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Quiénes Somos

 

Introducción 

“La verdadera historia del punk no queda dividida en capítulos. Se difumina en demasiados terrenos: el cultural y social, el musical y el de la moda”, escribió Phil Strongman. Morían los sesenta. El rock había dejado de ser la voz de una generación y se había convertido en una dócil herramienta para el mercado. Largas sesiones de grabación, textos elitistas, un mundo demasiado confortable. El rock se había alejado de la gente, se había convertido en un templo y pronto aquello de ser rockero había dejado de ser identificable con la vida cotidiana. La cultura se alejaba del suelo. Nuevos artistas quisieron regresar a la crudeza del inicio. Retomar un discurso que buscaba remover el mundo y no hacerlo un páramo reconocible y apático. Donde hay música, poned versos. El papel sustituyendo al vinilo. Y luego, las mismas contradicciones.

 

Primero fue el garage, que tomaba el modelo de la invasión inglesa de guitarras secas y omnipresentes. Kinks, Beatles y Rolling Stones con composiciones más espontáneas y frenéticas. El "Hazlo Tú Mismo". Superar la timidez con ruido. Reino Unido fue la mejor tierra para que la semilla del punk eclosionara. La música era una excusa. El punk se había convertido en contracultura. “Dios salve a la Reina/ y a su régimen fascista/ que te convirtió en un imbécil/ una bomba atómica en potencia”, cantaron Sex Pistols. Iban contra todo. El arte era el no-arte. La superación del canon. Un desafío al público almibarado y perezoso.

“Irreverencia, inconformismo, rabia, sexo, violencia. Son sólo cinco de las señas de identidad del punk, un movimiento que hoy parece caduco pero que quizás ni haya fracasado ni muerto como pretende demostrar nuestro cotidiano siglo XXI”, escribió Prado Campos a propósito de una exposición artística que comisionó David G. Torres. “Esa superficie del punk, ruidosa, incómoda o feísta, implica una consideración política del cuerpo: la reivindicación de la diferencia siempre supone una lucha frente a lo establecido e implica la reivindicación de la diferencia sexual o, mejor, la anulación de la diferencia sexual por la aplicación de la diversidad”, escribió en su catálogo.

 

¿Por qué el punk como imagen de los nuevos discursos, no tanto como corriente artística, sino como instrumento creativo, es una inspiración para esta edición de Cosmopoética? La literatura española alardea de haber roto la línea entre la alta y baja cultura y que, de alguna manera, la cultura popular ha destruido esa antigua frontera. La poesía presume de haber tumbado tabúes, jugado con referentes políticos, musicales, publicitarios, insertando conceptos postmodernos en estructuras clásicas. Pero todo ejercicio nostálgico es un instrumento conservador. No hay una auténtica ruptura. Sí nuevos discursos que se adentran en el futuro, pero que siguen sustentando una cultura dócil, puesta al servicio del éxito comercial. El punk, como herramienta creativa, pervierte el uso comercial del arte. Lanza las ideas sin pensar en formatos, disciplinas, cálculos de impacto; buscando un público impredecible. Hay en esa idea un autoabastecimiento cultural, al margen de lo establecido, fértil y sin riendas. Salvaje, espontáneo y real. 

 

Como dice Alberto Santamaría en ´Alta literatura descafeinada´: “La escena independiente implica la búsqueda de la novedad incansable (espíritu moderno) a sabiendas de que la recepción de tu obra puede ser marginal, condicionada por el hecho de ser una obra ajena a la tendencia central dominante, pero —y aquí viene lo interesante— mirando de reojo a ese mismo mercado (y su pensamiento dominante) por si cabe la posibilidad de que «seas tú» a quien dejen entrar”.

 

En Cosmopoética 2019 queremos apostar por la creación joven y hacerlo de una forma urgente, espontánea, ruidosa y propia. Este festival es un funámbulo de estéticas y tradiciones. De una parte, desea satisfacer el gusto de un público asentado, fiel, que siempre ha acompañado sus actos. Por otro, debe ser estímulo para los nuevos creadores. Poner al público de siempre delante de un espejo distorsionador. El festival pretende romper los referentes, o al menos, transformarlos en un laboratorio de nuevos discursos artísticos. Poesía, narrativa, pintura, fotografía… formas diferentes de explicar el mundo. Un mundo cada vez más complejo, afilado e inasible.

 

“Como el surrealismo, el punk ha trascendido el ámbito de las artes y se ha insertado en la lengua cotidiana. Uno califica una película de surrealista sin serlo y con el punk pasa lo mismo. Es una comunidad de ideas que siguen circulando y que tiene que ver con un cierto malestar. Un discurso inconformista, provocador, apasionado y rabioso. Un muerto muy vivo en la cultura contemporánea”, escribió David Marcial.

 

Reino Unido 

Dijo Al Álvarez de un compendio de Philip Larkin que era “una suerte de historia social en verso”. La literatura del Reino Unido es un perfecto paisaje de la historia de occidente. Un voyeur de nuestro tiempo. Pocas tradiciones líricas tan apegadas a su espacio, a su sentimentalidad, a su cotidianidad. W.H. Auden, Dylan Thomas, Robert Graves, Ted Hughes, Basil Bunting, Carol Ann Duffy, Benjamin Zephaniah…

 

La Academia Sueca dio el Premio Nobel de Literatura en 2017 a Kazuo Ishiguro. La Academia tiene especial debilidad por la siempre viva literatura del viejo imperio británico. En los últimos doce años del Nobel de Literatura, los beneficiados que portan esa nacionalidad han sido tres: Harold Pinter en 2005, Doris Lessing en 2007 y el último, Ishiguro. Es decir, uno cada cuatro años.

 

Reino Unido representa la literatura rupturista, desprendida de tradición, rendida a su alterable y siempre sorprendente día a día. Detrás del tópico sobre el encorsetamiento británico, fluye una lírica rupturista, que ha marcado el ritmo literario mundial por encima de la corriente estadounidense en el reciente siglo.

 

A diferencia de otros géneros literarios, en la poesía no suelen ser tan palpables los cambios, ni se viven mutaciones espectaculares. Es un cambio caótico y explicable sólo cuando el huracán ha pasado, dejando el paisaje roto. La cronología es más un instrumento de cómoda clasificación para lectores y críticos que un verdadero cajón temático. Podemos hablar, eso sí, de escuelas, como el romanticismo o movimientos como fueron las vanguardias. Los grandes poetas siempre son individualidades desconcertantes, cimas puntuales entre continuistas y dóciles poetas de salón. Autores y autoras que trascienden los límites de su propio entorno y son leídos, sin militancias y por sí mismas, en cualquier tiempo o lugar.

 

El siglo XX fue atravesado por la poesía británica. El mayor poeta inglés, aunque nacido en EEUU, fue Thomas Stearns Elliot. En el bautizado “grupo de Oxford” hay que mencionar a W.H. Auden, junto con sus compañeros de generación Stephen Spender y Carl Day Lewis. Entre los poetas que alcanzaron repercusión posterior destacan dos personalidades singulares imposibles de adscribir a ninguna escuela: la del también novelista Robert Graves y sobre todo la del galés Dylan Thomas, profundo renovador de la lírica y la métrica en lengua inglesa.

 

Cogemos del Reino Unido su osadía creativa. Esa irreverencia con los símbolos. Su retorcimiento de las formas y los discursos. El punk como metáfora de lo iconoclasta. Responder a lo establecido. Buscar nuevas perspectivas, nuevos espacios, nuevos mensajes. Y nuevos vehículos de expresión, como la slam poetry, esa avidez de público y feedback instantáneo. También el No Future como resumen de una sociedad cansada, como es la actual. Pintar el callejón con colores brillantes. Encontrar en la literatura un escape y un desafío. No hay cultura que no haya sido contracultura. No hay progreso si no se derriban los pilares del pasado. Encadenados a la tradición, a veces no hay más opción que empezar de nuevo. Reino Unido conoce su historia, por eso juega con ella, la pervierte y utiliza como un collage para sus nuevas propuestas. Ese espíritu, transgresor y único, aterrizará en Cosmopoética.

 

 

Filosofía

"El turismo cultural supone un mayor consumo de Cultura", se llegó a decir en un acto de presentación sobre el futuro cultural de nuestra comunidad. Suena a Perogrullo, pero es una declaración de intenciones. ¿Qué cultura? ¿Quién la consume? ¿Con delectación de gourmet o con urgencia fast-food? En un texto institucional se detallaba así: “A parte de las actividades culturales, del resto destacan la observación de la naturaleza, las compras y el disfrute y uso de la playa”. Suena a batiburrillo soleado, a vieja máquina de vending, a una exportación cultural inocua, dócil y desnaturalizada. A espetos, Murillo, fino montillano, Alhakén II, El Torcal, Primark, Íberos, Verdiales y Julio Romero de Torres. Una cocktelería entrópica y descocada.

 

Es tentador concebir la cultura como un tentáculo turístico más y no como el eje vertebrador de una sociedad en permanente cambio. Imaginar el arte desbravado y al servicio del interés común, rendido al gusto mayoritario, tan calmado y útil. Aún más en una comunidad en perpetua captación de viajeros, con casi 30 millones de visitas anuales. Cada vez más se mide el impacto económico de monumentos y festivales y se desliza, en el mejor de los casos, el desarrollo local como un listado de deseos futuros. El turista es el homo mensura de nuestros tiempos. Su dictadura arquetípica es la que da sentido a exposiciones y eventos, bienales o espectáculos nocturnos. La cultura es un folleto leído con desgana. La duda es si, al margen de la baliza turística, Andalucía ha logrado exportar una cultura propia, singular, alejada de los convencionalismos de catálogo. 

 

En Córdoba pretendemos fomentar la cultura desde dentro. Una cultura sin riendas, sin público específico, sin expectativas. Un tentáculo que emerge del río. Una visita inesperada. La creación debe correr su propia suerte. Lanzarse al mundo sin condiciones. Ni el tiempo puede juzgar lo que la mente del artista retuerce. Cosmopoética tiene un compromiso con la juventud de Córdoba. Sin poner en peligro ningún público anterior o, al menos, mantener cierto equilibrio, se pretende atraer a una nueva generación con gustos nuevos, ideas nuevas y ganas de removerlo todo. Los talleres y algunas actividades de Cosmopoética buscan esos nuevos espacios, esos nuevos diálogos, esas nuevas actitudes. Para no caer en el estatismo. Para no morir sepultados por nuestro propio conformismo. 

 

- Consolidar Cosmopoética como un festival referencial a nivel nacional e internacional, con especial atención en esta edición al fomento de la creación.

-  Abordar la apertura del festival a los espacios públicos a través de nuevos formatos y nuevos espacios para implicar a la ciudadanía. Programar con visión popular y buscando públicos inéditos. Como en sus anteriores ediciones, el festival debe hacer llegar la poesía hasta los espacios improbables.

- Utilizar las nuevas tecnologías para propagar el mensaje del festival, sus discursos, interiores, actividades e interrelaciones.

- Propiciar un programa formativo novedoso, con un formato experimental de LAB de creación instantánea en la ciudad. Creadores que idean, plasman y editan su obra a lo largo del propio festival. 

- Expandir la poesía como un lenguaje dentro de otros lenguajes. Una visión popular, absoluta y accesible. La poesía vive dentro y fuera de los libros de poesía. Compartir nuestro discurso y transformarlo en una programación aperturista y luminosa.

- Hacer un festival accesible a todas y todos. Llegando de forma directa a todos los tramos de edad con especial atención a los más pequeños a través del programa Cosmopeque y a público juvenil, con nuevas corrientes literarias afines a su propio universo.

- Integrar a colectivos culturales activos en la ciudad. Implicar a empresas de gestión cultural cordobesas en la realización de actividades.