡y qué batallas!— napoleónicas? ¿Qué la había motivado? ¿Las secretas penas amorosas? ¿El exceso de imaginación? ¿La devoción, natural e indomable? ¿El amor?»

 

De ‘La guerra no tiene rostro de mujer’, pp. 57-58 (Debate, 2015)

Y de pronto… Si es que se puede decir «de pronto». Estamos en el séptimo año de guerra… Pero no sabemos nada más allá de los heroicos reportajes televisivos. De vez en cuando nos sentimos golpeados por esos ataúdes de zinc procedentes de un país lejano y que no encajan con las diminutas dimensiones de las viviendas urbanas. Luego quedan atrás las salvas fúnebres y otra vez reina el silencio. Nuestra mentalidad mitológica es inmutable: somos justos y sublimes. Y siempre tenemos razón. Arden y se extinguen los últimos destellos de las ideas de la revolución mundial. Nadie se da cuenta de que el incendio ya está aquí. Nuestra casa está en llamas.

 

De ‘Los muchachos de zinc’,  pp. 19-20 (Debate, 2016)