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Galder Reguera

Bilbao, 1975

Biografía

Galder Reguera (Bilbao, 1975) es licenciado en filosofía y gestor cultural. Es autor del ensayo sobre arte contemporáneo La cara oculta de la luna (Cendeac, 2008) y editor del libro coral Cultura(s) del fútbol (Bassarai, 2008). En 2017 publicó Hijos del fútbol (Lince), un aclamado ensayo autobiográfico con la pasión por el deporte rey como fondo. Con La muerte y el hincha (La Caja Books, 2018) debutó poco después en la literatura de ficción. Desde 2008 trabaja como responsable de actividades de la Fundación Athletic Club en Bilbao.

Del autor

Esta tarde hemos ido Oihan y yo a la plaza a jugar al fútbol. Es mágico el balón: botas uno y empiezan a aparecer niños por todas partes. Hemos empezado a jugar solos, él disparando y yo de portero, pero pronto se ha unido un grupito de chavales y hemos montado un buen partido, a dos porterías, imaginadas en las paredes de una de las esquinas de la plaza. Una de las porterías soñadas la defendía yo, y mis jugadores eran Oihan y otro niño al que no conocíamos, que nos ha dicho que tenía cuatro-años-casi-cinco (lo ha dicho así, muy rápido, como si cuatro-casi-cinco fuera un número exacto como el uno o el cien). El otro equipo lo formaban el hermano de éste y otro amigo, los dos de siete años. Al parecer, eran todos alumnos de la misma ikastola y Oihan conocía a los mayores de vista.
Lo hemos pasado en grande. Hemos jugado un buen rato y además hemos ganado. He perdido la cuenta, pero el resultado ha sido en torno a los seis, siete u ocho goles a tres (los encajados
los recuerdo con exactitud, porque han sido menos y porque siempre fastidian).
El caso es que nada más empezar el encuentro, he enviado a mis dos pequeños delanteros al área rival y desde lejos he colgado un balón para que alguno de los míos lo controle cerca de la portería. Patadón para arriba, a lo Clemente. Y he aquí que, con el balón ya surcando el aire, Oihan ha dado un paso al frente y adelantándose a portero, defensa y compañero lo ha tocado de cabeza hacia atrás y ha metido gol por toda la escuadra. Entiéndase la expresión: no había escuadra, y antes de empezar el partido hemos pactado dónde estaba más o menos el larguero, pero si hubiera habido escuadra, estaría justo por donde el balón ha pegado en la pared.
Oihan ha explotado de alegría, «¡gol!, ¡gol!, ¡gol!», gritaba, con los puños al cielo, dando brincos de júbilo, corriendo hacia mí, que le esperaba de rodillas con los brazos abiertos.
«¡Vaya golazo!», he exclamado mientras nos fundíamos en un abrazo. El pequeño de cuatro años-casi-cinco se ha unido también a la celebración, colgándose temerariamente de mi cuello, queriendo ser parte de algo que no le correspondía, creyendo que era solo un gol lo que se festejaba con ese abrazo.
Después hemos seguido jugando, se han unido más y más chicos, y Oihan ha marcado un par de goles más. Pero sólo el primero lo ha celebrado con esa felicidad.
Cuando volvíamos hacia casa, caminando de la mano, contentos por la victoria y por haberlo pasado tan bien, le he comentado que menudo golazo había sido el primero.
—Sí, Aita —ha contestado, sonriente, con una mirada de total felicidad—, ha sido un gol de cabeza-chilena.
Al llegar a casa hemos narrado a dos voces a Ama y a Danel el partidazo que hemos ganado. Por supuesto, hemos dedicado en nuestra crónica un buen rato al gol inaugural. Ante la extrañeza del término cabeza-chilena mostrada por Ama, Oihan ha razonado que si marcar un gol de chilena es disparando hacia atrás, lo que él ha hecho es una cabeza-chilena. No le ha rebatido Ama, pero sí le ha explicado que a eso se le llama «peinar el balón». Oihan, con la vista clavada en mi frente, ha preguntado cómo se puede peinar un balón si no tiene pelo, como Aita. Hemos reído.

Cuando le he dejado en la cama, estaba feliz. Le he acurrucado, le he besado en la frente y le he prometido, a petición suya, que mañana montamos otro partido. Generalmente, antes de caer rendido juega un buen rato con sus peluches. Imagina conversaciones y a veces les abronca o les felicita por algo. Sin embargo, hoy reinaba en su habitación un silencio total. Mi mujer y yo hemos pensado que se habría quedado dormido pronto, agotado. Pero poco después, me ha llamado.

—¡Aita, ven! ¡Aita, ven, por favor!
Reclamaba mi presencia con el mismo tono que cuando a media noche despierta de una pesadilla. He saltado del sofá y he salido corriendo hacia la habitación y me lo he encontrado sentado sobre la cama, abrazado a Amigo Mío (así llamamos a su peluche favorito). Le he besado, le he acariciado el pelo y le he preguntado con delicadeza qué le sucedía. Por fin ha respondido, angustiado.
—Aita... Si metes un gol sin querer... ¿vale igual?
Después ha confesado que en realidad su intención en ese primer gol de cabeza-chilena había sido tocar el balón de cabeza para que su compañero rematara, pero que no había saltado todo lo que quería y le había dado hacia atrás. En definitiva, que le había salido mal. Y de nuevo ha insistido en lo que le angustiaba: un golazo marcado sin propósito de hacerlo, ¿también vale?
Le he tranquilizado. Le ha gustado saber que sí, que su golazo de cabeza-chilena era legítimo como el que más. He pensado en decirle que, en realidad, algunas de las más maravillosas cosas de la vida se hacen sin querer hacerlas, que salen porque sí, y que precisamente eso las convierte en maravillosas. También en fútbol, sí, y en literatura y en arte. Pero lo he dejado para más adelante. Tampoco le he recomendado, por ahora, que cuando suene la flauta guarde silencio, que se quede para sí mismo su verdadera intención y que sonría confiado, como diciendo «me lo merezco».

Hijos del fútbol, pgns. 59-62

En San Mamés se sentaba junto al viejo y disfrutaba. Del partido, claro. Pero sobre todo observándole a él. Aita, tan serio en el día a día, tan estricto en casa, recuperaba en San Mamés una infancia que quién sabe si había tenido. Sergio lo miraba con el rabillo del ojo, cómo se agitaba en su localidad, cómo se frotaba las manos, nervioso, antes de un penalti, cómo contenía la respiración con los puños apretados cuando el rival acosaba el área rojiblanca, cómo respiraba tranquilo al salir el balón, por un instante, fuera de banda. Conocía cada gesto de su padre. Igual que hay gente que se enorgullece de ser capaz de saber cómo va un partido por el vocerío que se oye desde el exterior de un estadio, Sergio habría podido resumir el transcurso del juego por cómo se contraía cada músculo del rostro de su padre en cada jugada. De hecho, le encantaba cuando había gol y él se lo perdía porque estaba mirando a Aita. Otro habría lamentado no ver la jugada, pero para Sergio el verdadero acontecimiento era ver reflejado ese instante de expectación previa, antes de que el balón entrara en la portería, en los ojos de su padre, abiertos de par en par, y en esa boca que ahoga un grito que pronto brotará.
La primera vez que fue al nuevo San Mamés sintió un alivio enorme. Apenas se había desplazado todo unos metros y, por fortuna, parecía seguir igual. Estaba esa explanada que era pura ausencia, allí donde el campo había estado cien años, era cierto. Pero todo lo que realmente era la Catedral seguía presente, aunque se hubiera sustituido piedra por metal, sabor añejo por funcionalidad. Algo curioso: al reubicarse en el nuevo estadio, al que acudía solo, perdió de vista a los que habían sido sus vecinos de grada durante casi veinte años. Sin embargo, los que le rodeaban en el nuevo campo respondían a los mismos arquetipos. Estaba ese hombre mayor para el que el fútbol era todo felicidad e ilusión: un hombrecito enjuto, siempre sonriente, que animaba a voz en grito: ¡Vamos, Athletic, majo! También el típico amargado que protesta desde el primer minuto a sus propios jugadores —de estos tenía ración doble, dos tipos muy bajitos que se sentaban justo frente a su localidad y que parecían los Frodo y Sam del amargue futbolero—. Estaba el veleta, que una jornada se quejaba del planteamiento defensivo del entrenador, al que acusaba de amarrategi, y a la siguiente, si el rival empataba en el último minuto, exclamaba que no se podía ser tan panoli como para atacar cuando iban ganando uno a cero. Y, por supuesto, no faltaba el sufriente, ese que se
pasaba los noventa minutos rezando a varios dioses, ese para el que el pitido final del árbitro suponía el fin del sufrimiento, al menos durante una semana.
Sintió un alivio inmenso, sí, al comprobar que nada había cambiado en San Mamés, que en esencia todo seguía igual y que, aunque los años pasaran, el Athletic Club siempre se mantendría inmutable, una excepción a la regla de que todo fluye, todo cambia. En la Catedral se sentía como un niño porque aquel seguía siendo el cuarto donde había jugado y soñado siempre. Comprendía a su padre, entendía la sonrisa que tanto le fascinaba cuando iban juntos al campo, sus gestos y anhelos. También sus sufrimientos, porque allí se jugaba, pero se jugaba en serio. Y, de alguna manera, sentía que en San Mamés —sobre todo allí— su padre seguía estando con él. No, con él no. En él. En él y en el escudo, la camiseta, el himno. En los colores, en cada remate y en cada gol.

La muerte y el hincha, pgns. 85-87

 

 

Orive
01/10/2018
21:00