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María Elena Higueruelo

HE ENCONTRADO UN ATAJO

 

Perdidos en la Judería

Muchachas de Jerusalén: yo os invoco.

Muchachas de Jerusalén, dejad que mi amor venga

con las manos vacías,

con las manos

sin frutos ni manjares. Dejad que venga

a mí sin nada; así yo,

imposible Sulamita, pálida y mundana,

llenaré las suyas con las mías.

Muchachas de Jerusalén, dejad que mi amor venga

por este atajo: acortad la distancia

entre su abrazo y el mío;

ya sé que no puede aliviar

de las cosas el peso, pero cuando

permanece aquí cerca sí consigue

que no me importe soportar tamaña carga.

Por favor,

muchachas de Jerusalén, dejad que mi amor venga

para quitarme la corona de espinas

y, en su lugar, trence en mi pelo

una corona de flores azules

que expanda el olor de su nombre.

Así yo le ofrendaré este cantar,

aunque no sea el más bello, aunque no

sea digno de un rey.

Quizá mi amor lo estime

al menos digno de lo nuestro:

 

Amor, yo repudio

el pasado y el porvenir

por este instante contigo.

 

(Los días eternos, 2020)