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María Alcantarilla

Sevilla, 1983

Biografía

María Alcantarilla es licenciada en Periodismo, ha publicado La edad de la ignorancia (Visor), galardonado con el Premio Internacional de Poesía Hermanos Argensola; el volumen de poesía
visual El agua de tu sombra (Musa a las 9), galardonado con el I Premio de Poesía Multimedia PoemadElla: invierno (Valparaíso) y La verdad y su doble (Sonámbulos Ed.), una antología visual
de la poesía española contemporánea.
Con todo, su horizonte artístico es más vasto y ha trabajado en arte audiovisual, pintura y fotografía. Su obra ha sido expuesta en galerías de arte contemporáneo como Colorida Art Gallery (Lisboa), Carolina Rojo (Zaragoza) o Slowtrack (Madrid), dirigida por Marta Moriarty, y ha llevado cabo colaboraciones gráficas con editoriales y medios de comunicación como El País, Le Monde
Diplomatique o El Rapto de Europa y con otros narradores españoles como Juan Bonilla.
Ha sido profesora de Lengua y Literatura y actualmente es  directora del Aula de Escritura Autobiográfica de la Universidad de Cádiz.

Del autor

ESCAPARATE HACIA LA NOCHE
No puedo seguir siendo un mero intruso,
no quiero que el azar venga de paso
y rocíe el borde de esta sábana —doblez y territorio—
y me obligue a creer que estoy despierto.
Hay cierta extranjería que nos pudre
como un sueño apenas esbozado
de calles y de tiendas y hombres que saludan
a quien fuiste una vez, menos enfermo.
Yo paseo la vida con ojos de otro ser y miro afuera
y me encuentro cansado, en las terrazas llenas de colillas
y de pájaros que vuelven a buscar en la basura
con un pico de luz que han olvidado.
Yo paseo canales y entro en zonas de luz y nicotina
y envuelvo las palabras como un perro que envuelve las cortezas
mientras todo lo ajeno me produce un estar
más ajeno tal vez que mi existencia.
Incluso a media luz entro en la duda

a esos campos de otro donde hablar no consiste en entenderse
y camino sin rumbo, con el mismo rubor de quien no sabe
mirar hacia otro lado, ver qué ciego es el nombre que nos cita.
El olor a carmín de esas mujeres, cansadas, medio vivas,
que se acerca a mí como a un lisiado y me rozan la piel
mientras proyectan su voz entre los muslos secos,
es el mismo recelo de hace años.
Por eso está el fracaso en cada esquina,
colgado en los alambres de todos los tendidos donde huele
a tristeza y a humo y a otros muertos
cuya ropa comparten los vecinos, dichosos de sus manchas.
En paz no puede estar quien se extravía,
quien, enfermo, recuerda cada noche
que no hay sombra capaz de devolverlo,
ilusión que parezca estar más cerca.
No puedo seguir siendo un hombre sano
tras esta dentadura donde se pudre el verbo
y es tan blanca la ausencia como el pecho que madre me ofrecía
y tan sucia mi boca como un escaparate hacia la noche.
Para no despertar, gravito lento y acepto este dolor que me acompaña
lentísimo, exigente, dichoso por tener a quien cubrir
y a quien velar de noche después de todo el llanto,
como un huérfano besa un relicario.
No puedo seguir siendo una columna.
Mi grito se parece a la humedad mientras se pudre adentro
y adensa el malestar, como un naufragio,
de un lado al otro lado del colchón, donde me agita el mundo.
Allá lejos aún siguen, intactos los recuerdos
cuya imagen es todo cuanto puedo saldar desde mi cama,
fábula de mí, con moraleja
como un bálsamo más para mostrarme el hueco de salida.
La justa certidumbre es esa ave que ahora sobrevuela este vacío
y es capaz de callar a las tormentas con su plumaje sucio.
El cielo es certidumbre y su pulgar tendido hacia la tierra,
el dolor de hoy que me reclama, vivo como un pez, y me retuerce.

UNA GRAN ANTORCHA
Porque después de todo
ya somos infinitos:
la mujer ríe sola
y exprime las naranjas para alguien
que guarda entre las mantas
el calor, más allá de los deberes.
El hombre canta solo

y suena a melodía de otro tiempo
y acaricia una mano
que asciende por debajo de la ropa
como una gran antorcha.
El niño es solo niño
e inventa para ambos otra historia
que huele a trementina y sana al mundo
de su mísera estela y su cansancio.
Porque, después de todo,
ya somos infinitos
en el modo de obrar con lo pequeño,
con la esencia mortal de cada cosa
que late entre los dedos, y es la vida
mordiéndonos las penas y entregando
su eterna suavidad, como una madre.