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Isabel Pérez Montalbán

Doméstica violencia

 

Interpreta mi piel paleográfica

y el manso resplandor de virgen fluorescente

que acataba las reglas del peligro en la noche,

cuando las manos pulpo reptaban por el sueño

de un pecho sin custodia, por mi cuerpo piragua:

nueve años, crucifijo de colegio, año nueve, 

montón de epifanía y más boscaje,

escamas de niñez y purulencia.

 

Amor, piensa de qué candela vengo huyendo,

cuando esas manos lepra roturaban

mi carne de barbecho para feraz cultivo,

como lombriz gigante, como abisal escualo, 

como pirata en aguas del Caribe,

su garfio dibujando el miedo en jeroglífico.

 

Pero si esto era el susto, lo más callado grita:

la vagina criatura se contrae retráctil

y los senos se abstraen del asunto,

tararean canciones pop y un mantra:

no está pasando, escuela, mi futuro;

los labios en repliegue emigran, mudos tiemblan;

y el corazón se anida, hiberna, empequeñece.

 

Y así estatua yacente, los ojos muy cerrados,

mi cuerpo abierto al pairo, guarida de las fauces,

mi silencio estallido del silencio;

mi secreto bengala chispeando negrura, 

mía entonces ternura de aprendiz basilisco.

 

Niña que no sabía de los climas,

pero ardía de fiebre, glaciar del Cuaternario,

porque infierno es sentir cómo quema el deshielo

del gran gusano entre las piernas

en punto de rocío, su humedad relativa

y la presión más alta que soporta la sangre

cuando la preña el fango y el relente.

 

Niña clamaba libros y no sexo.

Niña soñaba playas y piscinas,

y no miedo y no frío ya engarzándose

desde las células a la epidermis.

Niña amando al verdugo sin remedio.

 

Niña que odiaba al monstruo de la ciénaga, 

al animal caín que embrida su caballo

y ya no es un albergue familiar que la salva

ni ese amigo que alienta travesuras.

Niña yo y furia. Yo niña, eso es todo. 

 

Porque era de la casa: mi pan de mesa puesta,

confianza de familia, verano en compañía,

cuando nunca me olvido en el cuento del ogro.

Cuando siempre me acuerdo, la madrugada mártir 

se resigna al destino de amanecer muy tarde.

Pero si esto es la luz, la oscuridad se instala.

 

La casa, nunca hogar: palacio estercolero,

reserva natural de esos parientes jíbaros

que reducen la infancia a corazón bonsái.