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Remedios Zafra

Zuheros, Córdoba, 1973

Biografía

Escritora y teórica española. Profesora de Arte, Estudios de Género y Cultura Digital en la Universidad de Sevilla y profesora tutora de Antropología Social en la Uned. Estudios de Arte, Antropología, Filosofía y Creatividad. Su amplio corpus ensayístico se centra en el estudio crítico de la cultura contemporánea, el feminismo, la creación y las políticas de la identidad en las redes; un trabajo que ha merecido numerosos galardones, entre ellos: el Premio Anagrama de Ensayo y Premio El Estado Crítico en 2017, Premio Málaga de Ensayo y Público de las Letras en 2013. Premio de Comunicación de la Associació de Dones Periodistes de Catalunya en 2010, Premio de Ensayo Caja Madrid 2004, Premio de Investigación de la Cátedra Leonor de Guzmán 2001 y Premio de Ensayo Carmen de Burgos 2000. Su obra literaria, estrechamente relacionada con la ensayística y abiertamente comprometida con la igualdad y la crítica social, ha sido igualmente valorada, obteniendo uno de los premios de Poesía Antonia Pérez Alegre en 2005 y preselección en 2014 para participar en el Festival de Primera Novela de Chambéry (Francia). En 2014 su trayectoria fue reconocida con el Premio Meridiana de Cultura del Instituto Andaluz de la Mujer.
Es autora de los libros: El entusiasmo. Precariedad y trabajo creativo en la era digital (Anagrama,2017); Los que miran (Fórcola, 2016); Ojos y Capital (Consonni, 2015); (h)adas. Mujeres que crean, programan, prosumen, teclean (Páginas de Espuma, 2013); #Despacio (Caballo de Troya, 2012); Un cuarto propio conectado. (Ciber)espacio y (auto)gestión del yo (Fórcola, 2010), traducido al italiano y al inglés, Netianas. N(h)acer mujer en Internet (Lengua de Trapo, 2005); Habitar en (punto)net. Estudios
sobre mujer, educación e Internet
(Universidad de Córdoba, 2001, ed. 2004); Las cartas rotas. Espacios de igualdad y feminización en la Red, (IEA, 2000, ed. 2005) y Lo mejor (no) es que te vayas (2007).

Del autor

Prefacio de Ojos y capital ( OJOS Y CAPITAL, Consonni, Bilbao, 2018)
Hay palabras dotadas de poder para reptar por el suelo. Tienen que ver con los pies y con las manos, con la textura de lo blando y de los cuerpos, con la orina y con la tierra, con la pobreza y con las cosas groseramente digestivas. Merodean el recuerdo de los primeros sabores, el aroma a hojas quemadas y las manos frías de alguien que te importa; palabras que de pronto en el exceso cotidiano de teclas e imágenes te sorprenden, ¡caramba, hay cuerpo! Son sobre todo palabras del tocar y del oler, de la muerte, de la boca y de la carne. Pero hoy, sin embargo, todo parece venir de un universo de palabras que nacen de los ojos y que nos resistimos a llevar al suelo. Son palabras que nos sirven para los mundos inventados y los mundos representados, ésos que salen de máquinas y superficies rectangulares y rutinarias, pero “como mágicas”, con luz propia, que apenas acumulan materia, salvo las capas de polvo y piel muerta que reposan en las 5, 11 ó más pulgadas. Estas palabras surgen de los ojos porque se elevan, como flotando. E incluso cuando vienen de las pantallas se nos ubican enlazando la mirada, desde pequeños aparatos móviles en nuestras manos, ordenadores y dispositivos electrónicos en las mesas, a proyecciones en edificios, transportes y paredes. Cada vez más estas palabras salen, viven y conforman el mundo cotidiano y limpio de las imágenes sin carne; un mundo penetrado
por microtecnologías que nos hacen ver (de otras muchas maneras) sin dejarnos verlas, ni a ellas ni al poder que las sustenta. El mundo del que quiero hablarles se describe especialmente con palabras que rodean a los ojos y las máquinas, pero quiere conversar (sin considerarlas opuestas) con palabras que reptan por la tierra, hilando los ojos a los dedos, a las zapatillas de andar por casa, al dinero para vivir y al sobrante, a la habitación donde escribo, similar a la que ustedes habitan quizá ahora, alternando esta lectura con la demanda de sus dispositivos móviles.
El mundo de ojos y capital del que quiero hablarles se pregunta si hoy habrá formas de recuperar la conciencia sobre lo que vemos y lo que implica, allí donde las cosas se nos aparecen ahora abiertas en infinitas capas y resoluciones, desde tan cerca que casi nos respiran y desde tan lejos que cruzan de nube a satélite; multiplicando de manera inabarcable en posibilidades lo que los ojos con la máquina pueden y el valor que confieren; fascinados en ocasiones, o sólo entretenidos; colaborando en aplazar la precariedad de nuestros días, las desigualdades que antes no conocíamos o no queríamos ver, las imágenes de mundos cuantificados estadísticamente en la red (excluidos de lo que importa si no son vistos y ordenados según visitas y ojos recopilados). Mundos que ensayan diariamente su disipación y borrado posible, su carácter no definitivo que les reclama inventarse “cada día”.
Estos escenarios quieren aquí ser atravesados también con esas otras palabras dotadas de poder para reptar por el suelo, que interpelan sobre la cultura material y, muy especialmente, sobre las nuevas formas de valor y desigualdad. Pero, ojo, su dialéctica no aspira aquí descubrir un enésimo movimiento revolucionario. Si acaso, pretende identificar desarrollos contradictorios de la transformación capitalista de un mundo conectado (cultura-red), excedentario en lo visual y trucado en la preeminencia de lo económico frente a auténticas formas de política y ética (ausentes o neutralizadas hoy y, en algunos casos, transformándose en “lo social”), recordando que en lo que vemos y en lo que damos en la cultura-red también “nosotros” vamos adjuntos…

Fragmento de “Sueños y ficciones” (EL ENTUSIASMO. Anagrama, Barcelona, 2017)
Es difícil resistir ese éxtasis momentáneo que supone soñar que volamos mientras dormimos. Liberarnos de la gravedad y de las ataduras que arden en la tierra y en la vida cuando estamos despiertos y los brazos no... no nos elevan. Volar en sueños me gusta especialmente, a diferencia de volar en aviones, cruzar océanos o mares de verdad. Ahora volar sobre determinados mares es incluso más duro que antes. A poco que uno tenga conciencia y ojos, implica saber que miles de personas que sueñan con volar (escapar, huir, salir, marcharse...), navegan hacinados, naufragan o mueren en el agua mientras tú vuelas.

Si el mundo fuera justo naceríamos todos con alas, como los pájaros que migran, suben y bajan norte-sur, sur-norte, por encima del agua, donde no hay frontera inventada o de tierra. Pero los humanos no tenemos alas, sólo llegamos a inventar aviones y últimamente pantallas, donde ver (a veces consecutivamente) que sólo algunos vuelan, que otros mueren en el mar, o que tipos que siempre vuelan y reinan, reinaron o reinarán en el cielo del capital acumulan tanto, tanto dinero, que es imposible no deducir que se hayan quedado con todo lo que correspondería a esos que mueren en el agua.

Este encadenamiento de imágenes (que no esconden la parcialidad de una mirada) se repite en las pantallas cada día y apunta a escenas descriptivas de unos pocos minutos frente a las noticias. Se trata de un encadenamiento que no puede sino responderse a sí mismo, queriendo apuntar a alguna relación entre las imágenes que les comparto y la pregunta ¿por qué algunos se escapan y otros viajan?, ¿por qué soñamos con volar?
(…)

 

 

Casa Góngora
04/10/2018
17:00